Dar el cante

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Puesto que la susceptibilidad yace a flor de piel, rechazar una invitación requiere cierto arte envuelto de tacto para no ofender al que te convida. Nunca acepto ir a las comuniones de los pequeñuelos, a las carreras de motos, a la Ópera o a una representación de ballet moderno o clásico. Acudir a semejantes paripés me supera. Me niego. Paso de disimular. Que no.

Las comuniones han reproducido todos los vicios del bodorrio y me aburren. La velocidad me deja frío y me emociona menos que un partido de frontón en la liga entre polígonos industriales. Y, verdadera desgracia, carezco de la suficiente sensibilidad como para apreciar el esplendor de una ópera o la sublime ingravidez del ballet. Dicho esto, me encanta la sobredosis de comuniones porque el dinero fluye, me chifla el bramido motero porque el nombre de Valencia suena allende nuestras fronteras, y me complace sobremanera que la Ópera ancle sus trinos en nuestra ciudad porque otorga prestigio, prestigio de primera fila. Sin embargo, gracias a Marzà y a su segundo Girona, dos catetos muy catetos, se corre el riesgo de perder la posición que ocupaba Valencia en el terreno del canto. Una mezcla de resentimiento, estulticia y progresía mal entendida pregna estos dos terribles personajes dotados de inverosímil estrechez mental. La Ópera, para ellos, es cosa de ricos, o sea de fachas, o sea de elitistas repugnantes, o sea de gente siniestra que se dedica a explotar al honrado curriqui. Estos dos personajes se enfangan en su breve ombligo de «manta al coll» y pretenden recortar las aspiraciones de ese prójimo que no piensa como ellos. A Livermore no le faltará trabajo de postín en otros foros de ringorrango; Marzà y Girona, en cambio, cuando finalice el actual ciclo político, regresarán a sus rancias vidas de medio pelo. Esa es la diferencia.

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