Los exiliados de Nicolás Maduro en la Comunitat Valenciana

Un millar de ciudadanos del país americano llegan anualmente desde 2015 a municipios valencianos

TEO PEÑARROJA

Dice Tolstoi en el primer párrafo de Ana Karenina que todas las familias felices se parecen, y en cambio las desgraciadas lo son cada una a su manera. Las historias de los venezolanos que han huido de su país para recomenzar su vida en Valencia también son cada una a su manera: represaliados políticos, intelectuales, padres de familia, artistas, niños... Y sin embargo hay algo que todas sus historias tienen en común: todos reconocen que hubo una gota que colmó el vaso.

Un día, a finales de julio del año pasado, la madre de José Hernández (Maracay, 1992) salía del trabajo cuando dos motoristas se pararon delante de ella. El que iba sentado atrás la saludó por su nombre y le dijo el número de su carné de identidad. También le dijo dónde trabajaba, quién era su hijo José, qué rutina tenía, las actividades que solía realizar. “Queremos decirle que su hijo no presta atención a nuestras amenazas”, explicó el motorizado. “De modo que si no se desaparece en menos de un mes y medio, nosotros lo desaparecemos”. Entonces sacó una pistola, la apretó contra su sien e hizo el gesto de accionarla. Después ambos se fueron con la moto. “El hecho de pensar que le podían hacer algo a ella era...” A José se le escapa el final de la frase. Ese día decidió huir a España.

¿Volverás a Venezuela?

José:
“Volvería una y cincuenta millones de veces. Mañana cae el régimen y mañana voy, y vuelvo a dar la cara en todas las actividades que puedan crear un mejor mañana”.
Oswaldo:
“Si Venezuela llegara a ofrecernos una estabilidad como la que teníamos antes, por supuesto que regresaríamos. Pero si para entonces ya nos hemos acomodado aquí, no lo sé”.
Tania:
“No lo sé... [Silencio] Sinceramente, no lo sé. Si no consigo establecerme aquí tendré que regresar, pues. ¿De qué voy a vivir? Pero ya que me las jugué, me las tengo que jugar completas”.

Apenas un mes antes, Oswaldo Guzmán (Barcelona, Venezuela, 1978) llevaba a sus dos hijos a la guardería. Leonardo tenía entonces dos años y el pelo rubio muy rizado, y Miranda apenas un año. Eran las siete y media de la mañana, y había mucho tráfico. La moto que circulaba justo delante de su coche paró en seco. El vehículo anterior había frenado primero. “Delante del motorizado se bajó otro man pistola en mano”, explica Oswaldo, “y estaba apuntando al tipo de la moto. Si disparaba, o le daba a él o a nosotros”. Se le heló la sangre. Al final no disparó, pero se lo robó todo al otro hombre. La policía ni siquiera apareció por allí. “Entonces pensé que mis hijos no se merecen eso”.

Venezolanos y también valencianos. / P.C.

Después del verano, Tania Cruz (Caracas, 1966) iba sola por la autopista hacia el centro de la capital. “Cuando voy sola en el coche siempre aprovecho para pensar”, explica. Hacía tiempo que le parecía que su vida había perdido mucho desde que comenzó la dictadura. Ya no podía salir al cine ni a tomar algo con sus amigas. A partir de las cuatro de la tarde se encerraba en casa porque la calle era peligrosa. De pronto, unos motorizados pararon el coche que circulaba justo a su lado. Desvalijaron al conductor y se marcharon. Entonces Tania pensó que ya estaba harta. “¿Qué clase de vida me esperaba? ¿Vivir encerrada? ¿Escondida? Sobrevivir. Porque eso no es vida”, asegura. “En aquella autopista decidí que me iba de Venezuela”.

Hay 6.513 venezolanos empadronados en la Comunitat, casi mil más que el año pasado, sin contar a los que tienen la doble nacionalidad, hijos y nietos de los españoles que se exiliaron a América durante el franquismo. El número real ronda más bien las 15.000 personas, contando a todos los nacidos en Venezuela que viven en Valencia; la mayor cifra en los últimos diez años. Los venezolanos se marcharon de la Comunitat cuando empezó la crisis. Durante siete años el número de venezolanos no ha hecho más que bajar, hasta que el recrudecimiento del régimen de Maduro ha disparado las cifras del exilio.

Tania posa en el piso que comparte en el barrio de Torrefiel. / Irene Marsilla

«¿Qué clase de vida me esperaba? Sobrevivir»

Tania es una de esas personas que recorren el camino inverso al de sus progenitores. Su padre, español, emigró a Venezuela durante el franquismo. Lo que no sospechaba es que la siguiente generación haría el viaje de vuelta. «Para que tú veas las vueltas que da la vida... Una nunca sabe», dice Tania pensando en voz alta mientras apura un vaso de guayayo, el café largo y aguado que se toma en Venezuela. «A los españoles parece que no les importara Venezuela, y aquí en España también vivieron eso. Venezuela acogió a muchos que huían de una guerra terrible».

Tania es artista. Trabaja el vidrio, sobre todo. Abandonó en Caracas su taller y sus hornos y se vino con lo puesto. Ahora trabaja a ratos, cuando se puede, en una cooperativa de artistas en Godella, donde sí puede utilizar un horno, aunque está buscando un trabajo más estable. Llegó el dos de febrero, y está viviendo de la ayuda al emigrante retornado, porque hace años obtuvo el DNI español «por lo que pudiera pasa». El cronómetro corre contra ella. Si en un año no ha conseguido un trabajo tendrá que emprender el camino de vuelta.

Se dice en Venezuela que loro viejo no aprende a hablar. Sin embargo, a sus cincuenta años, Tania pretende comenzar la vida de nuevo. Conoce la Venezuela de antes de Chávez y la de hoy. «Antes iba a la ciudad, veía a mis clientes, regresaba a casa o me quedaba en el centro», explica. «Me sentaba en un café, comía en un restorán, veía a mis amigas, iba al cine... Pero ya llegó el punto en el que no lo podía hacer. A las cuatro de la tarde ya tú estás viendo el reló para irte corriendo a tu casa y quedarte encerrado». Un día de septiembre, mientras conducía hacia la ciudad, presenció un atraco en la carretera. Entonces se dijo a sí misma: “¿Qué clase de vida me espera? ¿Vivir encerrada? ¿Escondida? Sobrevivir. Porque eso no es vida”. Y decidió salir.

Los Guzmán pasean en familia. / Irene Marsilla

«Secuestraron a mi papá y quebraron las esperanzas»

“Está muy caliente”, lloriquea Leonardo, sentado en el regazo de su padre, después de dar un sorbo de su café con leche. Cumplirá cuatro años en septiembre. Miranda hizo dos en abril. Todavía son muy pequeños para entender que sus padres dejaron atrás una prometedora carrera como profesores universitarios e investigadores para que ellos puedan pelear un futuro algo más digno. “Todo lo que hicimos es básicamente por ellos”, asegura Oswaldo. “En Venezuela no podemos darles una buena educación. Si no podemos ofrecerles nada allá, nos quedaremos en Europa”.

Corina Campos (Caracas, 1977) se casó con Oswaldo para compartir la vida. Ambos tienen una vocación común: la docencia y la investigación. Son ingenieros geólogos. Hicieron el máster en la Universidad Simón Bolívar, la segunda mejor del país, donde se quedaron después como profesores. Entre 2009 y 2013 hicieron un doctorado en Francia sobre terremotos, y regresaron después a Venezuela. Al volver las cosas ya no eran como antes, y los sueldos de profesor universitario tampoco. Entre los dos ganaban ochenta euros al mes. Tenían que trabajar también fuera de la universidad para poder sacar su familia adelante.

En abril de 2015, “un día después de que naciera Miranda, secuestraron a mi papá”, explica Oswaldo. “Eso quebró las esperanzas de que las cosas fueran a cambiar”. Corina se cansó primero de esperar, pero él seguía agarrado a un clavo ardiendo. Hasta que en junio del año pasado un atraco a mano armada enfrente de la guardería de los niños los convenció del todo de que había que marcharse. “Te dan un tiro, te asesinan aquí y no pasa nada”, se horroriza. Llegaron a Valencia en noviembre.

Eligieron Valencia por varios motivos. Porque es una ciudad, pero no demasiado grande; porque es más económica que Madrid o Barcelona, pero sobre todo “porque estamos a orillas del mar”, aseguran. “Nuestro estilo es criarlos al aire libre”, explica Corina, “y Valencia se presta a ese estilo de vida”. “Creo que escogimos muy muy bien”, continúa. “Los valencianos son gente muy alegre. Es una ciudad para vivir. Si nos pudiéramos quedar aquí para toda la vida, yo me quedara”.

Pero no todo es tan fácil. Cuando llegaron, el único trabajo que encontró Oswaldo fue como 'cullidor' de naranjas. Estuvo quince días en los huertos, hasta que le contrataron en Burger King. Entró pisando fuerte, porque lo contrataron en la temporada de fallas, y allí sigue de momento. “Yo siempre he trabajado, como decimos en Venezuela, muy 'echao pa'lante'”, dice sin pudor. “Nunca me han importado mis títulos, mis estudios, mis diplomas... Y ahora que tengo dos hijos aún me importan menos. Yo trabajo en lo que sea, siempre que sea algo ético, y mis niños son mi motivación para hacerlo”.

José sigue ayudando en la organización estudiantil de Aragua desde Valencia. / Irene Marsilla

«Nos buscaban para matarnos»

José Hernández tiene veinticinco años y la planta de un político. Le brillan los ojos como a esa gente que aún no ha tirado la toalla, y se le ve a la legua el orgullo que siente por haber tenido que huir de su patria por defender una causa justa. Todas las renuncias le parecen pocas. “Cuando sales de tu país metes todos tus estudios y todas tus cosas en una maleta y ahí se quedan”, confiesa mientras bebe una cerveza. No la bebe, en realidad. La ha pedido, pero se le atropellan las palabras en la garganta y casi se olvida de que su Turia tostada está ahí. “Muchas veces me castigaba a mí mismo y me decía: '¿Por qué me vine? Debería haberme hecho a un lado de la política, callarme la boca... Me hubiese graduado como veterinario'. Y aquí estoy. Esto te ayuda a tocar la humildad”, asegura. Ahora vive en un piso compartido y tiene dos trabajos en una tienda de ropa y en un bar. Con eso paga el alquiler y ayuda a su familia en Venezuela.

En su país fue dirigente estudiantil. Saltó a la palestra en 2013, cuando dirigió la campaña presidencial de Capriles en el estado de Aragua. Hizo campaña en zonas tradicionalmente chavistas, y su partido ganó allá. Entonces empezaron las amenazas. “El SEBIN [Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional] se encarga de perseguir a todo el que piensa diferente”, afirma sin tapujos. “Se plantaron en la puerta de mi casa con una patrulla, me subieron al carro, me dieron un paseo de varias horas por toda la ciudad. Durante el viaje me amenazaron, me dijeron que me harán picadillo y que nadie sabría nada de mí nunca más. Me golpearon y después me dejaron otra vez en la puerta de mi casa”. Aquello le ocurrió varias veces, a él y a todos los que hacían su mismo trabajo en otros estados. Al final de aquella campaña tuvieron que desaparecer de la ciudad unos días. “Estaban furiosos porque perdieron y nos buscaban para matarnos”.

Después trabajó mano a mano con Leopoldo López, como coordinador de las juventudes de Voluntad Popular. Las amenazas continuaron durante tres años en forma de llamadas telefónicas, acoso en redes sociales y hasta abuso físico en la Universidad. Pero él nunca hizo mucho caso. Hasta que amenazaron a su madre. Entonces todo pesaba demasiado sobre su conciencia, y decidió irse. El suyo no es un caso aislado. “De todos los que trabajábamos en eso, la mitad están presos y la otra mitad en el exilio o muertos”, reconoce. A un dirigente universitario lo asaltaron unos grupos armados del Gobierno durante una asamblea en la Universidad de Oriente. Tres disparos a quemarropa y murió in situ. “Yo hacía eso mismo casi a diario”, dice José sobrecogido.

“En Venezuela se libra una lucha de pancartas, ideas y ganas de vivir versus toda la fuerza y el brazo represivo de un Estado”, concluye orgulloso. “Las amenazas fueron continuas, pero el deseo de ver a mi país libre me llevó a seguir con la lucha”. Hasta que amenazaron a su madre. Ese era un precio que no estaba dispuesto a pagar.

Fotos

Vídeos