Las Provincias

Las recogidas de firmas inútiles

Sin movernos de casa, tumbados en nuestro sofá, hoy en día podemos acudir al supermercado, ir al cine, trabajar, comprar un frigorífico, asistir a un concierto, organizar una conferencia, interactuar con un personaje famoso, mirar fachadas de edificios, vender un coche de segunda mano, mantener sexo, ver a tus padres que viven a 200 kilómetros, poner una reclamación o buscar piso. Todo eso en zapatillas y con un ordenador (o alguna otra pantalla) delante, eso sí.

La tecnología llegó y se expandió para hacernos la vida más fácil en múltiples facetas. Prácticamente cualquier cosa que pase por nuestra mente podemos realizarla sin poner un pie en la acera. Quiere ligar, puede. Quiere pelear, puede. Quiere estudiar, puede. Quiere calmar su conciencia social, también puede. De entre los muchos hábitos que las posibilidades de internet han cambiado este es uno de los que más ha salido perdiendo. Comprar se sigue comprando igual (incluso más), varía la manera de acercarse al producto pero hay que desembolsar algo por él para adquirirlo; trabajar se trabaja igual, aunque la organización y el emplazamiento sean diferentes; e incluso debatir es similar, cada vez se hace menos alrededor de una mesa pero se parece bastante a lo que hemos hecho siempre, aunque ahora tengamos que medir los caracteres y vernos a través de una webcam. Sin embargo el activismo con muchas causas se ha diluido.

El activismo por la red es un trampantojo. Parece que se actúa, pero sirve de poco. Las nuevas herramientas permiten que nos sintamos activos pero no dejan de ser una especie de ilusión óptica. Protestamos con la tecla, nos manifestamos con tuits, cambiamos nuestro avatar en lugar de lucir una pancarta. Las recogidas de firmas han perdido valor en la era cibernética. Recordemos que la Constitución recoge la iniciativa legislativa popular, que requiere de 500.000 firmas para que los ciudadanos presenten demandas en el Congreso de los Diputados. Sobre el papel pinta como una iniciativa estupenda y un ejemplo de que la democracia directa es factible. En la práctica su utilidad es mínima. Desde finales de los 70 hasta hoy apenas han llegado a alguna parte un par de solicitudes ciudadanas. El resto se han despachado con nocturnidad y alevosía.

Internet ha facilitado esta medida. Sólo en teoría, porque en realidad lo que ha hecho es mercantilizar la recogida de firmas (existen empresas súperfamosas que ganan mucho dinero con esto) y banalizarla (ayer se lograron más de 25.000 para que volviesen los tazos Pokémon y más de 100.000 para que se expulse a un concursante de 'Gran Hermano'). Claro que hay causas encomiables (también deplorables, como esa homófoba que pide la retirada de un anuncio) a la que se unen cientos de personas pero la gran mayoría se pierden más allá del ruido tecnológico, aunque nos neguemos a asumirlo porque eso altera nuestra conciencia 2.0.