Las Provincias

orihuela, literatura y patrimonio

Panorama oriolano desde unos grabados de Capuz

Los libros de viajes del siglo XIX, en bastantes ocasiones, están adornados, complementados, con grabados, simples rayitas negras organizadas, que enriquecen su contenido, en los que puede reposar, por unos momentos, la curiosa mirada del lector. Imágenes impresas que tratan de concretar, de alguna manera, el texto. Eso ocurre con el libro de Fernando Cos-Gayón, 'Crónica del Viaje de Sus Majestades y Altezas Reales a Andalucía y Murcia en Septiembre y Octubre de 1862'. Alrededor del Capítulo XVI titulado 'De Murcia a Madrid', que en realidad debiera llamarse 'De Orihuela a Madrid', se sitúan dos hermosos dibujos del grabador Capuz, uno de ellos rural a más no poder, y otro que muestra una vista espléndida de una parte de la ciudad desde el paraje de la Cruz del Río más o menos.

El primero parece corresponder a las inmediaciones de Orihuela viniendo de Murcia. En él, un paisano de edad madura discurre, caballero sobre un burro que camina tranquilo, por una estrecha vereda oprimida por una vegetación lujuriosa envuelta en una especie de boria ligera que se va despejando tras el amanecer. Cerca del espectador, quizá en la orilla de la sierra, un gran rodal de paleras y pitas descomunales, dos especies vegetales en la actualidad fuera de la ley. Al otro lado del camino, más piteras de hojas peligrosas y enhiestas. Y al fondo, ocultando el horizonte, el milagro de un pequeño palmeral. El segundo grabado, sosteniendo la letra inicial del capítulo, tiene a pie de página un asterisco aclaratorio: «El grabado de esta página representa una vista de Orihuela». Esta estampa, preciosa xilografía, con más de media docena de palmeras incluidas, podría describirse como sigue.

En primer término, primeras horas de la tarde, por las inmediaciones del meandro del río, puede que en la margen izquierda, no lejos de las Espeñetas, se ve una vereda con chumberas y algunas moreras en el lado más inmediato al lector. Por ella, posiblemente el Camino del Medio, avanza una carreta entoldada, con una mujer y su hijo en el pescante, tirada por un par de fuertes vacas de estirpe murciana, la Dorada y la Jardinera, o la Hermosa y la Clavellina, uncidas al timón del carruaje, guiadas por un huertano que se ayuda, mano derecha, con una larguísima llamadera de rama de morera. El hombre va ataviado a la manera tradicional, manta amplia y faja prieta, blancos y amplios zaragüelles, medias y esparteñas. La mano izquierda en la faja, como tiene que ser. La carreta pasa frente a una barraca, que presenta su fachada circunfleja en forma de A mayúscula, letra que inicia el capítulo, con manifestación implícita del sostre interior. En la puerta de la barraca, a la orilla del camino, una huertana un tanto difuminada, mira al espectador. Tras la barraca, un pelunchón de palmeras. Varios árboles frondosos, moreras quizá o jinjoleros, rodean la vivienda huertana.

Levantamos la vista del primer término y vemos los alrededores de la ciudad: un huerto, posiblemente de narajos, quizá regado por la acequia a la que cayó, torpe él, desde el lomo de un mulo, don Juan Manuel, el de 'El Conde Lucanor', cuando iba de cacería con halcón, él mismo lo cuenta en su 'Libro de la caza'. Un árbol grande, con trazas de ser un algarrobo por la calidad de su tronco y la forma de su copa, queda a la derecha de la imagen. Más allá de la huerta, los restos de la muralla de la ciudad, lo que quedaba en aquel entonces de la torre de Embergoñes y aledaños, hoy coronada por un gentil depósito de agua. Se manifiestan, cohetes fosilizados hacia el cielo, varias palmeras, una de ellas gigantesca. Palmeras que quizá son los restos del hort de palmeres que por allí tenía el marqués de Rafal, hace varios siglos, cerca de Les Penyetes. Y ya, en el piedemonte de la sierra, las iglesias de Monserrate, poderosos contrafuertes, con sus dos torres gemela y la iglesia de Santiago, con su torre airosa y la monumental fachada gótico-flamígera. Un paisaje del Rabaloche, con un fondo de horizonte de la Peña del Castillo. Un escenario recorrido por don Álvaro Galindo y el fantasma de su hermana, de noche, a lo romántico, persiguiendo la sombra de Cara-rajada, camino del Olivar de Nuestro Padre San Daniel, si hemos de creer a Gabriel Miró cuando escribe la primera de las novelas de Oleza.

Al pie del grabado está la firma del autor. Se trata de Tomás Carlos Capuz, uno de los más afamados grabadores de la época. Manuel Ossorio y Bernad, ilustre periodista contemporáneo del artista, nos pone en la pista del mismo en su 'Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX': «El señor Capuz disfruta de una buena adquirida reputación por lo bien que comprende el materialismo del grabado y su buen gusto en la dirección de las líneas». Antes de esta lapidaria frase, Ossorio señala que Capuz (1834-1899) es valenciano, que estudió en la Real Academia de San Fernando, que tiene varias medallas de Exposiciones Nacionales alrededor de 1860, que dentro de su laboriosa carrera ha ilustrado periódicos nacionales, y una serie de obras, entre las que destacan la 'Crónica' en que figuran los grabados descritos, el 'Diccionario' de Madoz y el 'Nuevo viajero español'. También cita una serie de conocidas novelas históricas que contienen láminas de este maestro grabador.

Para concluir, una reflexión. Siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. En este artículo se han tomado dos imágenes como pretexto para hablar de Orihuela. Dos imágenes, por mil, serían dos mil palabras. Pero aquí sólo hay un millar. Y es que la extensión permitida al artículo es de mil palabras. Por lo tanto el precio se ha reducido. Mil palabras por dos imágenes. O dicho de otra manera: una imagen vale quinientas palabras. Más o menos. De todas formas convendría que los lectores accedieran a la 'Crónica' de Cos-Gayón, que está al alcance de un clic digital.