Las Provincias

«No llegó aviso alguno. El agua me cubría la cintura»

  • Juan, María Cristina y Julio describen el sufrimiento de sus familias, los auxilios entre vecinos o «la batalla contra el barro»

  • Testigos de la tragedia recuerdan cómo se salvaron en una ciudad anegada y los cambios que el desastre trajo a sus vidas

Sabemos qué pasó, pero sólo los mayores saben cómo. Ellos vivieron situaciones extremas y difíciles de imaginar si no existieran sus relatos, así que no hay nada tan válido como su palabra. Los libros rara vez reflejan los sentimientos que florecieron cuando Valencia se convirtió en un mar de agua y desesperación. Hoy damos voz a aquellos niños y jóvenes que sufrieron en sus propias carnes la gran Riuà de 1957. Su memoria es el testimonio más fidedigno.

La tarde del domingo 13 de octubre las fuerzas del orden ya estaban avisadas del riesgo de inundación, pero la magnitud de lo que se avecinaba era imprevisible. A medianoche, troncos, animales muertos y objetos de gran tamaño taponaron los ojos de varios puentes del Turia. A las cuatro, la ciudad estaba inundada e incomunicada.

Muchos carecían de luz y agua potable. Pero todavía quedaba una crecida peor, agravada por una impresionante tromba de agua. La tarde del 14 de octubre la ciudad sucumbía definitivamente. Puentes y centenares de casas desaparecían. Una de ellas era la de la familia Del Pino, ubicada al inicio de la calle Tomás de Villarroya (La Cruz Cubierta), donde hoy hay un descampado que hace las veces de Parking.

Juan del Pino, el segundo de los seis hermanos que vivía allí junto a sus padres cuenta cómo perdieron la casa: «No nos llegó aviso alguno. Cuando el agua superaba nuestra cintura y seguía creciendo imaginábamos lo peor. Nos refugiamos en la casa del vecino, que era más alta y fuerte. Desde allí veíamos vacas flotando y personas agarrándose a cuerdas que lanzaban otros vecinos. Nuestra casa se la llevó el agua».

El jefe del entonces adolescente Juan les cedió un hogar que tenía sin uso. Allí vivieron tres meses, hasta que las autoridades les entregaron una casa del Grupo de Viviendas de la Virgen de los Desamparados, en las proximidades de la avenida del Cid, de reciente construcción.

También era joven María Cristina Galán Roige, entonces vecina de la calle Ruiz de Lihory, perpendicular a la calle de la Paz. Por el centro de Valencia pasaron las autoridades advirtiendo del peligro que se aproximaba. Sus padres avisaron a los vecinos de abajo. En su casa, situada en la tercera planta, durmieron más de 15 personas que vivían en plantas inferiores.

La noche del 13 recuerda los gritos de socorro procedentes de la plaza del Patriarca, que comenzaba a inundarse. Los profería el propietario de un vehículo estacionado allí, en su garaje privado. Se fue la luz, y, con la curiosidad propia de los más jóvenes se entretuvo viendo cómo crecía el agua, escalón a escalón. Llegó al tercer escalón, una altura de unos 60 cm. Al amanecer del día 14 se puso a sacar el barro de la calle, y, pensando que lo peor había pasado, se dirigió a su colegio, el de la Pureza, entonces en la plaza de Santo Tomás. Allí le recibieron las monjas, con los hábitos arremangados y prendas blancas subidas hasta las rodillas, sacando barro y pidiendo a todos los alumnos que regresaran a sus casas.

De regreso al domicilio, con agua hasta las rodillas en algunas calles, le advertían del oculto desborde de algunas alcantarillas. Desde su vivienda presenció la nueva e increíble tromba que arreciaba y que impedía ver más allá de tres metros. Mientras, su madre guisaba a la hora de comer en la cocina de carbón, rodeada de velas porque el cielo estaba negro. El pasatiempo mostraba el nuevo calibre de la tragedia. El agua llegaba casi al octavo escalón, un metro y medio.

Uno de los cronistas más reconocidos de la ciudad, Julio Cob, vivía en Barón de Cárcer, donde los sótanos quedaron inundados: «Como habían otras urgencias estuvo durante bastantes días totalmente anegado. Aquel fuerte olor húmedo y profundo, lo mantuve durante muchos años. Eran bajos comerciales que empleaban esos sótanos como almacén. Los artículos quedaron destrozados. Muchos de ellos los sacaron después a la calzada, donde permanecieron apilados varias jornadas dentro de lo que se llamó la batalla del barro».

Una imagen vale mil palabras, pero hay palabras que no pueden ser transmitidas por ninguna imagen. Tal día como hoy, la historia de Valencia cambió. Su imborrable recuerdo se presenta de infinitas formas en cada uno de sus testigos. Eso no lo cuentan los libros.