Las Provincias

ARSA PILILI

Llámeme esnob, aguafiestas o raruno, pero jamás me gustaron los jolgorios colectivos donde se baila y se bebe incrustado en el epicentro de una masa estrepitosa. La alegría colectiva me provoca una enorme melancolía, incluso una extraña tristeza fruto de la perplejidad. No lo puedo evitar y les prometo que me encantaría sumergirme en esos chisposos aquelarres, pero me resulta imposible y tampoco voy a luchar contra mis irracionales manías. Me conformo con gestionarlas.

En Sevilla van a votar (o están votando ya, que no sé) para decidir si amplían un par de días su popular y célebre feria. Más allá del componente lúdico del arsa pilili y lo de pasear montado sobre una yegua soberbia y lo de lucir caracolillos capilares de señorito sobre la melena de la nuca y lo de zampar jamoncete de calidad superior y lo de disfrutar con las trepidantes melodías sevillanas de crujido en la cadera y manos aleteando con arte, con mucho arte, olé con el arte, encontramos un componente digamos industrial. Nuestras fiestas son una fuente de jugosos dineros gracias a los nativos y a los visitantes que colapsan hoteles y saturan restaurantes, merenderos, chiringuitos. Las fiestas populares no son sino los eventos de toda la vida que recaudan fondos a base de la juerga general. Claro que, al final, constatar este hecho supone una especie de claudicación. En materia de fiestorros somos invencibles. Prolongar la feria tal vez aumente la recaudación, o sea que bien. Pero, con esa norma, alarguemos el desparrame a un mes, a un trimestre, a un semestre. Que nuestras fiestas muten en parque temático perpetuo y así todos, por fin, en vez de disfrazarnos de Mickey Mouse, vestiremos con sombrerito cordobés como Pepe Isbert y Manolo Morán en ‘Bienvenido mister Marshall’. El futuro es una infinita barra de bar. Arsa pilili.