Las Provincias

21 pueblos fantasma en la Comunitat Valenciana

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Vista de Castell de Cabres, en la provincia de Castellón. / Ayuntamiento de Castell de Cabres.

  • Sus vecinos viven con servicios sanitarios mínimos y no tienen escuela pública | Los únicos negocios que consiguen sobrevivir son los bares municipales o las casas rurales

En una gran ciudad la gente viene y va, nadie piensa en los problemas del vecino del primero. Aquí donde el polvo y la contaminación se abren paso entre las carreteras y los coches, no es una preocupación prescindir de una familia, ni tampoco lo es el cierre de uno de los cientos de bares o restaurantes del barrio. Todo lo contrario que ocurre en un pequeño pueblo, de esos que están a punto de cerrar la escuela municipal o de los que ofrecen trabajo a vecinos que se instalen con la familia. Aquellos que temen desaparecer. Pueblos fantasma.

Castell de Cabres es el municipio menos poblado de la Comunidad Valenciana. En este pequeño pueblo de la provincia de Castellón sólo residen 16 personas. Gente que vive su día a día con tranquilidad, en un entorno natural alejado de las aglomeraciones de las grandes ciudades. Sus vecinos son iguales que cualquier otro ciudadano valenciano, ni rudos ni despreocupados, como se suele pensar de la gente de pueblo. Más bien, su alcaldesa Mari Paz Querol destaca que la solidaridad es una de las cualidades que distinguen a los habitantes de esta pequeña localidad de la comarca dels Ports. Pero vivir en un paraíso verde a las puertas del Parque Natural de la Tinença también tiene sus inconvenientes. La dureza del clima con inviernos muy crudos y la falta de servicios sanitarios, con atención médica una vez por semana, han sido las principales causas de la despoblación de Castell de Cabres. Un hecho que se vio agravado por el cierre de la escuela municipal a principios de los años 70 -desde entonces los niños y los jóvenes han de recorrer 30 kilómetros hasta Morella para poder ir a clase-.

Pese a que no existe una tasa de reposición que asegure la supervivencia de esta pequeña localidad, su alcaldesa se muestra positiva: “el panorama actual no es muy bueno”, “no hay relevo generacional pero confiamos en que la gente venga”. Mari Paz asegura que en la situación en la que se encuentra el municipio no pueden ofrecer mucho más que un alquiler asequible para las personas que decidan trasladarse hasta allí. Gente que busque tranquilidad, huir del ruido de la ciudad, contacto con la naturaleza y “dormir sin calor en verano”. Así es Castell de Cabres, un pequeño pueblo turístico que cuenta con un bar-restaurante y cinco casas rurales municipales para acoger a los visitantes que se acercan cada año para desconectar.

Este no es el único pueblo de la Comunitat que se encuentra en riesgo de desaparecer con los años. En la comarca dels Ports y justo al límite de Castell de Cabres hay otros dos pueblos que también cuentan con menos de 100 habitantes. Herbés y Vallibona. Y como estos, 16 localidades de Castellón están al borde de la despoblación, dos en la provincia de Alicante y tres en la de Valencia

Palanques con 31 habitantes, Villores con 37 y Herbés con 49 encabezan el ranking de la Comunitat con menos de 50 habitantes. Todos ellos municipios del interior de la provincia de Castellón. Todos dependientes del turismo y supervivientes de la agricultura o la ganadería.

Tollos y Famorca, con 52 habitantes respectivamente, son los dos pueblos con menos habitantes de la provincia de Alicante. Sempere (52), La Puebla de San Miguel (72) y Carrícola (98) los de Valencia y Fuente la Reina (51), Vallat (52), Villanueva de Viver (60), Villamalur (71), Torralba del Pinar (71), Pavías (74), Sacañet (80), Torrechiva (81), Villabona (85), Espadilla (86), Matet (95) e Higueras (91) completan la lista de Castellón.

Cada uno de estos pueblos del interior de la Comunitat cuenta con servicios sanitarios mínimos, sus vecinos, como en el caso de Castell de Cabres, se desplazan diariamente varios kilómetros para llevar a los niños a la escuela y los únicos negocios que consiguen sobrevivir son los bares municipales o las casas rurales que se sustentan gracias al turismo. Un panorama impregnado por el pesimismo pero que no frena a sus lugareños que pese a todo aún siguen apostando por su pueblo, su cultura y su historia a través de las asociaciones y los grupos locales. Algo que posiblemente valga mucho más que todo lo demás.

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