Las Provincias

Cuatro errores (y una mala excusa)

El Partido Popular jamás debió proponer a Rita Barberá como senadora por designación autonómica. Primero, porque el escenario de su procesamiento por el caso Taula era ya en aquel momento perfectamente previsible. Pero, sobre todo, porque la mejor manera de empezar a revitalizar nuestra mortecina cámara alta pasa por dejar de tratarla como un lujoso cementerio de elefantes, y empezar a enviar a ella a políticos con ideas y empuje, a ser posible jóvenes con ganas de labrarse un nombre en la política española, y no veteranos necesitados de un retiro discreto y sosegado.

Rita Barberá jamás debió postularse como senadora por designación autonómica. Después de casi un cuarto de siglo al frente de la tercera capital de España, y con cinco mayorías absolutas en su haber, su carrera política había cosechado ya todos los éxitos que cabía imaginar. De manera que con sesenta y siete años de edad, y convertida casi en un mito, Rita habría hecho bien en retirarse de la primera línea de la acción política para dedicar su tiempo y su carisma, ora a recibir homenajes de su partido, ora a poner de relieve la mediocridad de sus sucesores al frente de la alcaldía desde cualquier tribuna que se le prestase para ello.

El Partido Popular jamás debió darle a elegir a Rita Barberá entre su escaño en el Senado y su carné en el partido. Sabiendo que solo el primero trae aparejado sueldo, dietas, despacho, y aforamiento, imaginar cual iba a ser su decisión -por dolorosa que esta fuera- resultaba tan sencillo como prever los quebraderos de cabeza que ésta va a proporcionarle al Partido en los próximos meses. Porque lo que hace mediáticamente relevante el procesamiento de un ciudadano no es su afiliación a un determinado partido, sino su condición de político en activo. Y mientras mantenga su escaño, Rita Barberá seguirá siéndolo.

Rita Barberá jamás debió optar por su escaño antes que por su carné. Si para la antigua 'alcaldesa de España', aquel no era más que un discreto puesto de trabajo al final de una dilatadísima vida de servicio público -poco más que un entretenimiento en el que emplear algunas tardes al mes- para 'el carné numero tres' de la vieja Alianza Popular, la pertenencia al PP debía constituir algo tan consustancial a su persona como su propia partida de nacimiento.

Y Mariano Rajoy, hombre de Estado, político experimentado, jurista de formación, y tipo riguroso en el uso de la palabra, no debería habernos abochornado confundiendo conceptos tan básicos como los de 'autoridad' y 'poder'. La baja de Barberá en el partido que él preside le priva, en efecto, del 'poder' de imponerle una determinada conducta y de sancionarla en caso de desobediencia, pero no de la 'autoridad' para exigírsela. Esa se la da su prestigio como presidente y su crédito como líder. Prestigio y crédito que, quiera o no, están en estos momentos en juego. Como su continuidad en la Moncloa.