120 años del descubrimiento de la Dama de Elche

La Dama de Elche. / RC

Un agricultor daba con la escultura el 3 de agosto de 1897 en el yacimiento de La Alcudia

ÓSCAR CALVÉ

El azar es un aspecto fundamental en la historia, pero no se dejen engañar, algunas anécdotas relacionadas con los grandes avances de la humanidad no resisten el examen crítico. La bañera de Arquímedes o la manzana de Newton responden más a la leyenda que a una certeza demostrable. En cuestión de recuperaciones patrimoniales no hay duda. El azar entra en liza, y de qué manera. La cueva de Altamira se descubrió en 1868, cuando un cazador fue a rescatar a su perro que había quedado atrapado entre unas rocas. Pocos años antes, parte del tesoro de Guarrazar, compuesto por la más excelsa orfebrería visigoda peninsular, fue descubierto por un labrador que, literalmente, pasaba por ahí. No sólo transeúntes ocasionales forman parte de los caprichos del destino, ya saben que los ángeles músicos de la Catedral de Valencia aparecieron durante las labores de conservación de la cúpula barroca que ocultaba aquellos incomparables frescos. Todos estos casos son indiscutibles. Más peros sobre el contenido casual encontramos en uno de los hallazgos arqueológicos más relevantes de España, el de la Dama de Elche, cuyo aniversario conmemoramos el próximo jueves.

Fue el 4 de agosto de 1897, cuando, según algunas fuentes, un muchacho de 14 años, Manolo Campello Esclápez, llamado Manolico, aprovechó el descanso de unos jornaleros para emplear su azadón de manera independiente. Uno de los golpes sonó más agudo. Había topado con algo. Tras solicitar la ayuda de los jornaleros, desenterró la Dama de Elche, que por entonces no recibió ese sobrenombre, sino el de Reina Mora. Aquellos jornaleros que estaban en reposo tenían como tarea esencial llevar el regadío a aquella finca, propiedad del médico ilicitano don Manuel Campello Antón. No obstante, los trabajadores estaban aleccionados sobre la posible riqueza patrimonial que podía esconder el subsuelo, puesto que el suegro del doctor Campello era un especialista en la materia y en varias obras hablaba de aquel yacimiento reconvertido en finca agraria. No todo tiempo pasado fue mejor. Es alucinante: cambiar un sistema de riego sobre los restos de una urbe de una antigua civilización. Sin estudios previos, sin estratigrafías. Si se encontraba algo se avisaba al propietario del terreno, y si no, pues nada. Al olvido eterno un extraordinario asentamiento íbero. Aquél afortunado golpe de Manolico pudo haber sido el golpe de gracia que hiciera añicos la Dama de Elche, que, por otro lado, hoy podría estar oculta bajo aquellos árboles frutales. Por fortuna no fue así.

La Dama de Elche es considerada la obra cumbre de la estatuaria íbera, o lo que es lo mismo, el estandarte artístico de la civilización establecida en nuestro territorio antes de la expansión romana. En varios congresos internacionales la Dama de Elche ha sido definida como la obra esculpida más importante en suelo español, seguida del pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago. Si su descubrimiento a finales del siglo XIX debe calificarse como trascendental, su pervivencia desde su producción (entre los años 410 y 350 antes de Cristo) hasta aquel 4 de agosto de 1897, es poco menos que un milagro. Se sabe que el yacimiento de la Alcudia atesoraba una ingente cantidad de obras. En un momento indeterminable entre los siglos IV y III antes de Cristo una revuelta iconoclasta -corriente que niega el culto a las imágenes y propone la destrucción de estas- acabó con buena parte del conjunto del que se salvó, y ya hemos visto cómo, la famosa Dama. La razón: alguien la ocultó de manera intencionada, insertándola en un círculo de losas protectoras que dejaban el espacio exacto para albergar la escultura, posteriormente cubierta con arena de playa. Así se elaboró un embalaje tan natural como efectivo para la Dama, preservada no sólo de las vicisitudes de más de dos milenios, también del azadón de Manolico.

Las imágenes pueden resultar traicioneras, de ahí que para conocer una obra en profundidad, sea obligatorio presenciarla en vivo. Ya saben, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Realizada en piedra caliza, con una altura de 56 centímetros y un peso de 65 kilogramos, representa a una mujer idealizada, con rasgos perfectos, ataviada con ostentosas prendas y joyas. Aunque apenas sean perceptibles los restos de la policromía, en origen presentaba tonalidades rosas, rojas, azules y amarillas. Algunas partes estaban bañadas en oro. Porta tres preciosos collares integrados por colgantes con forma de porta-amuletos y pequeñas ánforas. Precisamente, la comparación de esas joyas escultóricas con otras auténticas joyas conservadas de la época permitió la datación ya citada. Se trata de una escultura de carácter votivo, así se deduce del orificio abierto en su parte posterior, de 18 centímetros de diámetro y 16 de profundidad. En tal perforación se debieron introducir reliquias, objetos sagrados o cenizas mortuorias con un significado concreto todavía hoy desconocido, aunque estudios actuales se inclinan a clasificarla como urna cineraria en la cual reposaban las cenizas de huesos humanos. Estos y otros estudios desmintieron una inconsistente teoría que sostenía que la escultura era un fraude argüido a finales del siglo XIX.

Un peregrinaje sin final claro

Pronto empezaron las vicisitudes de la Dama de Elche. Se descubrió el 4 de agosto de 1897, y sólo un par de semanas después se cerraba su venta al arqueólogo francés Pierre Paris, 'casualmente' invitado a los pocos días del hallazgo por el cronista y archivero municipal de Elche, don Pedro Ibarra. En principio, para que el arqueólogo disfrutara de las representaciones del 'Misteri'. No parece que las negociaciones fueran excesivamente arduas. Cinco mil doscientas pesetas de la época, equivalentes al valor de un kilo de oro, tuvieron la culpa. El 18 de agosto se consumó la venta. En aquella época la gestión patrimonial era jauja. Pierre Paris llevó el busto a Alicante, donde lo embarcó rumbo a Marsella. El destino era París. Pasó en el Louvre hasta 1939, cuando su seguridad -como el resto del patrimonio conservado en Francia- corría peligro ante la inminente invasión nazi. Fue trasladada al castillo de Montauban (a 50 kilómetros de Toulouse). Permaneció allí oculta un par de años, durante los cuales las autoridades españolas negociaron con las francesas el regreso de la Dama de Elche (así rebautizaron los franceses a la antes conocida Reina Mora). En realidad, bajo el pretexto del intercambio de objetos de arte, se intentaba limar asperezas diplomáticas a causa de la situación política del momento. El lote que encabezaba la Dama de Elche estaba compuesto por otras esculturas de la Antigüedad, una pintura de Murillo y un gran archivo de documentos de nuestra historia. A cambio, los españoles entregaron una pintura de Velázquez, otra del Greco, un par de tapices de Goya y unos dibujos del siglo XVI de Houel. La Dama de Elche ingresó en el Prado, donde habitó tres décadas.

En 1958 fue visitada por Manolico, para entonces D. Manuel Campello Esclápez, quien visiblemente emocionado recordó su hallazgo y apuntó que tenía menos color que cuando él la descubrió. En 1971 se incorporó a la colección permanente del Museo Arqueológico Nacional. Algunos años antes (1965) regresó por un par de semanas a su lugar de origen, con motivo del séptimo centenario del Misterio de Elche. Esta efímera vuelta tuvo un segundo episodio en 2006, cuando la Dama de Elche presidió la inauguración del Museo Arqueológico y de Historia de Elche (en el Palacio de Altamira) y la exposición «De Ilici a Elx, 2500 años de historia». Apenas hace unos meses se creó una comisión cuyo objetivo es tan justo como complejo: que la escultura se conserve en Elche. Veremos cómo acaba.

Otros asentamientos íberos de nuestra península han legado otras damas para la posteridad: la de Galera y la de Baza (Granada), la de Castellar (Jaén), la de Caudete (Albacete) o la Ibiza. Sin embargo ninguna alcanza las cotas artísticas que presenta la extraordinaria Dama de Elche. Su carácter enigmático y casi mágico, unido a su belleza formal, sigue cautivando a cualquiera que la observe. Con todo merecimiento, es la Gran Dama.

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