Las Provincias

El miedo, otra vez

Ahora los duelos no estallan en la Alta Sierra, como en la melancólica película del gran Sam Peckimpah. Ahora los duelos se forjan en twittter y así el intercambio de fuego se ventila para deleite del ávido público. Pierde la épica y gana la tecnología. Y en el rifirrafe tuitero con perfume a desamor entre Errejón e Iglesias se desliza, otra vez, lo de dar miedo a los poderosos, o sea a los ricos. En esta profesión farandulera y funambulista se agradece la posibilidad de conocer a un amplio abanico de gente. Alterno con algún rico, con algún pobre y con una mayoría de semipobres con los que comparto franja. A los pobres les observo un lógico resentimiento contra el mundo que les vapulea y unas reglas que consideran injustas. La culpa no es de ellos, sino del resto de la humanidad y, cegados por su comprensible frustración, incapaces de cualquier autocrítica, aspiran a ser ricos pero, sobre todo, por encima de todo, a empobrecer a la población. Que se jodan, suele ser su máxima. Los semipobres navegamos por esa tierra de nadie con el culo apretado, mirando de reojo la pobreza que acecha pero, desde luego, apuntando hacia la zona de confort y pasta gansa. Deseamos ascender hacia la cumbre sin vender al prójimo, sin especular, sin traicionar, proyectando cierta honradez, tratando de segregar unos gramos de elegancia en este océano de corrupciones. Y los ricos, caray con los ricos... No he logrado detectarles ningún miedo porque lo tienen clarísimo en la vida. Conquistaron la opulencia y nadie les arrebatará su capital, entre otras cosas porque lo guardan a buen recaudo. Si llegase Iglesias al poder cerrarían su chiringuito mediante persianazo urgente y seguirían navegando en su yate con la copa de cava entre las manos. Iglesias y los suyos no provocan miedo entre los ricos de verdad, sino risa.