Dentro de unos meses se cumplen 25 años desde que en el pasaje comercial de la calle Arzobispo Loaces, 9 de Alicante, surgió el establecimiento denominado
Art e Coiffure,
donde continúa.
El significado, no obstante, precisa de una aclaración que no es difícil, ni mucho menos. En primer lugar, se debe a que Mari Carmen Sánchez Valdivieso se instaló en Alicante procedente de la ciudad de Rabat, en el Marruecos francés.
Pero su bagaje profesional como peluquera no era flor de un día, sino que llevaba con ella desde que tenía 17 años y lo amplió y perfeccionó en París para ejercerlo en Rabat, ciudad en la que se casó y nacieron sus tres hijos, aunque solamente Sergio, el mayor, es el que ha decidido continuar la trayectoria. Curiosamente, “en Rabat peinaba exclusivamente a la realeza y personal de las Embajadas”, según apunta su hijo.
El decidirse por Alicante para instalar su negocio, también lo explica. “Conocí a mi esposo en Rabat y él era natural de Hondón de las Nieves, por lo tanto todos los años veníamos aquí a veranear e incluso compramos un piso”.
Esta decidida mujer no tuvo problemas a la hora de abrir las puertas del local por primera vez. “Tomé a una profesional y nada más abrir nos dedicamos a tratar el cabello la una a la otra. Tan solo fue un intento, porque antes de media ahora ya teníamos siete clientas. Algo atípico”. Y más adelante, apunta, “ a los seis meses ya éramos ocho personas para atender”. Ahora cuenta con la colaboración de su hijo y la de Alicia y Dani.
Su especialidad son los tocados de novia. “No nos faltan encargos y estamos muy contentas, porque procuramos ofrecer un servicio esmerado y acorde con las apetencias de la clientela. Se dejan aconsejar porque les infundimos seguridad”.
Pero de lo que más presume Marí Carmen es de la confianza que ha surgido del trato diario con sus clientas. “Ahora vienen las abuelas, las hijas y las nietas. Somos un grupo de amigas, a las que recomiendas un tinte con más luminosidad, menos agresivo que los de antes”.
Como muestra de sus manifestaciones relata el olvido de, “un abrigo de visón, unas gafas –que todavía permanecen en el local– paraguas y algún que otro monedero”.