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Miércoles, 7 de junio de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
SOCIEDAD
Los españoles prefieren manifestarse que implicarse en cuestiones políticas
La Encuesta Social Europea indica que la inmigración se ve con buenos ojos en España
Los españoles prefieren manifestarse en la calle que implicarse en las cuestiones políticas. Así lo arroja la II Encuesta Social Europea presentada ayer y que indica que la inmigración se ve con buenos ojos en nuestro país, así como que la mayoría de ciudadanos se muestran satisfechos con la marcha de sus vidas.
A los españoles nos interesa poco la política nacional y miramos con escepticismo y hasta desconfianza instituciones como el Parlamento y el Poder Judicial. En cambio, descollamos como los europeos más propensos a lanzarse a la calle en manifestación en defensa de lo nuestro o en contra de algún proyecto de la administración de turno. La II Encuesta Social Europea (ESE) nos retrata optimistas respecto de las ventajas de la inmigración, satisfechos con servicios sociales como la sanidad pública y, en menor medida, la educación.

La ESE es un retrato bienal de las actitudes, los comportamientos y los valores sociales imperantes en el Viejo Continente. Financiada por la Fundación Europea de la Ciencia y la Comisión Europea, su valor radica en la comparación de los datos resultantes de sondeos idénticos, con iguales preguntas y realizados en las mismas fechas en todos los países. La segunda edición, presentada ayer, incluye a 24 estados de la UE y vecinos, y se elaboró de septiembre de 2004 a febrero de 2005.

Más manifestaciones
Las fechas explican uno de los resultados más llamativos, el que coloca a España como el país europeo cuyos ciudadanos más se manifiestan en las calles, seguido de lejos por Ucrania, Islandia, Luxemburgo, Francia y Noruega. Un 34% de los españoles declaraba haber salido a la calle a protestar –en actos autorizados– en los doce meses anteriores, lo que refleja “el grado de contestación que había en la época del gobierno de José María Aznar”, a juicio de Mariano Torcal, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra y coordinador nacional de la encuesta.

Dos años antes, en la I ESE, el porcentaje de españoles manifestantes era del 18%, con todo, el segundo en el ranking continental que encabezó entonces Luxemburgo.

Ese ardor de pancarta contrasta, sin embargo, con el recelo por la política y los políticos que declaran los ciudadanos de este país. El 28% admite su total desinterés por estas cuestiones –algo menos, no obstante que en 2002, cuando llegó al 34%–, sólo superado por el 39% de Portugal y un 31% de Grecia. Los españoles muestran, además, escasa confianza en los políticos y en el sistema judicial, a los que endosan sendos ‘suspensos’, con notas de 3.7 y 4.7, respectivamente. El parlamento sale algo mejor parado, con un 5.1.

La ESE confirma que los vecinos de los países del norte se comprometen más en acciones políticas o sociales participativas y reivindicativas que los del sur del continente y los del antiguo bloque comunista. La mitad de los islandeses declara haber participado en recogida de firmas o colaborado con asociaciones y colectivos varios, frente al 3% de los griegos o el 1,7% de los eslovenos. Entre los españoles, en la parte media-baja de la tabla, una cuarta parte dijo haber firmado en una campaña, y el 11,6% llevó algún tipo de pegatina de protesta.

La desafección política de los españoles y su escepticismo obedecen a una “desconfianza histórica”, recalcó Torcal. La larga dictadura y la bisoñez de la democracia española se refleja en “una concepción negativa y unas sospechas poco fundadas sobre lo político y los mecanismo de representación política”. Dicho de otro modo, cuanto más tiempo pasan los ciudadanos en democracia, mayor arraigo hay de los valores cívicos y mayor tendencia a la participación social. También operan factores de idiosincrasia nacional. “Los españoles no son activos en participación política, sólo reaccionan cuando algo perjudica sus intereses”, aclaró Fernando Vallespín, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

Según la ESE, la inmigración se ve aún con buenos ojos en España. De cero a diez, los españoles califican con un 5,6 la llegada de inmigrantes como “buena para la economía”, y con un 5,1 “porque hace que el país sea un lugar mejor para vivir”. En ambos casos mejoran las notas de 2002, y la valoración de este fenómeno en países como Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia y Portugal, entre otros.

Como servicio público la sanidad española merece elogios generalizados entre sus compatriotas. Recibe una nota del 5,8, superior a la que conceden a la suya en países más prósperos como Noruega o Suecia. La educación recibe algo peor nota, un 5,3, muy por debajo del 7,9 que dan los finlandeses a la suya.

La prosperidad económica de un país parece incidir bastante en la felicidad de los europeos. Los más satisfechos con la marcha de su vida son los ciudadanos de los estados más desarrollados, es decir, los nórdicos. Por este orden, daneses, islandeses, suizos y finlandeses son los que se declaran más ‘felices’ y también evalúan con generosidad la situación económica de sus respectivas naciones. En este ‘ranking’ de la felicidad nacional España está en el puesto número 12, con una nota apreciable de 7,1.