Las Provincias

Desfase tecnológico

Estos tiempos que nos toca vivir están llenos de avances en la comunicación y la tecnología, difíciles de imaginar hace tan solo un cuarto de siglo. Pasamos del fax como gran novedad a tener en el bolsillo la capacidad de explorar el mundo entero con un solo dedo. La velocidad con la que se desarrollan plataformas, en las que millones de personas pueden compartir una idea al momento, harían palidecer al más optimista de los que se consideraban modernos en la movida de los ochenta. El concepto de lo instantáneo se ha apoderado de nuestro día a día, existen buscadores que con apenas unas letras no dan acceso a toda una biblioteca infinita. Podemos estudiar, comprar, relacionarnos y ver la prensa donde y cuando queramos con el único requisito de tener cobertura. Hemos asimilado estos conceptos en apenas unos años y, en honor a la verdad, reconozco que difícilmente podríamos sobrevivir sin estas novedades tan mayoritariamente adoptadas.

Todos vamos con nuestro teléfono casi omnipotente a cualquier sitio, incluso entramos a un juzgado o a una escuela y, de repente, toda la modernidad que nos acompañaba se desvanece y retrocedemos al siglo XX y no precisamente a finales. Montones de papeles rellenos o por rellenar cubren mesas o pupitres, es como si allá donde se tiene que hacer justicia o impartir enseñanza el culto a prácticas ancestrales se adueñase de los edificios públicos, como si ser lento e ineficaz intentase marcar la diferencia entre pasado y presente para intentar dificultar el futuro. Justicia rápida y modernidad en la enseñanza son promesas que tienen más años que la mayoría de nosotros, pero ni una cosa ni la otra se han conseguido por ninguno de nuestros últimos gobiernos. Así que esos niños que desde casa pueden ver vídeos sobre complejidades inimaginables, se sientan a ver escritos a tiza sobre la pizarra, y a estudiar química en un libro de texto inanimado y seguramente obsoleto. O aquel que, por ser demandado o demandante, espera un juicio y debe aguardar los años que las montañas de expedientes o la falta de medios considere oportunos para que sus derechos o culpas se diriman.

Curiosamente todo lo relacionado con la recaudación, si que cuenta con las mejores y más modernas máquinas persecutorias de contribuyentes despistados o retrasados en el pago de cualquier impuesto. Y este desfase tecnológico es lo que a muchos nos cuesta entender. Si la multa de tráfico vuela por las ondas de la rapidez y la eficacia, ¿cómo es posible que juzgados y escuelas no cuenten con, al menos, los mismos medios? Es difícil para mí encontrar una respuesta coherente a esta pregunta tan obvia, quizá haya que pensar que no hay sensibilidad sobre estos asuntos, o peor, que intereses de editoriales y políticos miopes no quieran que las necesidades reales se antepongan a usos y costumbres desfasados en el tiempo.

Dotar a jueces, alumnos y profesores de los medios necesarios para que puedan ejercitarse con suficiencia en sus cometidos no debería estar en discusión ni dilema, sencillamente tendría que ser algo, aunque sea a medio plazo, planeado y presupuestado por los que nos gobiernan desde donde sea que hayan competencias para ello.