Las Provincias

¿Por qué hay tantos deberes escolares?

¿Por qué hay tantos deberes escolares?

  • Padres y expertos achacan el exceso de tareas al aumento de contenidos, la pérdida de días lectivos o la manera de enseñar

Los deberes están de moda. La campaña de los padres de los centros públicos pidiendo su eliminación ha reabierto un debate habitual en el arranque del curso. No escapa ni de la arena política, con parlamentos exigiendo su limitación, e incluso multinacionales como Ikea han terciado con informes y anuncios impactantes.

Pese a que no hay estudios que permitan comparar la carga de trabajo de los alumnos de hoy en día con la de las generaciones anteriores, existe una percepción social de que el aumento es más que claro. Así lo creen los representantes de los padres, si bien hay expertos que se muestran cautos. En lo que sí se coincide es en que, por regla general, hay un exceso de tareas que se debe corregir. Los datos más reconocidos, los que salen del informe PISA, afianzan esta idea. Entre deberes, extraescolares y clases un alumno español de 15 años asume a la semana más horas de formación que la jornada laboral máxima (y teórica), que llega a las 40.

Màrius Fullana y Ramón López presiden dos de las tres federaciones valencianas que forman parte de Ceapa, la plataforma estatal que ha impulsado la campaña 'En la escuela falta una asignatura, mi tiempo libre'. Se busca, con el apoyo de los docentes o sin ellos, que los niños no hagan ninguna tarea los fines de semana de noviembre, «una manera de concienciar sobre las desventajas y de abrir el debate sobre la necesidad de replantear su existencia», explica el primero.

Los dos consideran que ahora se mandan más deberes que antes. «Hay más contenidos y más asignaturas, lo que provoca que se traslade el trabajo a casa», añade Fullana, antes de explicar que conoce casos de niños de Infantil (entre tres y cinco años) que ya tienen faena más o menos habitual. Comparte la idea, muy extendida en el sector docente, de que los currículums que fijan los contenidos y criterios de evaluación de cada asignatura son demasiado extensos, lo que explicaría la diferencia generacional.

Para López, los tiempos escolares no se corresponden con la realidad del aula. «No es el adecuado para trabajar las unidades didácticas, que en la mayoría de ocasiones vienen marcadas por el libro, por las editoriales. Esto provoca que el trabajo en casa ya no sea para reforzar o consolidar, sino para hacer lo que no ha dado tiempo en clase», dice. En este sentido recuerda, igual que Fullana, que el peor año en cuanto a deberes fue cuando la conselleria estableció las clases de 45 minutos.

A su juicio, una posible causa del aumento puede estar en la reducción de días lectivos. «Con la Ley General de Educación, la de Villar Palasí, habían 220 en cada curso. Ahora, el mínimo es de 175. Y cada vez hay más contenidos. O sobra currículum o falta tiempo», explica.

Los dos presidentes coinciden en los perjuicios del modelo actual. Argumentan que quitan tiempo familiar, perpetúan el sistema de instrucción -memorización y volcado de conceptos-, generan desigualdades, en el sentido de que no todos los padres pueden echar una mano por problemas de conciliación o desventaja social, y que aumentan en el alumno la sensación de rechazo hacia la escuela.

No todos los representantes de las familias apoyan la campaña. La confederación Concapa, la mayoritaria en los concertados, es más bien crítica. Su presidente nacional, Pedro José Caballero, defiende que los deberes «son necesarios para afianzar lo aprendido en el centro, aunque deben ser proporcionados y acordes con el nivel educativo». A su juicio deberían estar también consensuados entre familias y profesores. «Lo que no podemos es alentar a las familias a no respetar y no cumplir las normas. Hacemos un flaco favor a la educación y a la sociedad», dice.

En la misma línea se ha pronunciado el sindicato Anpe, que lamenta que se cuestione «la actividad del profesorado y su autoridad profesional y académica», en palabras de Laureano Bárcena, el presidente autonómico. «Las propuestas de boicot e insumisión no encajan en una buena dinámica educativa al lanzar un mensaje demoledor sobre la relación profesor-alumno», añade.

Eso sí, considera importante un debate para introducir «racionalidad» pero reconociendo «los beneficios de estas tareas, como afianzar lo aprendido o inculcar hábitos de estudio y organización». A su juicio, «quizá el problema está en la necesidad de que haya una verdadera política de conciliación».

Ramón López es vicerrector de Políticas de Formación y Calidad Educativa de la Universitat de València y catedrático de Teoría e Historia de la Educación. A su juicio, los cambios en el sistema educativo en las últimas décadas tienen relación con el aumento de deberes. «En la educación hemos atendido mucho a factores cuantitativos y no tanto a los cualitativos. Se ha manejado un teorema falso: a más contenido mejor educación, mejor preparamos a nuestros futuros ciudadanos», señala.

«Quizá eso explica que los profesores tengan cierta tendencia a agotar unos diseños curriculares abigarrados de contenidos. Y si no pueden terminar ese temario se utilizan tiempos extra fuera de la escuela», añade. Eso sí, alerta de que el debate entre deberes sí o deberes no es erróneo. Considera que todo depende del contexto, de la «coherencia» entre los diferentes elementos que intervienen en el proceso de enseñanza. Y uno de ellos son las tareas, que deben modularse en función de la edad.

López considera que, en líneas generales, en Primaria no deberían mandarse deberes, mientras que en la ESO su papel debe ser el fomento de hábitos de autorresponsabilidad. «El gran objetivo en Primaria debe ser la formación de ciudadanos democráticos, tolerantes, solidarios, que tengan habilidades sociales y respeto por el entorno, y para eso no hacen falta tantos contenidos», señala, antes de ilustrar la idea con un ejemplo. «Para formar en valores igual de importante es ver si un niño se adapta a la convivencia entre iguales que aprenderse una raíz cuadrada», apunta.

En cambio, cuando saltamos a Secundaria, «es el momento de introducirlos de manera progresiva, no tanto para adquirir contenidos sino para formar en el joven una serie de hábitos de trabajo, llamar la atención de lo importante que es responsabilizarse de las tareas, y que debe ser él o ella quien lo haga. Es decir, que trabaja no porque lo mande la escuela, sino porque hay necesidad de formarse», concluye.

Un poco de historia

En relación a la perspectiva histórica que cita López, es interesante la evolución legislativa de España. En un documento incluido en la web de las Ampas públicas del País Vasco, también en el marco de este debate, el doctor en Derecho de la Universidad del País Vasco Koldo Irurzun apuntaba a una situación seguro desconocida para muchos: durante décadas, antes de la Transición, los deberes estuvieron prohibidos o limitados al máximo. Es célebre una resolución de 1973 sobre los Centros de Educación Básica que establecía que se evitaría como normal general «el recargo de actividad con tareas suplementarias fuera de la jornada escolar». También recordaba la importancia de no quitar tiempo de descanso, juego o convivencia familiar. Son, precisamente, argumentos actuales de los críticos.

Sin embargo, en la etapa constitucional se produce «una cierta desatención normativa por esta cuestión», según apunta el profesor. Sirve un ejemplo. Las dos últimas leyes (LOE y Lomce) dicen al respecto que los centros promoverán compromisos con los padres donde se consignen las actividades a realizar para mejorar el rendimiento, acuerdos que deben plasmarse en el proyecto educativo de cada centro.

Eva Bailén, creadora de la campaña de Change.org que ha sumado 217.127 firmas pidiendo limitar las tareas y autora del libro 'Cómo sobrevivir a los deberes de tu hijo', cree que los cambios de los últimos años están detrás del aumento.

Pone el ejemplo de las pruebas estandarizadas, que han «propiciado una competitividad un tanto insana que se ha derivado hacia los niños», apunta a las editoriales -«hay muchísimos más libros, incluso los hay específicos para casa»- y cita iniciativas que antes no existían, como el bilingüismo. «Muchos niños no pueden seguir las clases que se dan en inglés, y como los profesores los ven flojos, les mandan ejercicios repetitivos. He visto incluso copias de párrafos enteros de los libros», señala. Además, recuerda que en los planes de fomento de la lectura también se incluyen los de lengua extranjera, lo que aumenta la dedicación en casa. «Son cosas que no vivimos otras generaciones», dice.

«Pese al exceso de los currículums hay profesores que son capaces de hacerlo todo en el tiempo lectivo, y es para quitarse el sombrero», añade Bailén. Es un aspecto que se trata en uno de los capítulos de su obra, que fue escrito por una maestra de Madrid. «¿Cómo lo consigue? Utiliza el aprendizaje por proyectos, el cooperativo y un montón de técnicas como el visual thinking», señala. Es decir, nuevas metodologías más allá de lo memorístico. «Son prácticas que se van extendiendo. La pena es esperar a que el profesor de tus hijos tenga esas inquietudes, cuando deberían estar impulsadas por la administración para que todos tengan acceso a una educación innovadora y motivadora».

Cambio metodológico

Enrique Castillejo, presidente del Colegio Oficial de Pedagogos y Psicopedagogos de la Comunitat, se desmarca de la idea del exceso de contenidos. Acepta que hay materias nuevas respecto a otras décadas o mayores tiempos de exposición en algunas, pero advierte que en el cómputo total no hay grandes diferencias. Incluso respecto a la pérdida de días lectivos, considera que si se miden las horas la diferencia no es tanta. «Más bien es una percepción social», señala.

Respecto a los deberes, destaca que «no es un debate de culpas, sino de responsabilidades. Los padres son responsables de la supervisión diaria de la marcha escolar, y los profesores de que su obligación no es enseñar, sino que el alumno aprenda. No es lo mismo», dice. «En clase debe haber espacio de ofrecimiento de información, de practicar conocimientos. Los currículums son asumibles, lo que hace falta es un cambio de metodología a través de la formación. Si centramos el debate por ahí, acertaremos», concluye.