En Valencia ya se regalaban cestas navideñas en el siglo XVI

Un ómnibus de hojalata de la fábrica Payá./LP
Un ómnibus de hojalata de la fábrica Payá. / LP

La Comunitat es un referente histórico en la producción de turrón, uva o juguetes

ÓSCAR CALVÉVALENCIA.

A finales de 1582 se elaboraron en Valencia y Alicante una serie de curiosas instrucciones en torno a un conflicto salarial. Afectaba a aquellos representantes del gobierno alicantino que por cuestiones de trabajo residían en la capital del Turia. Por entonces ya existirían los resbaladizos gastos de representación, pero parece que en este caso se trataba de algo mucho más transparente. Confío en que les dibuje una sonrisa. Podríamos hablar de la fuente de inspiración de uno de los spots navideños más populares: «Nicholau Desllor, notari sindich de aquexa dita ciutat (quien protestaba) ha humilment deduhit y exposat que de temps inmemorial, en cascun any, dita ciutat de Alacant, acostuma per a festes de Nadal, pagar a sos advocats y sindiches residents en la present ciutat de Valencia, llurs salaris, part en diners y part en un present que sels dona, de una arrova de torrons y altra de pans de figues». Aunque no fueran de la conocida marca, los turrones alicantinos regresaban puntualmente a algunas casas valencianas por Navidad. Según el documento de 1582, este obsequio o forma de pago se ofrecía desde tiempo inmemorial durante la Navidad. En consecuencia, parece incuestionable que el «present que sels dona» a aquellos hombres del siglo XVI era un claro precedente de la cesta navideña que algunos de ustedes -los más afortunados- estarán a punto de disfrutar. De acuerdo, era parca en variedad, pero se recompensaba en cantidad: más de 10 kilos de turrón y otros tantos de pan de higo. Estos fantásticos dulces harían las delicias de los obsequiados, eso sí, en detrimento de algunas dentaduras que por entonces, los más cuidadosos, lavaban con la propia orina envejecida según costumbre.

Esta semana, como no podía ser de otra manera, vamos a hablar de la Navidad, concretamente del inigualable impacto de la producción valenciana en estas fiestas, y cómo no, de historias y anécdotas. Al igual que ocurre con los dulces, a nadie le amarga una anécdota.

Dos de cada tres granos de uva consumidos en España en Nochevieja son del Vinalopó

A poco que nos fijemos, nuestros menús navideños tendrían éxito asegurado empleando únicamente productos valencianos. Les pongo sólo unos pocos ejemplos, aunque hay muchos más. Comenzamos con gambas de la Marina o langostinos de Vinaròs regados con un vino blanco de cualquier D.O. de la Comunidad Valenciana. Continuamos con carnes y embutidos de la zona de Requena y Utiel, zonas que también pueden proporcionarnos sus excelentes caldos tintos. Caquis, uvas y naranjas de fruta.

Llegan los dulces. 'Alea jacta est'. Bien por voluntad propia, bien por presión de un familiar (cuñados y suegras lideran un particular ranking) sucumbimos a pasteles de boniato, turrón de Xixona y peladillas de Casinos. No pocos brindaremos con cava valenciano. Es más, el que para muchos es el momento más simbólico del año se acompaña con uva del Vinalopó, con un grano cada tres segundos hasta finalizar las tradicionales doce campanadas.

Fuera de la mesa el discurso puede ampliarse. Los más pequeños quizá no lo sepan, pero sus Majestades los Reyes Magos satisfacen sus ilusiones con juguetes creados en su mayoría en la Comunitat Valenciana, en lugares como Ibi, Onil o Castalla.

A finales del siglo XIX nacían dos industrias de enorme trascendencia: el turrón y el juguete

Es innegable que nuestro territorio se sitúa en la vanguardia de la producción nacional en lo referente al consumo navideño, y no barro para casa. A nadie se le escapa que lo más lógico es que cada territorio configure sus platos navideños en función de los recursos alimenticios propios, aunque existan notables excepciones como Madrid, donde es habitual cenar besugo en Nochebuena. Pero en nuestro caso podríamos hablar de una «industria de la Navidad», un trascendental motor económico que surte de sus excelencias -además de a los mercados próximos a la producción-, a otros muchos lugares de España y del extranjero. Tres históricos ejemplos concentrados en una geografía y una cronología muy delimitadas ilustran esta circunstancia.

Todo indica que el turrón, dulce navideño por antonomasia, tiene origen musulmán. Las transferencias culturales hicieron el resto. Alicante, por su rica producción de almendra y miel -principales ingredientes primigenios del turrón-, y otros avatares, se convirtió en una de las cunas de este producto tras la conquista cristiana. Desde el siglo XV, pero más frecuentemente a partir de la siguiente centuria, diversas fuentes advierten de la excelente naturaleza del turrón alicantino, con gran fama por todo el país y cuyo consumo ya se concentraba en las fiestas navideñas, como hemos visto en el documento que abría el reportaje. En honor a la verdad, es justo advertir que otros antiguos escritos localizan producción turronera en más lugares. Sin embargo, no cabe duda que a lo largo de los siglos, alicantinos en general y jijonencos en particular, fueron consolidando su identidad en torno a la producción del turrón. Y con varios sobresaltos en el camino. Como en 1665, cuando el gremio de confiteros de Valencia pretendió usurpar el quehacer de los turroneros de Alicante, al exigirles un examen para la obtención del título, claro, de confiteros. Aquella 'titulitis' no hacía sino velar una clara injerencia, un deseo de apropiación del éxito de una producción que no entendía de exámenes y sí de una arraigada tradición. En cualquier caso, hay un punto de inflexión a finales del siglo XIX, cuando acontece la verdadera industrialización del proceso de elaboración turronera. Como indica Bernardo Garrigós, fue Xixona la que mostró mayor capacidad en transformar aquella asentada producción casera en un proceso industrial. Entre sus éxitos colaterales, la creación del turrón que hoy llamamos blando. Familias como los Rovira, los Sanchís o los Monerris fueron pioneras en esa metamorfosis.

El origen de las uvas en las campanadas se remonta a finales del siglo XIX

También en el ocaso del siglo XIX, y a pocos kilómetros de distancia de Xixona, nacía uno de los centros de producción de juguetes a posteriori más importantes del país. En Onil, en 1860, Ramón Mira, Eduardo Juan y Agustina Mora se lanzaron a la producción de muñecas con cabezas de barro. Años más tarde, en Ibi, una familia de hojalateros (y como tales ocupados en labores realmente dispares), comenzaron a incorporar en sus tareas la producción de juguetes humildes, en muchos casos miniaturas de aparatos que ellos arreglaban: instrumentos musicales, cocinas, menaje del hogar, etc. La segunda generación de este linaje, los Payá, consolida el negocio, y en 1909 recibe una medalla de oro en la conocida Exposición Regional Valenciana. Creadores del primer coche de juguete con mecanismo de resorte, compiten con otros grandes centros jugueteros del país, Barcelona principalmente. Uno de los puntos fuertes de Payá Hermanos, desde 1912 'La sin rival', fue dotar de movimiento a muchos de sus juguetes. Amén del bajo costo del producto que permitiría la democratización del juguete. Su éxito -en 1915 ya era la fábrica más importante de juguetes de España-, y las circunstancias coyunturales animaron a vecinos de Ibi y poblaciones cercanas a embarcarse en aventuras similares, empleando a familiares y paisanos. Nacía el famoso Valle del Juguete (Onil, Ibi, Biar, Tibi y Castalla), todavía referente internacional. En España, más del 32% del total facturado en exportación juguetera corresponde a la Hoya de Castalla. Alicante produce prácticamente la mitad de los juguetes del país.

En 1915 Payá Hermanos ya era la fábrica de juguetes más importante del país

Al otro lado de las Sierras del Maigmó y del Sit encontramos poblaciones como Agost, Aspe, Monforte del Cid o Novelda. Parte de la producción uvera allí cultivada se ampara bajo la Denominación de Origen Protegida 'Uva de mesa embolsada del Vinalopó', aquella que, entre gritos y pitos, una gran mayoría de españoles tomará durante las campanadas (dos granos de cada tres en todo el país). La costumbre se remonta más allá de lo que habitualmente se escribe. Parece que importada de Francia, recortes en prensa española señalan la práctica de comer uvas acompañando las campanadas desde finales del siglo XIX. Las primeras noticias advierten que la costumbre no estaba del todo definida, de ahí que en algunos lugares se consumieran tres uvas para beneficiar las tres cosas que hay en la vida, según interpretarían décadas después Cristina y los Stop. En 1900 la tradición ya estaría asentada en el formato actual, y, según se dice, en 1909 un excedente de uva en el Vinalopó propició la popularización de este hábito hoy indispensable en los hogares españoles.

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