Las Provincias

Lo contó Las Provincias

HACE 25 AÑOS

Un jubilado de 75 años, identificado como Juan Giménez Pérez, falleció el 14 de octubre de 1991 al ser aplastado, alrededor de las nueve de la mañana, por un contenedor en la transversal de Poniente del puerto de Valencia.

Al día siguiente explicó LAS PROVINCIAS que el luctuoso hecho ocurrió cuando empleados portuarios de una empresa de descarga se encontraban realizando operaciones de agrupación de contenedores. El operador de grúa que manejaba una de estas enormes cajas no pudo darse cuenta de que detrás de una de ellas se encontraba un hombre, que resultó aplastado con la maniobra. Quedó con los pies seccionados y no fue descubierto lo ocurrido hasta casi el mediodía. Cerca del cadáver se halló la bicicleta con la que se había desplazado el hombre hasta aquel lugar.

Desde hacía meses, los guardamuelles del recinto venían denunciando a las autoridades del puerto que personas de avanzada edad deambulaban a menudo entre los contenedores de granos para recoger pequeñas cantidades de legumbres y cereales que a veces se derramaban de las cargas. Sin embargo no se hizo caso de los reiterados avisos de los operarios sobre el peligro que aquellas situaciones entrañaban, hasta que ocurrió la desgracia temida.

La Valencia de los comercios de lujo de finales del pasado siglo y a principios del corriente hallábase circunscrita a la calle de Zaragoza, plaza de la Reina y calle de San Vicente hasta la plaza de Cajeros. Mi amigo don Rafael Janini, un setentón muy valenciano y de buena memoria, me recuerda algunos pormenores de establecimientos de la calle San Vicente, como el del 'Judiet' (Chodiet, decía la clientela), en la que se vendían las mejores telas, aquellas sedas naturales que no tenían aun nada de artificial, las mantillas de Blonda de Bruselas y de Holanda; la afamada gorrería de Quinzá; la relojería de don Antonio López, donde «tertuliaban» el doctor don José Machí, el canónigo don Urbano Lolumo y el confiterio don Eugenio Burriel; la antigua fábrica de Greus, en cuyo establecimiento, a mediados del siglo XIX, se reunía la plana mayor del partido progresista, y que andando los años, cuando del primitivo dueño don Domingo pasó a su sobrino también del mismo nombre, solían ir a pesar un rato el doctor Gil y Morte y don Paco Castells, el periodista dueño de 'El Mercantil Valenciano'; la peluquería de Requena; la farmacia de Fabián, con su popular monigote, lleno su cuerpo de aparatos ortopédicos y de vendas. De muchos de estos establecimientos hemos hablado en artículos anteriores. Hoy vamos a hacer mención especial de una guantería conocida por la de Marieta, a la que la Valencia elegante le dio una gran predilección.

Estaba situada primitivamente esta guantería en la calle de San Vicente en el mismo sitio que hay ahora otro establecimiento comercial similar. Llamábase su dueña María, pero conservó toda su vida el diminutivo de «Marieta», y así se llamó siempre, a pesar de alcanzar edad avanzadísima. (...)

De doce a una de la tarde, y en las primeras horas de la noche, en su tienda se reunían unos cuantos gomosos de aquel tiempo: Luis Medrano, Paco Gras, Pepe Botella y algunos más. Eran las horas en que solían hacer sus compras o sus encargos la clientela más elegante. Esto daba pretextos para saludos y rápidos y amables diálogos. Cuando se hizo la reforma de la calle de San Vicente, Marieta tuvo que abandonar su casa, y hasta tanto que encontró otra, vivió una temporada donde tenía la fábrica, en la calle de las Avellanas, uno de los pisos altos del edificio donde estuvo el Casino Conservador. De aquí se trasladó a la casa en que ya vivió hasta retirarse, en la calle del Mar, esquina a la de Campaneros. Aquí continuaron las tertulias y prosiguió siendo favorecido este establecimiento por la «creme», como se decía entonces, de nuestra sociedad. En aquellos años, un par de guantes corrientes valía dos pesetas, y si eran de piel especial, hasta cinco. Había unos que llamábanse de piel de perro, y que costaban cinco pesetas; eran de color amarillo anaranjado fuerte.

Nos recuerda el amigo Janini que en la misma calle había dos establecimientos conocidísimos: la afamada sastrería de don José María López e Hijos, que compitió, en justa fama, con el sastre de la calle del Mar, don Manuel Ballesteros. La calle de San Vicente, por delante de San Martín, era tan estrecha, que desde una ventana que tenía el probador de la sastrería López, podía examinarse detalladamente, a simple vista, el grupo escultórico, en bronce, de San Martín.

HACE 50 AÑOS

Telefónica anuncia la próxima desaparición de las demoras en llamadas por conferencia

El 15 de octubre de 1966 informó LAS PROVINCIAS sobre un anuncio trascendental que había realizado la víspera la Compañía Telefónica, que entonces era la única operadora de telefonía de España y seguiría todavía con el monopolio durante décadas. La firma había avanzado nada menos la próxima desaparición de las demoras en las llamadas por conferencia. Las comunicaciones se han desarrollado tantísimo que hoy resulta sumamente extraño vislumbrar lo que era aquello y el importante paso que suponía tal avance.

Porque en 1966 las llamadas automáticas, marcando directamente los números del destinatario, sólo eran posibles en las ciudades y algunas poblaciones muy próximas. En el resto, las llamadas se hacían a través de operadoras de centralitas. Se descolgaba el teléfono y se decía, por ejemplo: «Señorita, póngame, por favor, con el 254 de Bétera». Y a continuación había que esperar a que hubiera línea libre y se pudiera establecer la comunicación. Era fácil que pasara media hora o más. Y no digamos en localidades más pequeñas y distantes. Con el extranjero era el colmo, podían transcurrir horas, lo que desesperaba a las firmas exportadoras, pendientes de pedidos y confirmaciones.

Pero aquel día histórico del 14 de octubre de 1966, el presidente de Telefónica, Antonio Barrera de Irimo, se comprometió a que en el plazo de un año se suprimirían las demoras en las conferencias, sobre todo en las 22 horas de servicio consideradas 'normales'; en las dos horas 'punta' todavía se mantendrían algunos retrasos menores en ciertos casos, pero se irían resolviendo en breve.

Para ello, la firma iba a invertir de inmediato más de 11.000 millones de pesetas en la compra de nuevos equipos e instalación de líneas. Para ejercicios siguientes las inversiones se habían planificado a razón de 10.000 millones por año. De esta manera se esperaba, además, ir reduciendo las listas de espera para disponer de teléfonos en casas y empresas. Pero la normalidad no empezó a generalizarse hasta 1974.