Las Provincias
Marta Pérez, durante la entrevista con LAS PROVINCIAS.
Marta Pérez, durante la entrevista con LAS PROVINCIAS. / juan j. monzó

En silla de ruedas por un mosquito

  • La afectada enfermó cuando trabajaba en un bar de San Antonio de Benagéber y demandará a la sanidad catalana por no asistirla tras mudarse a Salou

  • Una mujer denuncia falta de tratamiento tras sufrir leishmaniasis por una picadura

Hace unos años, apenas un par, Marta Pérez levantaba la pierna a la altura de la cabeza. Así se lo demostró, en medio de una broma, a un compañero de la cocina en la que trabajaba en un restaurante de San Antonio de Benagéber. «¿A qué no me das una patada en la boca?», le retó él en una broma. «¿Te apuestas un cortado?», siguió ella la chanza. Y levantó la pierna por encima de su cabeza, el fruto de practicar kárate y llegar a jugar al balonmano a nivel semiprofesional.

La Marta Pérez (45 años) que demostraba tal condición atlética es la misma que aparece en la foto que acompaña a estas líneas postrada en una silla de ruedas, tapadas las piernas con una manta en un día primaveral y para la que subir un escalón o ir por una calle «llena de bordillos, raíces de árboles y mil barreras es una tortura. De la fortaleza a la fragilidad por una simple picadura de mosquito. El insecto le contagió una 'leishmaniasis visceral' mientras trabajaba en un restaurante de San Antonio de Benagéber, como consta diagnosticado en informes médicos del Hospital Arnau de Vilanova.

Todo ocurrió en agosto de 2015, cuando Marta comenzó a notar «como un hervor en las piernas, episodios de fiebre alta y mucho cansancio». En el hospital valenciano le acabaron diagnosticando la dolencia. La leishmania puede llegar a ser mortal si no se trata a tiempo y es transmitida por un mosquito habitual en África e India.

Ella atribuye el contagio a las malas condiciones higiénicas que tenía el restaurante en el que trabajaba, al que denunció ante el Ayuntamiento de San Antonio pero que hoy ya está cerrado. «Había carne en mal estado, ingredientes con moho... pero sobre todo la cocina y un paellero estaba al lado de una auténtica cuadra, un vallado en el que convivían dos perros, agua estancada, heces, insectos...». Allí cree Marta que estuvo el origen de los mosquitos y su contagio, pero no ha obtenido respuesta ni del Ayuntamiento ni del servicio de Epidemiología de la Conselleria de Sanidad.

«Quedé como una anciana»

Desde el departamento autonómico la llamaron para preguntarle si había viajado al extranjero tras conocer su positivo en leishmaniasis. Pero hoy en los archivos oficiales consta como caso de 'fiebre Q', fiebre de 'origen desconocido', como lamenta la afectada. «No hay suficiente información sobre este mosquito. Hay mucha gente que se puede pensar que es un constipado, y nada de eso...».

Tras su diagnóstico, en el Hospital Arnau de Vilanova le impusieron un tratamiento de cinco sesiones de quimioprofilaxis «que me dejaron sin fuerzas, como una anciana de 90 años». Pero no completó las sesiones. Le dieron tres y después la entonces vecina de L'Eliana se desplazó a vivir a Salou, donde residía su entonces pareja. Las otras dos sesiones debía dárselas en el Hospital Joan XXIII. «Pero se negaron. Me diagnosticaron fibromialgia y trastorno ansioso depresivo. Incluso me llegaron a prescribir paracetamol cuando en mi informe pone bien claro que soy alérgica. Casi me matan», lamenta la afectada en Valencia

«Eso mata elefantes»

Porque Marta Pérez regresó a la Comunitat para tratarse. «El doctor del Arnau me dijo, vente aquí o te mueres», asegura taxativa la mujer. Y en Valencia tuvo que repetirse las cinco dosis de 'amoxicilina b', la quimioprofilaxis. «Eso mata elefantes. Y dos tratamientos casi seguidos mira como me han dejado...», señala mientras se acaricia las piernas. Los efectos de la leishmania, los episodios de fiebre prolongada -«me ponía varios días con 39 o 40», asegura- y casi el doble de dosis de amoxicilina para detener la enfermedad la han dejado con necesidad de moverse en silla de ruedas o como mínimo muletas. Ya está en trámites para presentar una demanda por falta de asistencia médica contra el Servicio Catalán de Salud.

Mientras, hasta su entorno le ha dado la espalda. Su relación sentimental se rompió poco después de caer enferma. «Esto no ayuda...», apunta triste mientras palpa su silla de ruedas. Su madre y sus seis hermanos no creen tampoco su enfermedad. «Les he enseñado cartas del médico e informes clínicos, pero me dicen que estoy loca y que tengo mucho cuento». Hoy no tiene ni donde vivir. Un ayudante de cocina que trabajó con ella en el restaurante es hoy uno de sus pocos apoyos. «Aquí en Valencia voy a dormir en casa de una señora a la que conocí en el hospital. Cuando vuelva a Salou, pues ya veremos, igual me planto en la puerta del Ayuntamiento con una mantita y a ver qué pasa...».

Sobrevive con 526 euros que cobra de baja de la mutua laboral, una auténtica ruina para tener un techo fijo. «En cualquier pensión me piden 20 euros al día, ¡ni a eso llego!», se queja. Sólo Cáritas le ha echado una mano, con un voluntario que le ayuda a ir y venir con la silla de ruedas (la leishmaniasis le ha dejado también debilidad en los brazos) y alimentos. «Para salvar mi vida tuve que volver al médico en Valencia». Sobre cómo recuperar su pasado de trabajo y salud, Marta resopla. «Pelearé, soy dura».

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