Las Provincias

Evocar a Víctor Jara en El Saler

El único acto violento sufrido por las instalaciones levantadas en el El Saler se cometió muchos años después de que ya fuera del 'poble'. Unos desconocidos aprovecharon la oscuridad de la noche de un viernes para plantar una docena de pimpollos en el campo de golf. La conmoción que causó la trastada entre los empleados del parador Luis Vives a la mañana siguiente me hizo comprender la gravedad de lo ocurrido. «Agujerear el 'green' es como rasgar un cuadro -me comentó el responsable que me llamó apesadumbrado-. Un manto como este no se consigue así como así. Requiere tiempo y dinero». Como cuánto, le interrumpí. «Mucho -contestó-. Créame si le digo que el metro cuadrado no bajará del millón de pesetas. Multiplíquelo por el número de agujeros que han cavado y obtendrá una cuantía bastante aproximada de los daños». Me pareció una exageración. Y se lo dije. El metro cuadrado de césped no puede costar infinitamente más que el construido. «Es que no estamos hablando de césped ni de grama -me corrigió al instante-. Estamos hablando de una alfombra de hierba homogénea. De un tapiz natural tan perfecto que atrae a Valencia a golfistas de toda Europa. Turistas de gran poder adquisitivo que desde luego dejarán de venir como el parador pierda lo que constituye su mayor atractivo».

Por eso me eché las manos a la cabeza cuando me enteré de que el Ayuntamiento de Valencia pretende poco menos que reducir los deslumbrantes 18 hoyos del Luis Vives al tamaño de un minigolf. Cierto es que El Saler no se debió urbanizar y que convendría 'renaturalizar' el mayor número posible de hectáreas de la dehesa, como asegura el concejal Sergi Campillo. Pero si antes de elegir de una dichosa vez un sistema de prevención de incendios concreto, restaurar el escorial situado al norte del Sidi, coadyuvar a encontrar una solución a los problemas legales que amenazan con convertir al hotel propiamente dicho en una peligrosa ruina en el corazón del parque, desescombrar el camping, desatascar los manantiales, mejorar la calidad de las aguas que se vierten en el lago o asilvestrar la Casa Forestal, donde, por cierto, sólo comen los concejales cuando se montan una cuchipanda; si antes de todo esto, digo, hay que achicar un prado que da de comer a mucha gente es que 'al govern de la Nau' le importa un comino el turismo sostenible y de calidad y únicamente persigue poner en escena un gesto que evoque a Víctor Jara.'A desalambrar, a desalambrar'. Ni que esto fuera el Chile de los años 60-70. El parador no puede estar más desalambrado porque es nacional, como la selección de fútbol y otros deportes que lo frecuentan. Y, si bien se mira, el campo de golf desempeña un papel medioambiental bastante positivo ya que constituye un área de discontinuidad -lo que antes se llamaban cortafuegos-, utilísima en caso de incendio y, por otra parte, filtra y devuelve a la tierra el agua de la Albufera que consume, evitando la intrusión salina que tantos problemas plantea al arrozal y a los huertos del Perellonet.