Las Provincias

Antonio Sequeros y la luz de la huerta

  • Voy por la calle de la Feria, de poniente a levante, siguiendo el curso de una acequia dormida desde hace siglos...

Voy por la calle de la Feria, de poniente a levante, siguiendo el curso de una acequia dormida desde hace siglos; paso por el lado derecho de la Catedral, a la vista de la portada renacentista de la Anunciación; sonríe don Antonio Roda y sus niños de la Peña; llego a la plaza del Marqués de Rafal, doblo a la izquierda, presiento la imagen de Miguel Hernández subido a una escalera hablando de su amigo Ramón Sijé, camino por encima de las ruinas de la ciudad musulmana, entro a la Biblioteca Municipal sita en el Palacio del Conde de Pinohermoso, giro a la izquierda, entro al Archivo, veo al bibliotecario en su mesa, por un momento evoco a doña Inocenta González Palencia, mi querida bibliotecaria, saludo y solicito la 'Teoría de la Huerta y otros ensayos', de Antonio Sequeros. Mientras consulta el hombre el ordenador en busca del libro, le digo que se trata de un ejemplar único por doble motivo: primero, que la biblioteca sólo dispone de uno; segundo, que está dedicado, de puño y letra del autor, a la Biblioteca de Orihuela. Localiza el libro, me lo entrega, al tiempo que enciende la luz de la mesa de lectura.

Confieso que no había leído este libro hasta esta semana de noviembre, y tenía ganas de hacerlo desde que, a raíz de la publicación del artículo 'Antonio Sequeros y Orihuela', mayo de 2015, consultando un trabajo del profesor don Juan Barceló sobre el de Benejúzar, vi que decía que con esta obra sobre la Huerta «se convierte en el cantor de la Vega Baja del Segura». Pues bien, en la intimidad y discreción de la sala de lectura del Archivo, entre graves eclesiásticos al óleo en sus vetustos cuadros colgados de las paredes, en compañía de otro lector infatigable situado dos mesas más adelante, voy a cumplir mi deseo. Tengo que decir que de los libros no sólo me interesa el contenido, que es lo fundamental, sino que también me gusta perderme en el continente. Y antes de entrar dentro, lo miro por fuera, lo acaricio, abro sus páginas, lo huelo. Talleres Tipográficos Alonso. Almoradí. 1956. Un sello, tinta morada, redondo, estampa 'Biblioteca Pública Fernando Loaces y Archivo Histórico de Orihuela'. Paso la página y aparece un retrato de busto del autor: chaqueta oscura, camisa blanca, corbata negra, el rostro entre amable y serio, entre natural y afable, la mirada dirigida un poco hacia la izquierda, la luz del foco concentrada en la cara, gafas redondas, una punta de pañuelo blanco plegado asomando por el bolsillo de la chaqueta a la altura del corazón.

Tras dos hojas en blanco a continuación de la tapa, en la primera cara de la tercera, justo la que tiene anotado 'R. 3.848', creo que de la mano de doña Inocenta, mi bibliotecaria, a la que tanto debo, viene la dedicatoria de don Antonio Sequeros, que dice, en cuatro renglones rampantes, buena y clara caligrafía, letra cursiva, tinta azul de pluma estilográfica: «A la Biblioteca Pública de Orihuela. Orihuela 28 de Noviembre 19. Antonio Sequeros». La rúbrica es un sencillo trazo horizontal. No he podido enterarme del año, pues la guillotina inmisericorde del encuadernador se llevó dos dígitos por delante sin contemplaciones. Quiero pensar que sería el mismo año 1956 en que se publicó, «en que acabóse de imprimir el día 13 de junio». Y se me apetece imaginarme la escena de la presentación de la obra en el templo de los libros, en que el señor Sequeros ofrece su obra a la señora bibliotecaria en el ala este del Palacio de Teodomiro también llamado, que coincidencia, de Benejúzar.

Entro en el libro, me voy al índice. Veintitrés ensayos breves y luminosos sobre la Huerta. Empiezo a leer y a anotar. En la 'Justificación' nos dice el autor que éste es un libro de paisajes. Un libro de amor dedicado a los ámbitos que le fueron familiares y que constituyeron su circunstancia. «Viviendo y soñando este paisaje de mi tierra -el físico y el humano- escribo este libro» con la pretensión de mostrarlo al que no lo conoce. En el primero de los ensayos 'La Huerta', nos habla de este espacio, una unidad geográfica completa, cuya realidad más viva es el Segura, constante y perenne sobre «la continua mudanza del ámbito huertano». Como contraste más destacado señala el que se da entre la huerta y el campo, dos realidades geográficas pintadas por sus colores dominantes: el verde, el gris. Delimita los límites comarcanas: un óvalo verde «entre desnudos y cárdenos festones de montañas» que a veces se tornan azules, presidido por Orihuela, trascendida de historia. Señala sus pueblos, el poblamiento disperso, sus caminos. A continuación describe el cielo «de pálidos azules»; los amaneceres «frescos de rocío»; los mediodías, «que ciegan con áureas claridades»; los ocasos llenos de «suave melancolía». Se sube al túnel que hay a pie de la sierra de la Muela y ve ensancharse un «panorama esmeralda» que se pierde en el mar. Es la Huerta, «contagiosamente verde, lujuriosa, con ansia y placer de ser así». Huerta de un verde que abarca toda la escala de este color, ante el que se rinden los demás colores, salvo el azul.

El segundo ensayo, 'La Huerta, en su luz', describe con claridad meridiana, poéticamente, la luz de la Huerta que ha iluminado su vida, tanto en las alegrías como en las tristezas. Y proclama: «Soy huertano por esencia. Dejaré de ser huertano cuando deje de ser» Y se explaya, gozosamente, sobre la luz de la Vega Baja: «La luz de mi huerta es única». Única y distinta en las diversas fases del día. A primera hora, «diáfana, transparente, aclarando perspectivas»; a mediodía, «cegadora, abrumadora, densa», difuminando el paisaje; por la tarde de nuevo transparente, seca por la brisa de las sierras. Luz que pintó Agrasot. Concluye: «Luz de mi huerta, dorada, colores pálidos, oros, reflejos mediterráneos». Luz que captó Miró «entre las palmeras y los olivos de los rincones» de la Huerta.

Y hasta aquí leo. Volveré a la Biblioteca a seguir con la lectura de este libro, no puedo llevármelo en préstamo al ser único, que debiera haber estado, por sus méritos, en los centros escolares de la Vega Baja desde su publicación hace sesenta años.