Las Provincias

El ocaso de Merkel

Desde hace algunos meses las urnas y las encuestas no traen precisamente buenas noticias para Angela Merkel. Los resultados de su partido caen en la misma medida en que crecen los votos de sus más temibles competidores, los que explotan la pulsión xenófoba, a la que los alemanes son tan proclives como cualquier otra nación, para hacerse con el hueco que sus propuestas ideológicas y sus programas de gobierno, más bien someros, no podrían abrirles.

Sin embargo, lo de este fin de semana tiene un valor especial. Que la CDU resulte expulsada del gobierno de Berlín, la capital y todo un símbolo de la nueva Alemania, cediendo buena parte de su electorado a la ultraderecha, y dando servida al SPD una nueva mayoría de izquierdas con la suma de Die Linke (los excomunistas procedentes de la RDA) y Los Verdes, anticipa un escenario próximo en el que la otrora poderosa y temida lideresa europea bien podría ir a calentar los banquillos de la oposición en el Bundestag. Quien tanto fue y tanto mandó, parece acercarse al final de su hegemonía.

Habrá, naturalmente, quien se alegre. En muchos momentos de la terrible crisis abierta tras la debacle de 2008, Merkel (de la mano de su temible ministro de Finanzas, Schäuble) acertó a aparecer una y otra vez como una gobernante implacable, que imponía desde la arrogancia y la potencia de la economía alemana su diktat a los mandatarios de los países menos aventajados y pujantes, entre los que se encontraba, cómo no, el nuestro. Cada poco, la vicepresidenta del gobierno español acudía a Berlín a cantar la lección, ante una maestra que no se mostraba dispuesta a consentir que sus alumnos omitieran una sola de las tareas que les iba imponiendo.

Esa Merkel para muchos odiosa deja paso ahora a la canciller que fue capaz de entender que Europa en general, y Alemania en particular, no podían encogerse sin más de hombros ante la marea humana que se estrellaba contra sus fronteras. La mujer que, quizá por venir ella misma de un país sin libertades, comprendió lo que éstas significaban para quienes venían buscándolas y quiso promover su acogida. Una decisión que los resultados que cosecha en cada elección llevan a juzgar suicida, pero que a la postre la honra.

Que Merkel y su liderazgo se desmoronen, más allá de mostrar la contingencia y lo pasajero de los afanes humanos, deja también sin liderazgo claro y sin ese referente inquebrantable en Berlín a esta Europa maltrecha por el ‘brexit’ y que no encuentra en Bruselas a quien se ponga al timón. Más cerca, en la Moncloa, hay un presidente en funciones que está a punto de perder esa valedora a la que tantas veces invocó. Lo que hemos despotricado contra ella, y al final va a ocurrir que con la caída de Angela todos nos quedamos más solos.