Las Provincias

LA VOZ DE ESPEJO

A mi madre

Mi madre fue una mujer querida por sus hijos, hermanos y sobrinos. Adorada por mi padre, su marido, estimada y respetada por cuantos la conocían. Fue la persona más hospitalaria que nadie pueda imaginar: sensible con los necesitados, dispuesta a prestar ayuda en cualquier momento. Recuerdo mi casa siempre ocupada por familiares, que venían desde Madrid o el pueblo, a pasar unos días junto al mar.

Podía hacer una completa historia de la vida de mi madre, con los episodios que le tocaron vivir y las gentes que le rodeaban. Pero en este relato comentaré sólo alguno de los casos que marcaron su vida, o que al menos le afectaron emocionalmente y que tienen un nexo en común.

En el pueblo en que nació y vivió, la mitad de su vida y en la época en que ocurrió el primer hecho, no había agua potable. El agua para beber y cocinar la traían del pozo de La Villa, distante del pueblo unos mil quinientos metros. Junto al pozo corría un riachuelo, 'La Anguilucha' en el cual, se lavaba la ropa y en ocasiones se tomaba un baño, este pequeño río desembocaba, a pocos metros en las caudalosas aguas del Tajo.

Pues bien, como decía el agua para consumo humano, se sacaba de aquel pozo, con un cubo o pozal, a pulso, tirando de una soga.

Esa mañana estaba mi madre con una amiga lavando en el río, mientras la ropa se secaba al sol, mi madre decidió lavarse la cabeza, dejando los pendientes, sobre el brocal del pozo. Los pendientes eran de oro con arracadas, los clásicos de la zona. Cuando fue a buscarlos, después de arreglarse el pelo, los pendientes no estaban. Preguntó a la compañera y comentó: «¿Qué puede haber pasado? Si los dejé aquí hace diez minutos». La compañera le contestó: «Habrán caído al pozo». Mi madre le contestó triste y decepcionada: «No entiendo que puedan haber caído si nadie los ha tirado, ni tan sólo el viento se mueve».

Mi madre nunca dejó de relacionarse con esta persona, los hijos e hijas de ambas familias fuimos y seguimos siendo grandes amigos. Pero mi madre siempre supo que sus pendientes no cayeron al pozo.

Aquella noche había cine en el pueblo. En los años 50 el pueblo no tenía un salón con cinematógrafo, éste era ambulante y lo traía un señor en su caballo, medio de transporte personal de la época.

Era una noche fría de invierno cuando la mayor de mis hermanas llegó a casa con sus dos inseparables amigas. Mi madre bordaba junto al hogar, acompañada de una vecina mientras yo jugaba en uno de los extremos de la estancia, medio incorporada en mi cama-cuna, adaptada para mantener mi pierna en alto, colgada en aquel artefacto con unas pesas que sólo me retiraban antes de dormir. Como decía antes de explicar todo esto, llegó mi hermana a buscar el dinero para ir al cine con sus amigas. Mi madre le mandó traer la cartera-monedero del baúl, que estaba en la habitación contigua. Mi madre le dio el dinero para el cine, que no costaría más allá de una peseta.

Las chicas se marcharon; mi madre y la vecina continuaron con sus bordados; entre tanto, yo me distraía con mis muñecas o leyendo cuentos en mi forzada quietud.

De pronto, se escuchó el llanto de mi hermano, un bebé de apenas un año. Mi madre se levantó y fue a buscarlo, trajo al niño le dio el pecho, lo tuvo unos minutos en el regazo, el niño se quedó dormido y lo llevó de nuevo a la cuna.

Mi madre regresó, siguieron con su labor y la charla, de pronto mi madre notó un olor raro, cómo a goma o cosa extraña quemándose en el fuego de leña; cogió las tenazas y al remover la lumbre vio con asombro que, lo que ardía en el centro, era su cartera, la sacó y abrió cómo pudo, quemándose las manos. En aquella cartera guardaba todo su capital. Cuando la abrió sólo se hallaron dentro las monedas, de los billetes no se encontró ni rastro, mi madre se quedó consternada.

La vecina, trató de convencerla, de que los billetes al ser de papel se habían quemado entre las brasas.

Mi madre siempre supo que aquel dinero no llegó a tocar el fuego, pero ella no acusaría a nadie de robarle si no lo había visto. Seguro que al levantarse de la silla con el niño dormido, le cayó la cartera al suelo, pero por la distancia que estaba del fuego nunca pudo caer a éste.

Mi madre tuvo un disgusto tremendo, los quince billetes de cinco pesetas que había podido ahorrar después de pagar la casa recién comprada, era todo el dinero del que disponía hasta la nueva cosecha.

En unos días tenían que llevarme al Hospital en Madrid, para una revisión médica y ese era el único dinero con el que se contaba en la casa, para el viaje y las medicinas, estas eran caras y no se podían adquirir fácilmente. Acababa de descubrirse la estreptomicina el antibiótico que salvó mi vida y la de muchos niños de la época.

Pero mi madre, en vez de acusar a esa persona de haberle robado, continuó la relación con ella y su familia, como si este hecho no hubiese ocurrido.

Jamás creó en nosotros rencor ni odio hacia las personas que le hicieron algún mal. Al comentar estos hechos, lo hacía con serenidad y al final, siempre nos decía: «Yo no tengo que juzgar a nadie, cada uno en su momento dará cuenta de sus faltas a Dios. Cómo yo de las mías». Estas fueron las enseñanzas de mi madre.

Viviendo en una zona rural, donde el deporte principal era quitarle la piel al primero que pasaba, mi madre no nos permitió nunca, ni el comentario, ni la murmuración. Y nos decía, «ninguno estamos libres» en esta casa, no se habla de nadie, si no es para bien.

Mi querida madre era una mujer sencilla y con buen corazón, pero de gran carácter, a quien agradezco todo lo bueno que de ella aprendí.