FAETÓN, COCHE DE LUJO

TEODORO LLORENTE FALCÓ

LA VALENCIA DE HACE UN SIGLO

El faetón, uno de los más ridículos e incómodos carruajes que pisaron paseos, ha desaparecido, como dejó de vivir la carroza y como están agonizando la carretela y el landó. La carroza ha pasado a nuestos museos, porque artísticamente es digna de conservarse; y la carretela, aún cuando carece de la suntuosidad y los primores de la carroza, por sus líneas elegantes y por la distinción con que se aderezaba, también su recuerdo es grato. ¡Pero el faetón! ¿Pudo inventarse cosa más incómoda y antiestética?

·Este artículo pertenece a las Memorias de un setentón, una recopilación de evocaciones publicadas entre 1943 y 1948 por Teodoro Llorente Falcó, segundo director de LAS PROVINCIAS

El faetón nació en Valencia y no salió de aquí. Precisaba la burguesía valenciana un carruaje anfibio, que no fuera ni la carretela ni la tartana, para satisfacer su vanidad de concurrir al Paseo de la Alameda y de ser conducida en coche a ciertos actos sociales. Y nació el faetón. Ignoramos el nombre del inventor. Sería curioso averiguar quiénes fueron los primeros constructores y qué familias las que arrostraron los 'peligros' de las primeras salidas.

Era el faetón una especie de cajón acristalado, poco menos que cujadrado, con largos asientos laterales y con un alto pescante donde iba el cochero. Los había para un solo caballo y para dos. Este último llevaba cochero y lacayo. La misión del lacayo se reducía a abrir y cerrar la portezuela del coche para que subieran y bajasen los que iban en él.

Un teléfono de goma comunicaba el interior del vehículo con el auriga, quien solía engancharse una de las boquillas al levitón, con el fin de que, cuando advirtiera un leve tirón, llevárselo al oído y recibir órdenes.

El levitón y el sombrero de copa eran de rigor, El color del primero variaba: los había negros y grises claros. El sombrero, de copa...; en esto veíanse ejemplares para desternillarse de risa. Llevaban todos una escarapela negra a uno de los lados... Sombreros altos que parecían chocolateras; sombreros bajos, sombreros con alas rectas, sombreros con alas abarquilladas... No todos los cocheros tenían la misma presunción, y unos los llevaban muy inclinados hacia atrás, otros poco menos que tapándose los ojos, y los había que se los colocaban de 'gaidó'.

Influía mucho en el atuendo del cochero su procedencia. En su afán de buscar 'un criado fiel', algunas familias los reclutaban de sus casas de campo, completamente sin desbastar. Y hay que pensar lo difícil del tránsito de un campesino al natural a un cochero de levitón y sombrero de copa. Había también familias que en el invierno se traían de la alquería uno de los caballos para el servicio del faetón y la tartana, y cuando precisaba utilizarlo en la labranza, se devolvía a la casa de campo unos días.

Fue el faetón el coche de cuatro ruedas de la clase burguesa durante la segunda mitad del siglo XIX. Era de seis asientos, pero con comodidad relativa sólo podían ocuparlo cuatro personas, en las esquinas, una manera de ver y ser vistos. Colocábanse los papás en los asientos traseros, que eran los de respeto, y la hija o hijas en los delanteros. Generalmente se utilizaba el faetón para ir a la Alameda, todas o casi todas las tardes, 'hacer' visitas o ir al teatro, y en verano para trasladarse al puerto en plan de paseo.

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