Las Provincias

Tiempo de identidad

La primera impresión que se llevó el futbolista Mario Suárez al abrir la puerta del vestuario del Valencia fue de pesimismo. Así lo contó en una entrevista en este periódico. No le sorprendió. Ese mensaje en el felpudo de bienvenida era la misma idea preconcebida con la que llegaba a su nuevo club. Sonaba raro que un novato a las primeras de cambio ofreciera un mensaje de fatalidad que se ha confirmado en los primeros cuatro partidos del campeonato. La desazón que invade a la entidad es la gran peste que arrastra el Valencia desde hace ya demasiadas temporadas. El valencianismo se ha acostumbrado a vivir en la melancolía de tiempos pasados. De aquellos días de títulos. Estancado en la dupla Albelda-Baraja, en los goles de Villa, en los arrestos de Ayala y en la dirección de Benítez. Las comparaciones siempre son el punto de partida de cualquier conclusión presente.

El doblete de 2004 llevó al Valencia a un espejismo del que todavía no se ha recuperado. La historia del club de Mestalla se escribe por ciclos de éxitos, donde los trofeos levantados casi siempre han dado paso a épocas de sequía. Aquel honor de mejor club del mundo fue el carbón de los regalos. Más de uno pensó que aquello se quedaba para siempre. Fue el peor de los errores en una institución desnortada desde hace más de una década. En los ochenta, la resaca de la Copa y la Recopa se llevó al Valencia a segunda división con un aviso previo que salvó Tendillo en el partido del milagro. Tras los días de vino y rosas del inicio de este siglo, el funanbulismo sin red se dio con Koeman en la pasada década y con Gary Neville en una reciente pesadilla. El fracaso deportivo ha ido acompañado de malos gestores que abocaron al club a la ruina. La deriva llevó al Valencia a la propiedad de un magnate de Singapur que ni siente ni padece. La entidad, sumida en esa melancolía, se ha dejado por el camino hasta la identidad. Aquello de bronco y copero es un recuerdo. Ahora se quiere jugar a lo que casi nunca jugó un Valencia que siempre levantó a la grada con un fútbol aguerrido y de compromiso. Mientras tanto la propiedad multiplica su interés por una internacionalización que equilibre los ingresos y los gastos. El pesimismo ha engordado por el alimento de una sequía de títulos y por una deuda galopante que incluso hizo al club bordear el concurso de acreedores. Ese pesimismo al que aludió Mario Suárez corre el riesgo de enquistarse y mutar en una deserción de la grada como una metástasis fatal. Si se manosea sin argumentos el eslogan de la cultura de club no habrá solución al estado de descomposición latente. Hay tiempo para rectificar. La clave está en el alma de cada generación que ha sostenido al Valencia en todas las duras, donde se curte la militancia.