Las Provincias

Gafotas Telefunken

Desde su retiro jamaicano fertilizado con licores, tabaco y servicio doméstico de primera, Ian Fleming trapicheaba sus historias de James Bond para matar el rato hasta que aquel personaje se reveló como una poderosa industria. Fleming no se engañaba a sí mismo y sabía que escribía noveluchas sin ninguna pretensión literaria, libros baratos destinados a contentar lectores poco exigentes de carácter infantil.

¿Por qué triunfó James Bond? Pues porque ya en aquel momento se descubrió que los hombres encerraban en su carcasa un niño pequeño. ¿Y qué le gusta a un chaval? Pues un héroe invencible con licencia para matar y arte para fornifollar con toda bella mujer que se cruce en su camino sin necesidad de establecer la pregunta previa de «¿estudias o trabajas?», pues esas ninfas de bikini marchaban al lecho con Bond sin necesidad de preámbulos. Si a esto le añadimos los artilugios sofisticados, los coches y un paseo glamuroso por el casino y los naipes de la victoria, se entiende el mito. Los hombres de medio mundo querían ser como James Bond para así huir de su existencia gris de fin de mes, coñac cutre y guisopo peleón. Bond no fue sino la creación de un escritor atrotinado que acertó por instinto, sin embargo aquí tenemos a un paisano de carne y hueso que merece nuestra atención porque es uno de los tipos más extraordinarios de los que pulularon en las cloacas del universo. Paesa, nuestro Paco Paesa, es el atrabiliario y truculento James Bond que por fin inspira películas. Y lo que nos sorprende de Paesa no es su habilidad para deslizarse con éxito entre varios bandos, sino su lado de seductor play boy. Algo cabezón, no muy alto y, sobre todo, con esas demoledoras gafotas modelo Telefunken, las señoritas caían rendidas en sus brazos. Qué mérito. Paesa ligaba más y mejor que Pepito Piscinas.