Las Provincias

Ovación a Puigdemont

Carles Puigdemont, el presidente de Cataluña, ocupa su cargo porque hay un estatuto que deriva de la vigente Constitución de 1978, que fue avalada con el voto masivo de los ciudadanos españoles. Que por aquel entonces salían de la dictadura franquista, y que habían sido capaces de crear, a través de sus representantes legítimos, un instrumento para la democracia, la libertad, la justicia y el respeto a los anhelos de autogobierno de catalanes, vascos y gallegos. Y de las demás regiones, pues todas se apuntaron al invento.

Sin embargo, y como bien sabemos, el nacionalismo catalán, radicalizado hasta extremos que lindan con la manipulación de masas y con la carcajada a un tiempo, ha decidido romper su relación con España, Desconectarse de la más vieja nación europea, de la que forma parte desde hace más de cinco siglos, y con ello quebrar la convivencia entre catalanes. Tratando de imponer a la mayoría lo que trama desde hace casi 40 años una tenaz y desleal minoría.

Pues bien, el representante máximo de ese ilegal desafuero político en marcha, el presidente catalán ha sido objeto de una ovación imponente, acendrada y casi llorada -por la emoción identitaria- por parte de diversos políticos valencianos, fascinados al paso del sucesor de Artur Mas, acompañado por un gran séquito de políticos y adláteres. Justo al mismo tiempo que en Madrid una extraña corte de los milagros secesionista caminaba con el señor Homs hasta las puertas del Tribunal Supremo, como gesto de ánimo, a la usanza patriotera, en su cita con la justicia. Que le acusa nada menos que de malversar fondos de todos los ciudadanos para gastarlos en una consulta verbenera, tan inútil como mendaz.

Al parecer, el señor Puigdemont vino a Valencia para tratar, entre otras cosas, del corredor mediterráneo, lo que sin duda es un asunto crucial para los valencianos, tanto como para los catalanes. Y lo es aunque Valencia fuera una región del reino de Marruecos y Cataluña una pintoresca colonia del Rosellón. Porque la geografía y la economía mandan en este asunto, y todo lo que sea apoyar esa ruta comercial y de conexión ciudadana (aunque sea con la desconectable Cataluña) es bueno, e incluso imprescindible.

Ahora bien, ¿a santo de qué tantos aplausos? ¿Solo por cortesía? No sé, nunca he visto que a otros líderes regionales les hayan aplaudido cuando visitaron Valencia. ¿Qué significan esas sonrisas entregadas, muchas de ellas dibujadas en los líderes de Compromís y en el sector más nacionalista del PSPV? ¿Qué fervorín entre acomplejado y boquiabierto anida en esas personas tan entusiastas? Tal vez alienta aquel viejo sueño de los països catalans. Su rescoldo quimérico, que la calle nunca suscribió. En todo caso, el corredor es un clamor. «Es un clam». En eso sí hay y debe de haber, conexión, igualdad, respeto y unidad de acción.