Las Provincias

Herederos de Fuster

El principal problema de la izquierda valenciana es que todavía no ha sido capaz de cortar el cordón umbilical que extrañamente y contra toda lógica le liga con el fusteranismo desde hace décadas, condicionando su modelo para lo que en su momento llamaron País Valencià y ahora denominan «el país de los valencianos», todo con tal de obviar el estatutario Comunitat Valenciana y de evitar a toda costa el histórico Reino de Valencia. Los hijos políticos de Fuster, sus herederos, se muestran incapaces de romper un esquema mental implantado con éxito en las universidades y los colegios y tantas veces repetido que para algunos se ha convertido en una verdad incuestionable: si hablamos la misma lengua (el catalán, faltaría más) es que somos la misma realidad cultural, histórica y, consiguientemente, política. Somos una nación, aseguran, y esa nación no es otra que Cataluña. Cincuenta años después de aquella tesis y a pesar de su evidente fracaso, de su residual implantación en la sociedad valenciana, la izquierda no ha logrado construir un relato diferenciado, propio, que supere un discurso caduco y tenga en cuenta las peculiaridades de un territorio valenciano complejo y diverso. El nacionalismo encarnado por Compromís ha intentado, cuando le ha convenido, disimular su catalanismo, relegándolo a un segundo plano por motivos puramente electorales, especialmente tras el ascenso de la corriente más de izquierdas (Iniciativa-Oltra) en detrimento de la identitaria (Bloc-Morera). La derecha y el regionalismo valencianista tampoco se han mostrado muy diligentes que digamos a la hora de contraponer una narración propia, recurriendo en exceso al anticatalanismo o a la exaltación de lo folclórico. Y la izquierda, presa de su pasado, de sus devaneos nacionalistas, sigue jugando al equívoco, ofreciendo cobertura de socio preferente a quien no oculta su deseo de romper el modelo territorial español basándose en un insolidario «Espanya ens roba» que a cualquier progresista debería provocar arcadas. Dice Puig que siga dentro de España o se independice, Cataluña siempre será nuestro vecino. Por supuesto, eso es pura geografía. Pero no se mantiene la misma relación con un vecino de escalera que se comporta siempre amablemente y al que alguna vez se recurre para pedir el aceite que falta para hacer la cena que el que monta una fiesta todos los sábados por la noche hasta las cinco de la madrugada con la música a todo volumen y medio centenar de invitados bailando, saltando y gritando. El vecino catalán es, en estos momentos, este segundo, un vecino problemático, desleal, que quiere romper el modelo de convivencia acusando al resto de españoles de ladrones («Espanya ens roba»). Y Puig le pone la alfombra roja.