Las Provincias

Una jerarquía vertical

El nuevo modelo lingüístico que propone la Conselleria para la Comunitat gira la actual horizontalidad entre las lenguas cooficiales a una jerarquía vertical. En la práctica -más allá de novedades técnicas- no trastoca nada. En concepto, lo cambia todo. El otro gran rasgo de la reforma es que apuesta por la seducción y no por la imposición. Las posturas más enfrentadas harán especial énfasis en uno u otro aspecto, pero para el común la propuesta parece razonable y sensata, tras la intensa negociación interna en la Conselleria que lo ha gestado.

Hasta ahora tenemos un modelo de elección en el cual la familia elige la lengua vehicular de la enseñanza de sus hijos. No es un modelo extraño y tiene sus ventajas -mayor ajuste a la lengua materna de los estudiantes- y desventajas -división lingüística de la población escolar-. Otro modelo, tampoco extraño, es el de cohesión que propone un modelo único para todos, con los ajustes pertinentes. Ambos reconocidos por las distintas sentencias judiciales. Claro que para alcanzar un modelo de cohesión se requiere pacto, pues parece contradictorio definir como cohesionador aquello que genera disenso.

Éste es el gran cambio que produce la reforma propuesta, que sobre todo trata del valenciano aunque se llame plurilingüismo. Hasta ahora teníamos dos lenguas escolares, castellano y valenciano, sobre las que se iba incorporando el inglés. Esa horizontalidad se jerarquiza, de tal forma que estudiar en castellano será ser 'Básico' y hacerlo en valenciano, 'Avanzado'. En este sentido, ha mutado la 'segregación lingüística' de nuestros alumnos: los que antes estaban al lado pero separados, siguen separados pero unos encima de otros.

La excusa para definir un centro educativo como nivel Básico y a otro como Avanzado es por la mayor incorporación del inglés y, por tanto, mayor plurilingüismo. Una incorporación de la lengua extranjera ligada, irremediablemente, al valenciano, de tal forma que sólo aumentará la presencia del inglés si también lo hace la de la lengua propia. Ahí está uno de los conflictos para los centros (las familias han quedado fuera de juego): aquellas actuales líneas en castellano que imparten varias asignaturas en inglés o esas en valenciano que, en cambio, todavía mantienen en mínimos su presencia en las áreas no lingüísticas. Ambas tendrán que reajustar su modelo.

Para animar a los centros a 'escalar' en los niveles, la Administración certificará títulos oficiales de idiomas. Es otro de los temas espinosos, aunque no novedoso, pues algo parecido anunció Fabra en su último debate de política general. Es muy lógico, con examen o sin él, que se dé una certificación de idiomas a alumnos que al superar determinado nivel educativo han acreditado las competencias lingüísticas para ello. Sin embargo, es espinoso por dos motivos: por un lado, introduce una desconocida desigualdad en la Obligatoria por la cual un alumno no tendrá un título no por no demostrar conocimientos sino por qué centro se escolariza. Por otro lado, dicha certificación se obtendrá porque su centro da en inglés -o valenciano- más áreas no lingüísticas y no por su desempeño en el área lingüística propia. Es decir, tendrá un título de idiomas por dar Science y otro no lo tendrá aunque saque un sobresaliente en Inglés. Y eso que los objetivos y currículos de cada asignatura lingüística son iguales para todos y, se supone, es la que establece el nivel de destreza y competencia lingüística de todo alumno.

Por eso, la defensa para dar esos títulos está más en su papel de incentivo, que es otro de los rasgos de esta reforma y que me lleva a calificarla de sensata. A pesar de los augurios, se descarta la imposición y apuesta por la moderación, consciente de lo conflictivo de este tema, pues la lengua, además de ser vehículo de enseñanza, también es de identidad. Tan moderada que respeta escrupulosamente la Lomce y por ello acepta la desaparición de las líneas íntegras en valenciano (siempre habrá al menos dos asignaturas en castellano) y la división Lomce de Coneixement del Medi. Así, es una reforma que puede encontrar a aquellos que, sin compartir la jerarquía que pone una lengua sobre otra, reconocen que se usa legítimamente una nueva mayoría parlamentaria para pactar un modelo en el que también pueden encontrarse cómodos.