La muerte de Franco supuso el comienzo de una nueva etapa en la historia de España condicionada por el vivo recuerdo de la Guerra Civil, ese terrible fracaso colectivo que parecía confirmar la supuesta anormalidad de España. El objetivo de evitar los errores del pasado constituía una necesidad histórica, y se convirtió en el factor decisivo –aciertos personales al margen- que catalizó la transición. En pocos años España elaboró una Constitución que instauraba una democracia basada en el respeto a la dignidad de la persona y a sus derechos fundamentales como eje de la vida colectiva, y que además reconocía la pluralidad de la Nación española otorgando amplios márgenes de autonomía a sus regiones.
La transición a la democracia se culminó felizmente. Dentro y fuera de España se interpretó como un éxito colectivo de los españoles, como la realización efectiva de ese esfuerzo de concordia nacional basado en la generosidad y la altura de miras al que apeló Juan Carlos I en su coronación. Los principales protagonistas del proceso recorrieron el mundo rebosantes de orgullo patrio explicando cómo fue posible aquel milagro. Todo indicaba que España podía desprenderse de las negras etiquetas con las que había sido asaetada en el pasado, y que lamentablemente habían prendido en muchos españoles poco conocedores de su historia. Sin embargo, algunos no cesaron en sus esfuerzos por minar el prestigio y los logros de la transición encarnados en el pacto constitucional.
En estos últimos treinta años, superada la amenaza del golpismo, el nacionalismo vasco y catalán ha seguido contemplando la transición y el pacto constitucional como un proceso cerrado en falso o, al menos, susceptible de revisiones periódicas con el fin de profundizar en el autogobierno. Sus reivindicaciones no sólo no han cesado, sino que desde hace un lustro aproximadamente asistimos a una ofensiva que pretende, entre otras cosas, negar la condición nacional de España. El terrorismo, la ofensa permanente a los símbolos nacionales, y el clima de insatisfacción perpetua generado por el nacionalismo ha sido utilizado por éste como la prueba más evidente de que es necesaria una segunda transición.
Muchos españoles sienten tremenda desazón al comprobar que todo lo relacionado con el nacionalismo monopoliza el debate político y coloniza los medios de comunicación. Pero lo que realmente me preocupa es que este estado de ánimo desemboque en un error intelectual de consecuencias impredecibles: el arraigo de la convicción de que la transición fue efectivamente un fracaso y, por añadidura, lo que es más grave, el retorno de la visión negativa de España, desde la óptica de los propios españoles, como un país irremediablemente anormal. Es necesario combatir enérgicamente esta idea.
Las tensiones provocadas por el nacionalismo, lejos de evidenciar un fracaso colectivo de los españoles, son la consecuencia de la deslealtad y del odio a España de los partidos nacionalistas, lo que se ha visto favorecido por un sistema electoral que ha sobredimensionado su presencia en el Parlamento nacional permitiendo su capacidad para influir en el gobierno de España. A ello hay que añadir, en ocasiones, la connivencia de los partidos nacionales, especialmente del PSOE, cuya dimisión en la defensa de los intereses de España ha alcanzado cotas de ignominia estos días. La transición y su logro más evidente, el pacto constitucional, fue un gran éxito, y todo esfuerzo para preservarlo de las asechanzas que sufre es poco. Conviene, pues, evitar la tentación de hacer borrón y cuenta nueva para comenzar un nuevo proyecto, una segunda transición, que, pese a que puede fundarse en buenas intenciones, no responde a una verdadera necesidad y minaría gravemente la autoestima de los españoles. No quiero decir con ello, entiéndase bien, que se ignore la necesidad de introducir reformas que resultan indispensables para fortalecer y mejorar la democracia.
Sin embargo, en vista del abismo que separa actualmente a los dos grandes partidos, parece que es demasiado tarde, que inevitablemente el clima de concordia y el consenso que hizo posible la transición se ha quebrado. Ciertamente, esta es la realidad. Por eso mismo es tan importante no ahondar en el abismo que separa a los grandes partidos nacionales y exhortarles a permanecer leales al pacto constitucional. Esto requiere analizar las causas que han provocado esta situación, señalar las responsabilidades y mostrar cuál es el camino adecuado.
A este respecto, debo decir que el rumbo emprendido por Rodríguez Zapatero conduce a una vía muerta, si se examina desde la perspectiva de los intereses de España. En cambio, quienes no ven en la política nada más que una lucha por el poder quizá hasta
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