Las Provincias

Salarios que no sacan de la miseria

Alicantinos esperan ayer en la puerta de la entidad Inpavi para recibir las ayudas.
Alicantinos esperan ayer en la puerta de la entidad Inpavi para recibir las ayudas. / Alex Domínguez
  • La precariedad laboral impide acabar con las colas de familias angustiadas al no cubrir los gastos básicos

  • Jackeline cobra 3,5 euros al día limpiando un bar y María intenta sacar algo con la recogida de cartón tras seis años en el paro. Migajas que no dan para toda la familia. «El hambre sigue aquí», advierten

Ni ha desaparecido ni está a miles de kilómetros de distancia. «El hambre sigue aquí», advierten desde de la entidad Integración para la Vida (INPAVI) de Alicante, que ayer y el viernes está con un reparto de comida. Con sueldos míseros que no dan para salir adelante, decenas de familias esperaban a las diez de la mañana en la puerta de la sede para recoger su paliativo, es decir, una cesta de alimentos calculada según los miembros de la unidad familiar, algo de ropa donada y un juguete para los críos.

Son las colas del hambre y de la angustia, pero no de la desesperación. La esperanza sigue sin perderse, aunque lamentablemente todos ellos son el ejemplo de que la recuperación económica sigue sin llegar y ni siquiera rozar a la clases sociales vulnerables. Viven en casas que no siempre reúnen las condiciones básicas e intentan crear una realidad ficticia a los menores, la segunda generación víctima de la crisis.

«El hambre sigue aquí. ¿Dónde está la recuperación? Nosotros no la vemos y a las familias de a pie no ha llegado; algunas ingresan 426 u 800 euros para cuatro miembros o no tienen nada», afirma la delegada de Inpavi de Alicante, Zuleyma Castellanos. Un equipo formado por 55 voluntarios fijos, más los estacionales (muchos de ellos estudiantes) meten en los carros de compra de los usuarios beneficiarios fruta, latas de conserva, aceite, galletas, leche y alimento infantil (potitos, cereales y leche) con el objetivo de «paliar un poco su situación». Un ayuda que Castellanos deja claro que no resuelve su problema e insiste en que «hay que trabajar a través de la integración social, lograr un cambio de mentalidad en las personas para que luchen por sus sueños y no se conformen con vivir así, aunque no es difícil».

Durante el día de ayer y el viernes repartirán 25 toneladas de alimentos a 200 familias alicantinas que se encuentran en riesgo de exclusión social y/o pobreza. Además, se entregarán 1.500 prendas de vestir, 80 juguetes y 90 enseres del hogar. La demanda de ayuda continúa al alza, con un perfil que ha variado ligeramente. Ha bajado el volumen de familias españolas de clase media, pero ha aumentado las de etnia gitana, los inmigrantes, sobre todo, de Marruecos y Nigeria y los núcleos familiares con menores.

Jackeline (46) arrimaba ayer el hombro en la ONG. Acudió como voluntaria al reparto, pero también es usuaria. Con dos hijos de 4 y 6 años, recibe 3,5 euros al día por limpiar un bar. Es el único ingreso. «La primera vez que vine aquí me costó muchísimo y llevo tres años pidiendo ayuda. Trabajo fijo nada y mira que estoy inscrita en el paro y no sé cuántas solicitudes he echado; hay momentos de agobio, pero poco a poco se sale con la ayuda de aquí y cuando me llaman voy a la parroquia y me dan carne y pollo», explica. Sus hijos tienen beca de comedor e intenta que no se enteren de la situación, pero sus cuentas no cuadran con los gastos de alquiler, luz y agua. Vive en una «planta baja con humedad y lo justo», está de voluntaria porque «nos tenemos que ayudarnos entre todos» y pide a los políticos que «se pongan siempre en los zapatos de los otros porque se pasa muy mal».

María (26 años) es la siguiente en recibir el reparto. Ella y su pareja llevan seis años sin trabajo. Con dos hijos, sus últimos empleos fueron en una peluquería y en un parque de niños. «No encuentro nada, alguna semanas tres horas de limpieza y ya está. En el día a día pues buscamos cartones y a lo que salga; menos mal que tenemos gente a alrededor que nos apoya, de lo contrario no podíamos», afirma. Tienen una hipoteca que,-según explica- «me la bajaron y me ayudaron porque si no estaríamos en la calle» y aunque afronta el presente y el futuro con «fe», reconoce que es muy difícil intentar que los pequeños de la casa no conozcan la situación. «La comida es casi siempre pasta y muy de vez en cuando pollo; a veces nos piden cosas que no les podemos dar y en Reyes esperamos algún juguete.», apunta.

Inpavi empezó a funcionar en 2005 con una veintena de familias. En la base de datos tienen ya a 526 dadas de alta como usuarias (se incluyen a todas las personas que han recibido ayuda) y este programa ha sido apoyado por la Obra Social La Caixa y el Banco de Alimentos. Los voluntarios como Ornaldo, -funcionario de Ferrocarriles de la Generalitat que quiere ser consecuente con sus valores y «que no se quede todo en palabras»- trabajan a destajo preparando los lotes. Son el alma de las ONG. «Si no eres sensible con la situación por la que pasa una familia, ¿qué le deparará a esta sociedad?», se pregunta la delegada.