El fantasma de la despoblación en la Comunitat Valenciana

SEMPERE. La plaza de San Pedro, da nombre al pueblo con menos población de la provincia de Valencia . ::
SEMPERE. La plaza de San Pedro, da nombre al pueblo con menos población de la provincia de Valencia . :: / J.SIGNES

Uno de cada cinco pueblos de la Comunitat sufren una grave merma de habitantes y los expertos alertan de la necesidad de tomar medidas urgentes que garanticen su supervivencia

MAR GUADALAJARA

El tiempo se ha detenido en Sempere. El reloj del campanario no funciona pero tampoco hace falta porque allí no hay horarios, ni prisas. En este municipio de la comarca de la Vall d'Albaida parecen estar atrapados en el tiempo, viven del pasado, de su historia y su tradición alfarera, de los recuerdos de esas noches de verano que eran en la calle, con los vecinos. Pero no solo Sempere se encuentra atrapado. Más de 200 municipios en la Comunitat sufren la despoblación, alrededor de 100 están en peligro de extinción. «Ahora ya no queda nadie», dice un vecino. Fue alcalde durante más de 40 años, «incluso en la dictadura y he visto como esto se ha ido muriendo; ahora seremos veinte en el pueblo», asegura, aunque censados, según el INE, hay 48 habitantes en este municipio.

«Hay que tomar medidas urgentes para garantizar sus supervivencia», advierte Joaquín Recaño, investigador del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien a través del estudio que publicó la semana pasada, alerta del grave problema de despoblación que afecta a 4.200 municipios en todo el país. «En los últimos años las causas demográficas de la despoblación rural han cambiado significativamente. La emigración ha perdido fuelle y han cobrado más importancia las pérdidas de población por una natalidad muy baja y una mayor mortalidad por envejecimiento, pero el escenario se ha agravado y presenta ya un serio problema de sostenibilidad demográfica», explica Recaño.

Envejecidos y sin mujeres, viajan en el tren de la despoblación, que en cada estación se vacía, poco a poco y el final del trayecto es, inevitablemente, la extinción. «No estoy casado ni tengo hijos, he vivido toda la vida del campo, me he dedicado a trabajar, pero ahora ya soy mayor, no queda gente joven que pueda ayudarnos, aquí no nos queda nada, yo ahora solo tengo recuerdos», cuenta un vecino del municipio con menos habitantes de la provincia de Valencia.

San Pedro es la calle que da nombre al pueblo, la columna vertebral, la única. Una plaza del mismo nombre asoma al final, entre las casas. Persianas bajadas, puertas cerradas y algunas a medio reformar. La iglesia es el único patrimonio que les queda. «La saquearon en la guerra, lo poco que teníamos nos lo quitaron», explica, aunque los turistas tampoco se dejan ver por allí, nadie ha ido a visitar Sempere en mucho tiempo, «la casa rural tuvieron que cerrarla», asegura.

Uno de cada cinco pueblos de la Comunitat sufren de gravedad la despoblación. El diagnóstico: «Una vez que los efectos de la crisis económica han diluido la ilusión de la inmigración como panacea para resolverlo, la cruda realidad nos ofrece un espacio que se debate entre la necesidad de una transformación radical y el riesgo de extinción», afirma Recaño. Una sentencia de muerte irreversible para algunos, mientras otros luchan por sobrevivir.

Un poco más al sur de Sempere, entre melocotoneros, almendros y olivos, está Carrícola, un municipio de 90 habitantes. La diferencia es notable. Los campos dan vida. Está todo preparado para dar la bienvenida a los veraneantes. El pueblo, acogedor, ha sabido conservar su esencia, pero adaptándose a la situación. El lavadero parece estar intacto. Al lado, un huerto efímero y un mural hecho por los niños del pueblo.

El 80% del territorio de la Comunitat está siendo ocupado solo por un 20% de la población, la situación es grave sobre todo para el interior de la región. Ni los parches, ni las medidas de última hora pueden hacer frente a la alarma que han hecho sonar los expertos.

«Un tratado para cada comarca», así prometía la Generalitat combatir a la despoblación. La 'Agenda Valenciana contra la Despoblación' es el plan que presentó hace una semana el Consell, con la que pretenden combatir la despoblación en el mundo rural. «La agenda tiene que ver con todos los departamentos de la Generalitat», precisó el presidente de la Generalitat, Ximo Puig. Sin embargo, la oposición le exige que cumpla las inversiones, comprometidas en los presupuestos con los pequeños municipios, en lugar de «financiar agendas fantasma».

El Consell anuncia políticas para garantizar empleo, bienestar y servicios públicos de calidad. Pero la alcaldesa de Castell de Cabres no pide «grandes cosas», en el municipio con menos habitantes de la Comunitat solo quieren que abrir una tienda o un bar no suponga pagar los mismos impuestos que en un establecimiento de esas características en Valencia. Aun así, el presidente insistió que «más allá de las instituciones, tiene que haber compromiso y capacidad de la población de las sociedades locales», algo que muchos municipios no han cesado de intentar.

En Castell de Cabres hay cinco casas rurales y un restaurante. En su mejor época el pueblo estaba habitado por 500 personas, ahora son menos de 20. Mari Paz Querol, la alcaldesa del municipio con menos habitantes de la Comunitat, asegura que «repoblar es complicado» porque la gente que no puede trabajar se marcha. «El Ayuntamiento tampoco puede dar trabajo a más personas, no podemos asumir tantos puestos de trabajo», explica. Algo que no entiende es cómo «alguien que quiera montar un negocio aquí tenga que pagar los mismos impuestos que en la ciudad». Tal y como explica la alcaldesa, en Castell de Cabres, tener una tienda significa «dar un servicio público», porque no sacan ningún beneficio. Los ganaderos también sufren las cargas económicas, deben hacer frente a ellas pese a que «no ganan prácticamente nada».

«Si de verdad quieren ayudar, en vez presentar tantos planes, que pongan en marcha medidas de acción positiva, eso es lo que nos hace falta», insiste. Dicen que las metas a corto plazo mantienen la motivación a largo plazo, por eso Querol está segura de que no van a conseguir aumentar la población. Reivindica que se mire más «hacia el futuro» y que «no se pierda lo que aún conservamos».

Mientras piden más compromiso a las sociedades locales, Querol se lamenta. «Si tuviéramos una mejor conexión a internet, podríamos haber crecido a través de las nuevas tecnologías, podríamos haber desarrollado cualquier tipo de proyecto que uniera tradición y tecnología, pero tampoco tenemos eso garantizado, las administraciones no obligan a los operadores a estar en la zona. Ahora tenemos cobertura pero solo con una compañía y la conexión es muy lenta», explica.

Un nivel de masculinidad alto y el elevado impacto de la emigración, son los parámetros que determinan qué municipios se encuentran en un callejón sin salida. Espacios rurales de despoblación irreversible, que según el investigador Joaquín Recaño, pueden llegar a la extinción. «Su supervivencia está en juego», señala, «los que están en riesgo de despoblación irreversible son los que tienen las tasas de natalidad más bajas, las más altas de mortalidad, una mayor emigración neta y la menor atracción de la inmigración exterior», añade. Las mujeres son una pieza importante para evitar estos fenómenos demográficos, y encontrar su lugar en el puzzle es clave para fomentar la natalidad.

Cerrar una escuela supone matar un pueblo. El mayor reto para todos aquellos municipios de menos de 200 habitantes es mantener la escuela abierta. Es lo que puede garantizarles la vida, aunque hay veces que no hay alternativa. «Cerraron la escuela cuando aún habían 14 alumnos en el año 73 y eso se podría haber evitado porque, ahora en otras localidades muchas escuelas están en peligro y puede ser como una sentencia de muerte», explica Querol.

Intentar mantener centros educativos, reforzar servicios sanitarios o bajar impuestos son medidas que podrían garantizar su existencia, porque estar detenido en el tiempo no significa que se pueda retroceder. Lo mejor que podría ocurrir es preservar lo que nos queda. Como el reloj de la iglesia de Sempere, que se ha detenido pero se conserva intacto.

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