Las Provincias

El rostro de la Transición

Adolfo Suárez.
Adolfo Suárez. / Archivo
  • La muerte de Adolfo Suárez, el político clave en el retorno de la democracia, coincide con el crepúsculo de la etapa política que inauguró como presidente

El 23 de marzo, a las tres de la tarde, murió en la clínica Cemtro de Madrid Adolfo Suárez. El político clave en la defunción del franquismo, el hombre que pilotó junto a don Juan Carlos la transición a la democracia, ocupó de nuevo las portadas de todos los periódicos tras once años desaparecido de la vida pública por los efectos de un alzhéimer que de forma progresiva anuló sus recuerdos y terminó por arrebatarle la vida.

Su muerte, y los honores y homenajes que la sucedieron, permitieron recordar a los más viejos y descubrir a las nuevas generaciones la talla histórica del primer presidente del Gobierno de la actual democracia, que fue capaz de poner a trabajar juntos a franquistas, conservadores, socialistas, comunistas y nacionalistas para en poco más de un año demoler sin rupturas las instituciones del régimen dictatorial, legalizar todas las opciones ideológicas y alumbrar, tras cuatro décadas de espera, una España democrática y de las autonomías.

De hecho, el presidente del consenso, el que en su último día en el cargo protagonizó la otra foto del 23-F, al mantenerse erguido en su escaño frente los disparos de los golpistas comandados por Antonio Tejero, volvió a obrar el milagro también después de muerto. El 24 de marzo, en torno a su capilla ardiente, reunió en el Congreso para honrar su memoria no solo a todos los diferentes sino incluso a los directamente enfrentados. En un tiempo de duro clima preelectoral y de abierto desafío soberanista en Cataluña, se vivió una tregua excepcional.

Ante el féretro se congregaron la Familia Real, el Gobierno y todas las altas instituciones, los tres expresidentes vivos de la democracia, todas las fuerzas políticas sin distinciones salvo Amaiur y Esquerra, el expresidente Jordi Pujol -por entonces todavía otro mito de la transición-, e incluso Artur Mas, que realizó un viaje relámpago y por sorpresa desde Barcelona.

Crepúsculo

El enorme desapego hacia la política y los políticos que los estragos sociales de la crisis y la indignación por los reiterados casos de corrupción han generalizado entre los españoles contribuyó a agigantar aún más su figura en esos días. Más de 30.000 ciudadanos hicieron cola con frío y lluvia y hasta la madrugada en los aledaños del Congreso para despedirse y, al día siguiente, durante el solemne cortejo que desembocó en la plaza de Cibeles desde la Carrera de San Jerónimo, los congregados alternaron abiertamente los gritos de “gracias, presidente” con los reproches al Gobierno y a los líderes políticos. “¡Aprended de él!”, repetían.

Su enfermedad no le permitió saberlo, pero su muerte coincidió con el crepúsculo de la etapa política que inauguró, con el relevo en la Jefatura del Estado, el agotamiento del mapa de partidos de la transición y un cada vez más abierto clima de reforma constitucional. La imagen de un don Juan Carlos triste y reflexivo en la capilla ardiente, en su personal despedida al “fiel amigo” y “colaborador excepcional”, cobra ahora una nueva luz. Fue de hecho en esos días cuando decidió oficializar el trascendental paso de la abdicación, que ya barajaba y preparaba desde enero. Aunque no hizo pública su renuncia hasta el 2 de junio, fue el 31 de marzo por la tarde, justo después del funeral de Estado por Suárez, cuando comunicó su decisión al presidente Mariano Rajoy en su despacho de la Zarzuela.