«No somos carceleros; hacemos más de psicólogos y salvamos muchas vidas»

Arturo Checa
ARTURO CHECAValencia

Películas como 'Celda 211' retratan a las mil maravillas el carácter bronco, hosco, peligroso y hasta mortal que reinaba hace un par de décadas en las cárceles españolas. Eso ha cambiado en los últimos años. Sólo hay que echar mano de las estadísticas: en 2011 se produjeron 427 agresiones a funcionarios de prisiones, mientras que el año pasado fueron 178. Una bajada de la conflictividad que va acompañada de la reducción del número de internos en las prisiones del país.

Mientras que en 2011 había contabilizados 61.581 presos, el año pasado la población reclusa se había reducido a 51.624, siempre según las cifras de Instituciones Penitenciarias. Picassent es una excepción. Es una de las cárceles más masificadas de España. Hoy tiene alrededor de 2.000 presos, cifra reducida obligatoriamente por las obras que se están desarrollando en el centro y que ha hecho que se trasladen internos a otras prisiones. El número de reclusos está muy por debajo de los que ha llegado a tener pero por encima todavía de los alrededor de 1.300 que se marca como cifra idónea de número de internos.

Aún así, la función y características de los funcionarios de prisiones han evolucionado también notablemente con el paso del tiempo. Muchos de ellos tienen licenciaturas y una gran preparación. «No somos carceleros, esa no es la imagen correcta. Tenemos un papel muy humano. Hacemos de psicólogos a menudo y salvamos muchas vidas», explica Jorge Vilas, responsable del área de Instituciones Penitenciarias de CSI-F pero al mismo tiempo funcionario en Picassent.

Él sabe bien lo que es evitar un suicidio. Conoce como otros muchos funcionarios lo que es tratar de templar los ánimos y los nervios de los presos cuando llega el fin de semana o el comienzo de esta. La razón de su alteración es sencilla: cobran el sueldo que reciben por trabajos en prisión el miércoles. A partir de ese día, cuando el dinero se va agotando, la inquietud de los presos también va a más.

«Se pasan momentos muy tensos, de nervios, de que te coaccionen hasta por un cigarrillo, pero al final con humanidad y tacto se sacan adelante casi todas las situaciones», explica una funcionaria de prisiones que lleva cerca de una década de trabajo en Picassent y que sabe lo que es vigilar a los internos de régimen cerrado, los de primer grado, los más conflictivos. Su profesionalidad es su mayor arma, frente a la falta de formación del centro. Un ejemplo: hay cursos de incendios... para 20 funcionarios y de cinco horas. En Picassent hay 1.200 internos.

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