Las Provincias

El test del pato

A veces me paso a mí mismo el test del pato. Ya saben, esa expresión americana con tantos progenitores, que viene a decir aquello de que si uno ve a un pájaro que anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, hay que llamarlo pato, al margen de las etiquetas. Yo lo aplico, en las columnas, a los charcos de la polémica. Si salpican como un charco, ensucian como un charco, y te retratan como un charco, los llamo charcos. La opinión suele tener las características del charco, y de las arenas movedizas, que te atrapan sin necesidad, cuando nadie te ha dado vela en el entierro. Pero me gusta considerar que el hecho de opinar puede ser también una oportunidad para la mirada en diagonal, para susurrar al oído a la multitud que mira, etiquetada, al horizonte de su izquierda o derecha, y sugerir con discreción otros puntos cardinales. Las plataformas de las redes sociales se han convertido en los monstruosos charcos del siglo XXI, el lugar en el que se dirimen sin matices batallas y etiquetas antiguas. Por el contrario, la columna de opinión es el privilegio del mueble antiguo, el traje hecho a medida, la fruta que compras por unidades, la comida que te preparan unos amigos. En su pobreza estilística, uno al menos promete matices, dudas y preguntas sin respuesta. Para encontrar certezas y primeros planos hay otros escenarios, que ya asignan a cada cual el sentido de lo que tiene que pensar. No duden. No se fijen en la etiqueta aparente. Miren la intención y la calidad de los adjetivos. A mí me encanta identificar los charcos para bordearlos y no tener que chapotear, pero la columna de opinión requiere adentrarse, con la precaución de que no salpicaremos al prójimo. Hay temas polémicos que con la edad uno tiende a considerar sencillos, porque se da cuenta de la importancia de sumar y multiplicar los afectos. Me encanta València. Preferiría Valéncia. Y no sé por qué hay que renunciar a Valencia. De hecho me encantaría también sumar la Valentia de nuestra fundación romana, evocando el campamento de aquella isla fluvial en el río que nos dio origen. Ni tampoco al Valence que encabeza los boletines y facturas del colegio francés de mis hijos. Si pudiera propondría un tipo de acento propio, sobre la e, para declarar Valencia ciudad para ser evocada con todas las pronunciaciones del mundo. Hay que fijarse en la voz de quien nos nombra, y no en la convención de la tilde. Releo ahora el 'París no se acaba nunca', de Vila-Matas, que recrea la acreditada fascinación de esa ciudad a la que hicieron grande tantos escritores anglosajones acentuando la letra a. Para que Valencia no se acabe nunca nos faltan sueños, y nos sobrarán tildes.