Las Provincias

El apagón de los escenarios

De los siete teatros que presentaban funciones diarias -tarde y noche- en la ciudad de Valencia, la mitad erguían su fachada y abrían sus puertas, cara al paseo de Ruzafa. Por encima de cuyo nombre tradicional, permanecía entonces impuesto el de Calvo Sotelo. Exceptuando Madrid, no había en España otra ciudad que mantuviera tan densa, animada y profesional cartelera de escenarios, siempre en activo.

Incluso, era curiosa la excepción, rigurosamente observada, para que la tarde de cada lunes, el teatro Principal acogiera los conciertos que la Sociedad Filarmónica ofrecía a sus socios, presentando actuaciones de solistas o conjuntos destacados. Y por otra parte, cabe destacar que el primoroso salón del Eslava funcionó durante años y años, con compañía titular, encabezada por primeras figuras nacionales.

El escenario para las temporadas de ópera -que las hubo, muy brillantes, con localidades agotadas y guardias de gala firmes, a la puerta- fue el del teatro Principal. Sin que faltaran también, otras veces, ocasionales carteleras de ópera, igual de brillante y escogida, en el Apolo, cuyos grandes espacios y amplio aforo permitían desarrollar sin problemas las representaciones. El derribo, en 1969, de aquel histórico teatro, significó un descenso, ya consecutivo, para la nómina decadente de Valencia como ciudad vital en las artes escénicas.

Deben quedar ahora pocos observadores paseantes, o vecinos atentos, capaces de describir la demolición apresurada del teatro Ruzafa, en la esquina de Ruzafa-Colón. Dicho derribo funcionó con eficacia, entendido ello como rapidez y sanseacabó. E igual ocurriría con el Eslava, aunque en este caso, el derribo fue precedido por una total y costosa transformación en sala de cine, sin más resultados que el de alargar su tiempo de agonía.

Lo demás que restaba de la Ruzafa escénica, ya en declive, apagose a ritmo de portazos sucesivos y piqueta apresurada, para eliminar, sin vestigios ni recuerdos, el teatro Lírico, largo como una estación desangelada; el Serrano, seco y cuadrilongo; y el antes mencionado Eslava, «bombonera» con compañía titular y primeras figuras de la España de los teatros, entronizadas en su escogido escenario.