Las Provincias

Inmersión nacionalista

A nadie le puede extrañar que el conseller de Educación presente un nuevo modelo lingüístico que da una notable ventaja a los alumnos que decidan optar por la enseñanza en valenciano. Marzà es un nacionalista a la vieja usanza, sin matices, y aplica un programa que ignora conscientemente la igualdad de las dos lenguas cooficiales -castellano y valenciano- y desprecia la absoluta normalidad con la que en Valencia se vive la cooficialidad que consagra el Estatuto, aunque todavía no se ha atrevido a dar el paso de una inmersión a la catalana que es lo que le reclamaba el STEPV, su sindicato de cabecera. Además, tiene prisa, sabe que que en política ya no es posible pensar en plazos largos y aunque la crisis del PPCV puede provocar que el Gobierno del tripartito se prolongue a lo largo de varias legislaturas, es preferible entrar como elefante en cacharrería, reformarlo todo en los dos primeros años e incomodar a buena parte de los actores del sector educativo para finalmente sentarse a esperar los frutos. Al fin y al cabo -pensará no sin parte de razón-, cuando luego vuelva al poder la derecha no se atreverá a hacer lo que yo he hecho, no tirará abajo todo lo anterior, no derogará mis reformas para no ponerse en contra de los profesores y de los ideologizados sindicatos de la enseñanza. Más extraño es que el presidente de la Generalitat, un socialista, dé oxígeno a un dirigente independentista que sostiene un pulso al Estado de derecho para romper la integridad territorial de España. La excusa de la reivindicación conjunta del corredor mediterráneo no es defendible cuando se afirma que la colaboración se mantendrá con una Cataluña dentro de España o independiente, sin tener en cuenta que en este caso quedaría fuera de la Unión Europea, por lo que a la altura de Vinaroz habría una aduana, una frontera entre dos países. Puig no puede llegar a 2019 a la sombra de Mónica Oltra, por lo que precisa una agenda y un perfil propios. Tal vez pìense que lo ha conseguido con esa 'cumbre' con Puigdemont que ha tenido que ser aplaudida -no tenía más remedio- por su jefe de filas, que no su amigo, Pedro Sánchez. Pero al dar ese paso se ha puesto aún más en contra a toda la población valenciana que se siente tan española que valenciana o más española que valenciana y que muestra una considerable preocupación ante el desafío catalán y las consecuencias que puede tener en la Comunitat. Por enfrentarse a Madrid, por distanciarse de Sánchez, por marcar diferencias con Oltra y porque se lo marca el catecismo fusteriano que todo hombre de la izquierda valenciana debe seguir al pie de la letra, Ximo Puig se ha convertido en socio preferente del líder de un Ejecutivo autonómico secesionista y desleal con España, el Estado que sigue pagando su sueldo.