Las Provincias

El periplo de los cuervos

Ramon Dachs. Periplo Rojo: «el sol se apea/ del horizonte/ sin barandilla». Como el 'Poema Mínimo' del poeta, el país en el que vivo deambula sin protección pero además, parece que también, sin horizonte. No tiene más meta que la recurrente salida de enviarnos a los paisanos a votar de tanto en tanto mientras ellos picotean en nuestros lomos cual pajarracos carroñeros a ver si se aseguran la poltrona de la supervivencia. La política, no lo digo yo, lo dicen ellos con sus incongruencias y su ineficacia, está instalada en lo vacuo. En la nada. Como mucho, en el 'ombligismo' más absoluto. Cada uno de ellos mirándose en su espejo, narcisistas de nuestro tiempo, admirados de lo que hacen. Moviendo y moviendo siempre hacia el mismo lado, sin llegar a puerto. Tanto que parece que no piensan ceder ni un paso -una cesión clara- para sacarnos de ese atardecer sin barandilla en el que vivimos.

En Islandia, el periplo de los días está hecho añicos. Allí el sol en verano no se apea. En invierno, no aparece. A los que no estamos acostumbrados, nos produce cierto psicodrama personal. Nos desconcierta. Quien allí vive, lo lleva con naturalidad. Un país en el que el sol no desaparece nunca. O no aparece nunca. Según le dé. Sobre todo, llevan con naturalidad, no tener horizonte. Más allá del día a día. «Aquí no sabemos qué va a pasar mañana», te dicen. En sus casas, en los ordenadores, suelen tener una web en la que indican los movimientos sísmicos al instante. Quién sabe si despertará un volcán. Si la tierra acabará moviendo y destrozando todo. Si la crisis, de nuevo, les fulminará. Todo allí es fuego y hielo.

En mi país, nos estamos habituando también a vivir al día. Como los que gobiernan, ya sólo en funciones. Y como el Parlamento, dedicándose a calentar el escañito que les hemos regalado y a vivir del chismorreo político o el marketing parlamentario. Salvo excepciones, claro. El pasatiempos del postureo, la política fácil del desacuerdo, la estrategia de dejar pasar el tiempo mientras no ocurre nada.... Esa es la rutina en el Congreso. El tiempo muerto.

Les he escuchado decir -y todavía tengo ardor en el estómago- que no ceden por el bien de los parados, de los niños y sus reválidas, de los ancianos y sus pensiones. Y con su enroque han conseguido que los de a pie nos hayamos acostumbrado a vivir al día. A preocuparse sólo de lo que tocamos con nuestras manos. A sobrevivir sin ellos. Ninguneándolos. Dándonos igual sus 'palabros'. Nos preocupa el precio de los libros de los chiquillos, la compra de la semana, la incertidumbre de las empresas, las listas de espera, que suban el bono bus, la situación de las residencias... Cosas mínimas, como los poemas de Dach. «Cuervos/ volando/ en redondo/ picos /sitiando /carrozas». Besos.