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La era de las microfamilias

La era de las microfamilias
  • Los hogares valencianos sin descendencia o con hijos únicos se doblan en 25 años, mientras la cifra de familias numerosas cae en picado

María vive en Valencia, tiene tres años y ya llama «hermano» a su primo Hugo. Ambos son hijos únicos. El padre de María también lo es, pero no la madre de la niña, que es la pequeña de tres hermanos. Basilio e Isabel han estabilizado su familia con un hijo único. Y ambos padres tienen dos hermanos cada uno.

No es un folletín decimonónico ni un 'Juego de Tronos' español. Es la realidad actual de las familias de la Comunitat. El universo de los hermanos se contrae. La era de las microfamilias ha llegado y las estadísticas demográficas del INE lo demuestran. Aquello de «¿cariño, vamos a por el segundo?» se responde cada vez más con un «no». Grupos formados por un adulto y un hijo, una pareja sin hijos o, a lo sumo, una pareja con hijo único, doblan ya al conjunto de familias con más descendientes.

Y es sólo la foto fija. En un cuarto de siglo, la realidad parental de los valencianos ha dado un giro radical. Los hogares sin hijos o con hijo único, las microfamilias, se han doblado en ese tiempo. Por contra, el resto de posibilidades (dos o más vástagos) sufre un leve descenso. Eso sí, las familias numerosas (tres o más hermanos) se desploman al pasar de 177.000 en los noventa a sólo 62.400 en la actualidad.

Y lo curioso es que, en general, tendemos a formar cada vez más hogares. En concreto hay casi 1,4 millones de familias en la Comunitat. Pero bajo esos techos se escucha menos el llanto de un niño, la bronca o persecuciones de hermanos en el pasillo o la jarana de las grandes reuniones familiares. Uno de cada cuatro núcleos familiares de la región está formado por parejas sin hijos.

Carles Xavier Simó es profesor de Sociología y Antropología Social de la Universitat de València (UV). Así explica el fenómeno: «El número de hogares sigue aumentando mucho pero se acentúa la disminución de su tamaño medio». Además, describe, «han crecido los hogares unipersonales con miembros de 65 años y más». El mayor en soledad. «Pero aumentan todavía más aquellos de una sola persona de menos de 65». La consecuencia directa del envejecimiento de la población.

¿A qué responde el fenómeno? Simó no alberga dudas. «La talla de la familia ha menguado fuertemente por la reducción y retraso de la fecundidad». El experto lo atribuye a «las dificultades laborales de las parejas jóvenes en general y, en particular, de las mujeres, que optan mayoritariamente por acceder al mercado laboral y tener una carrera profesional». En definitiva, «las parejas jóvenes no están encontrando estabilidad para su proyecto reproductivo».

El primer hijo, a los 40

Se estima que la vida fértil de la mujer va entre los 15 y los 49 años. La fecundidad (promedio de hijos en ese periodo) comenzó a bajar en España en 1975 y alcanzó un mínimo histórico en 1998, con 1,12 hijos por mujer. A partir de entonces se recuperó ligeramente hasta 2008. Y tras la crisis, nuevo descenso. La situación actual, desgrana el académico, se debe «a un enorme retraso de la edad a la que las madres tienen sus hijos. Cada vez aumenta más la proporción de quienes tienen al primero más allá de los 40 años».

Mónica Bolufer, profesora del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la UV, coincide: «Las dificultades para consolidar un empleo y la menor prevalencia de relaciones de pareja largas» influyen sobre la decisión de tener hijos. Pero hay más: «Se asume más que antes que la crianza es responsabilidad fundamentalmente de las mujeres». Por ello, «el problema de la conciliación se plantea como un problema suyo y no de orden general».

También puede que nos obsesionemos por amarrar la vida mucho más que nuestros padres antes de reproducirnos. O no estamos tan dispuestos a darlo todo por un hijo. Para Bolufer, «existe la concepción de la crianza como una tarea absolutamente absorbente, a la que deben dedicarse todas las energías físicas y mentales, rodeando a los hijos de un grado elevado de comodidad material que requiere grandes recursos y atención constante».

La combinación de ambos factores, razona la profesora, «hace que muchas mujeres y parejas consideren que sólo pueden plantearse tener descendencia si han alcanzado una estabilidad laboral con un nivel de ingresos elevado y con disponibilidad de tiempo, especialmente de la madre». La cuadratura del círculo. «Esto hace también que se sientan culpables si no pueden dedicarles los cuidados constantes, no sólo en los primeros meses de vida».

En terreno moral, Bolufer remarca que la decisión de tener hijos y cuántos «atañe a la libertad personal y no puede culpabilizarse a nadie del envejecimiento» poblacional. De hecho, ve la superpoblación como «un riesgo mucho mayor».

El valor de los hijos

El valor de los hijos también ha variado con el paso de los años. «Antiguamente, especialmente en familias trabajadoras, se los veía como la mejor ayuda para los trabajos manuales. En clases acomodadas eran un apoyo material y moral para la vejez, un eslabón en la cadena de las generaciones». La familia, entendida como linaje, trascendía al individuo y la urgencia era prolongarla en el tiempo. Sangre de mi sangre y por muchos años.

Pero en sociedades más individualistas como la de hoy «se valoran más las satisfacciones personales de la maternidad o la paternidad y se ponen en un platillo de la balanza, sopesándolas con las renuncias y cargas».

Bolufer estima que no existe la misma presión social que en el pasado para procrear, pero «hay mensajes que siguen transmitiendo la idea de que las personas que no desean hacerlo están en cierto sentido incompletas». Concluye que la reproducción de la sociedad en su conjunto «es algo que a toda la sociedad concierne y deben ponerse las condiciones para que quienes deseen tener hijos puedan hacerlo, dentro de su libertad».

Sin ayudas

Una reciente encuesta de la Federación Española de Familias numerosas cita la conciliación de la vida laboral y familiar como principal dificultad para tener hijos (51%), seguida de la inestabilidad y la precariedad en el empleo (35 %). La mayoría de padres de hoy no cree que donde comen dos coman tres. Y el reloj también cuenta. El estudio revela la «importancia que tiene para las familias el horario laboral y su relación con la vida familiar».

Según la Federación de Familias Numerosas de la Comunitat, las familias españolas «cuentan con ayudas muy insuficientes. A diferencia del resto de la Unión Europea, la mayoría de las españolas no pueden acceder a estos auxilios por los límites de ingresos impuestos».

Como lamenta Marta Vallés, portavoz de la entidad, «salvo excepciones hoy no se mantiene a una familia con un solo salario». Además, «la mujer busca una proyección profesional que, en muchos casos, se paraliza o retrocede con la llegada de un hijo». Compaginar trabajo y familia es «un puzzle complejo y, a veces, poco rentable». ¿Y que hay de 'caguros' o cuidadores? ¿Hace falta recuperar a la 'tata'? Para Vallés, «tener a alguien en casa que cuide de tus hijos suele tener un coste mayor que los ingresos de un salario».

Las familias numerosas reclaman «un cambio de mentalidad en la empresa y en el Gobierno, con medidas que favorezcan la natalidad». Estiman que es «la solución a la crisis de pensiones» y «sin niños no hay sociedad ni futuro. Además de aportar a los futuros cotizantes, aportamos capital humano». Vallés aprecia otra ventaja: «La familia, y sobre todo la numerosa, es una escuela de valores. La principal».

Víctor sólo ha vivido tres años como hijo único. Cuando Óscar llegó al mundo «comenzaron las envidias y algunas rabietas», recuerda su padre. Pero hoy las cosas han cambiado. Tiene siete y ha ganado en responsabilidad y comunicación. «Los parloteos entre ambos son constantes». La banda sonora del hogar. Hay broncas por juguetes, «pero se preocupa mucho por su hermano en el cole o cuando le pasa algo».

¿Diferencias de carácter?

¿Forja un carácter diferente ser hijo único o tener muchos hermanos? Vallés estima que los de familias numerosas «saben compartir, trabajar en equipo, debatir, dirigir equipos, crecen en la corresponsabilidad en el hogar, saben gestionar recursos escasos y acaban siendo personas con capacidad de sacrificio y dispuestas a asumir riesgos».

Pero, con la demografía en la mano, se avecina un gran ejército de hijos únicos. Sus rasgos más marcados son un gran afecto y unión con sus padres, seguros de sí mismos al recibir en solitario toda la atención paterna, maduros por su permanente contacto con adultos y prudentes por el pronunciado temor de los padres por su seguridad. Los riesgos son acostumbrarse a la sobreprotección, trabas para su autonomía, cierta soberbia, mala aceptación del fracaso o el síndrome del solitario incomprendido.

Adelina Gimeno, profesora de la UV y experta en Psicología de la Educación, cree que también influye el orden de nacimiento. «Sobre el mayor suelen recaer desvelos de padres inexpertos o sobreprotección de tíos y abuelos. Es más fácil qué esté siempre rodeado de adultos y este contacto desarrolla también su lenguaje y su responsabilidad». Los psicólogos ven que hijos únicos y mayores difieren de los intermedios y de los pequeños, que tienden a ser considerados pequeños toda su vida. «Más tarde entran en acción otros agentes para moldear el carácter, como profesores, compañeros o amigos», describe Gimeno.

Si sigue la progresión, en la década de 2030 se habrán extinguido prácticamente las familias numerosas. Las matemáticas son simples. El dominio del hijo único lleva necesariamente a una Comunitat con menos población. Pero el futuro aún se escribe en cada hogar.