'2001' CUMPLE 50 AÑOS

La majestuosa 'space opera' de Kubrick se estrenó en Washington el 2 de abril de 1968. Parte del público la encontró soporífera y se salía del cine

RAFA MARÍ

El centinela. Basada en 'El centinela' (1948, novela corta de Arthur C. Clarke), Stanley Kubrick comenzó a preparar a mediados de los 60 el rodaje de '2001, una odisea del espacio'. La película, con guión de Kubrick y del propio Clarke y un presupuesto de 10,5 millones de dólares, se estrenó el 2 de abril de 1968 -justo hoy hace 50 años- en el Upton Theatre de Washington DC (en España, medio año después). Nominada a cuatro Oscar, obtuvo el premio a los mejores efectos visuales. El de mejor película lo ganó 'Oliver', digno musical de Carol Reed pero con una importancia histórica muy inferior a la de '2001'. Bueno, a las cosas del Oscar no hay que hacerles demasiado caso.

Lisérgica. Hoy día, la lisérgica '2001' es una de las películas fundamentales de la historia. Pero cuentan las crónicas que parte del público que asistió al estreno de esta majestuosa 'space opera' se salía del cine al encontrarla soporífera, además de incomprensible en su media hora final.

Abstracción. Nadie le pide concreción a la música, arte abstracto por excelencia, y sin embargo las incursiones del cine en la abstracción (imágenes sin claro sentido argumental) suelen provocar rechazo en muchos espectadores. Y mira que hay películas en las que lo mejor son los momentos en que no pasa nada, convirtiéndose en un documental, a menudo inconsciente, sobre sí mismas, los actores o el paisaje. Pasa también con algunas personas: son más interesantes cuando guardan silencio que cuando hablan. En general, la gente silenciosa es más erótica que la locuaz.

Cine fantástico. Dejo el Metro y regreso a '2001, una odisea del espacio'. Cuando me preguntan por mis diez películas preferidas -las listas siguen siendo un entretenimiento habitual de los cinéfilos-, me gusta provocar un poco eligiendo sólo títulos del cine fantástico. Pero todos admiten mi lista con normalidad. El género empieza a ser aceptado en los altos salones de la cultura. Dato revelador: el Oscar 2018 a la mejor película lo ha ganado 'La forma del agua', fábula fantasiosa de Guillermo del Toro.

Orden de preferencia. Cito las diez películas por orden de preferencia. Quizá dentro de un mes la lista sería otra. Pero en abril de 2018 es la siguiente: 1, '2001, una odisea del espacio'. 2, 'King Kong', (1933, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack). 3, 'Blade Runner', (1982, Ridley Scott). 4, 'Drácula', (1958, Terence Fisher). 5, 'La invasión de los ladrones de cuerpos' (1956, Don Siegel). 6, 'Los pájaros' (1963, Alfred Hitchcock). 7, 'La novia de Frankenstein' (1935, James Whale). 8, 'El pueblo de los malditos' (1960, Wolf Rilla). 9, 'La mosca' (1986, David Cronenberg), y 10, 'Muertos y enterrados' (1981, Gary Sherman).

Ausencias. Me sabe mal no haber hecho un hueco a muchas otras películas de Terence Fisher, o a 'Ojos sin rostro' (1960, Georges Franju); 'La humanidad en peligro' (1954, Gordon Douglas); 'Planeta prohibido' (1956, Fred M. Wilcox); 'Alien' (1979, Ridley Scott); 'El día de la bestia' (1995, Álex de la Iglesia); 'El incidente' (M. Night Shyamalan)...

Stéphane Audran. Me apena la muerte de Stéphane Audran (Versalles, 1932-2018). A las nuevas generaciones de cinéfilos apenas les dirá nada su nombre. A mí si me dice. La recuerdo, extraña y singular, en 'Las ciervas' (1968, Claude Chabrol); 'La mujer infiel' (1969, Chabrol); 'El carnicero' (1970, Chabrol); 'El discreto encanto de la burguesía' (1972, Buñuel); 'El festín de Babette' (1987, Gabriel Axel)...

En el Metro. El pasado miércoles, en el andén del Metro de Colón, una chica y un chico se besaban con pasión. Jóvenes y felices. Parecía una película de Truffaut. Ellos pasaban de la gente. Y la gente de ellos, excepto un hombre de mediana edad que fijó su mirada en la pareja. El joven, al percibir que eran observados, le espetó con acritud al señor: «¿Tú qué miras?»

La mirada. Contemplaba yo la escena de lejos y me sentí también interpelado. Por mirón. Pero de pronto me dio un ataque filosófico de urgencia y me pregunté: ¿Por qué la gente puede besarse con libertad en un sitio público y sin embargo no es correcto -o no lo parece- mirar el deseo ajeno con esa misma libertad?

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