Las Provincias

Bendito septiembre

La vuelta al cole es la más hermosa fecha del calendario. Esta semana se han oído en la calle gritos de júbilo. Eran padres viendo alejarse el autobús de la escuela con sus niños dentro.

Tal y como escribo estas palabras me remuerde la conciencia. ¿Por qué sentimos esa enorme felicidad? ¿Es que ya no queremos a nuestros hijos? ¿Somos malos padres? No. Definitivamente, no es eso. Lo que ocurre es que ansiamos la paz que encontramos al volver al trabajo. Un lugar sin críos alrededor gritando a pleno pulmón, reclamando ir a la piscina a las tres de la tarde, exigiendo jugar a cada minuto, correr, ir de un lado u otro sin parar, sin agotarse. Sin fin. Sin dejar siquiera un resquicio que nos permita pensar en nosotros mismos.

No es extraño que septiembre sea, junto con las Navidades, el momento del año en que más metas personales nos marcamos. Empieza el curso y nos prometemos dejar de fumar, ponernos a dieta (otra vez), retomar clases. Dentro de esa larga lista podemos plantearnos también leer un cuento a nuestros hijos al menos dos veces a la semana. ¿Qué le parece?

Roald Dahl lo hacía con frecuencia. En un momento difícil de su vida le ayudó incluso a reencontrarse a sí mismo. Este autor, uno de los más imaginativos escritores que han existido nunca, hubiera cumplido el pasado martes cien años. Sus dos metros de altura guardaban dentro de sí un mundo maravilloso. Autor de obras tan conocidas como 'Charlie y la fábrica de chocolate', 'James y el melocotón gigante' o 'Matilda'; de poemarios como 'Cuentos en verso para niños perversos'; o de los famosos 'Relatos de lo inesperado', algunos de los cuales fueron adaptados por el mismísimo Alfred Hitchcock.

El caso de Dahl es insólito, pues casi todos sus trabajos poseen un alto grado de calidad y reconocimiento y han situado a muchos de sus personajes como James Henry, Willy Wonka o Matilda en el Olimpo del recuerdo.

A todo ello hay que añadir su peculiar relación con el ilustrador Quentin Blake. Su colaboración fue tan íntima y singular que, hoy en día, podemos reconocer de un solo vistazo una obra del escritor galés gracias a los dibujos de Blake.

Cuando empezó a hacerse mayor, Dahl trabajaba en un viejo sillón. Sobre sus largas piernas colocaba una madera y papel pautado de color amarillo en el que escribía a lápiz. En esa tabla buscó las 'cosquillas del miedo' de sus lectores. Sus finales, siempre sorprendentes y en bastantes ocasiones crueles, han hecho y siguen haciendo las delicias de millones de niños y adultos en todo el mundo.

A mí me gusta especialmente por su irreverencia y porque recupera nuestra infancia perdida. Él lo tenía muy claro: «Si escribes para los niños tienes que estar de su lado, tienes que amarlos, tienes que darte cuenta de lo que significa ser niño rodeado de adultos que le semejan gigantes».

Por eso, hace dos noches, le leí a mi hija el cuento 'Las Brujas'. Le gustó un fragmento en concreto: «No quiero decir, naturalmente, ni por un segundo, que tu profesora sea realmente una bruja. Lo único que digo es que podría serlo. Es muy improbable. Pero, y aquí viene el gran pero, no es imposible». Ayer recibí una nota de la maestra.

Con motivo de la efeméride, este mes han reeditado un libro de cuentos que recoge 'El Gran cambiazo', 'Historias extraordinarias', 'Relatos de lo inesperado' y 'Dos fábulas'. Una excelente oportunidad para releerlo.

Y también podemos visitar su web (roalddahl.com), donde cada año festejan el Roald Dahl Day. Regalan un pack con juegos y una visita virtual a The Roald Dahl Museum, la casa donde vivió y escribió durante treinta y seis años.

Dahl fue denostado por algunos pedagogos, que le acusaban de escribir historias poco adecuadas para los niños. A propósito de estas acusaciones, he recordado el caso de una escritora que recientemente ha sufrido un linchamiento en redes sociales por uno de sus cuentos. La mayoría de los inquisitoriales censores (sin duda bienintencionados) ni tan siquiera habían leído el libro en cuestión, excepto varios párrafos descosidos. No quiero ni pensar qué haría esta misma gente si leyera ciertos fragmentos de las obras de Dahl. O cualquiera de sus memorables frases como, por ejemplo, esta: «El sexo es como meterse el dedo en la nariz: resulta estupendo cuando lo hace uno mismo, pero es asqueroso verlo hacer a los demás».

Quizás lo que nos convendría reflexionar es que, si deseamos una buena educación para nuestros hijos, debemos jugar, hablar o leer más con ellos y no limitarnos a darles el móvil con un video de Bob Esponja para que se callen.

Por cierto, hace ya una hora que se marchó el autobús del colegio. Mis dedos golpean el ratón una y otra vez. Miro el ordenador. Una foto ocupa toda la pantalla. Mi pequeña y yo gritando como locos mientras nos lanzamos por un tobogán de agua. Escondo la sonrisa para que no me vean los compañeros de la oficina. Joder, ¡cómo la echo de menos!