Las Provincias

Miguel Hernández, una batalla por el sentido

A menudo, la política viene marcada por una 'batalla por los significados'. Esto es, por definir el contenido de palabras o conceptos que no tienen un significado absoluto o estable, sino que cambia en función de quién lo defina y construya el relato. Normalmente, la importancia de estos conceptos reside en su capacidad para cohesionar y movilizar a grandes mayorías. Vean el ejemplo de 'democracia'. Pregunten ustedes a cualquier persona si está a favor o en contra de la democracia. Pocos se opondrán. Ahora bien, pregunten a esa misma gente en qué consiste ser demócrata y verán cómo la cosa cambia y se encontrarán respuestas no sólo diferentes, sino enfrentadas. Por eso, en política, quien define el contenido de ciertas palabras que unen a la gente, gana una batalla fundamental.

Pero no solo ciertos conceptos, también las personas simbólicas sufren este proceso. A los muertos, por desgracia, les cabe todo, y no pueden defenderse de las interpretaciones que los vivos hagan de su figura (a veces, sucede incluso antes de morir, el propio Marx tuvo que escribir aquello de «yo no soy marxista»).

Tras el Octubre Hernandiano y a las puertas del 2017, donde se conmemorará el 75 aniversario del fallecimiento del poeta, quizá convenga reflexionar sobre el significado que se está construyendo sobre su figura y el sentido dado a sus homenajes. La centralidad de Miguel Hernández, esto es, su capacidad para aglutinar y enorgullecer a la gente de Orihuela no evita que se deban contraponer diferentes interpretaciones sobre el significado de su legado. Igual que el ejemplo anterior, pregunten a cualquier oriolana u oriolano si está de acuerdo en homenajear y recordar a Miguel Hernández, pocos lo rechazarán. Ahora bien, pregunten en qué consiste o debe consistir ese homenaje. De nuevo, verán respuestas antagónicas e, incluso, contradictorias.

Creo que no revelo nada nuevo al afirmar la existencia de una 'Orihuela señorial'. Un organismo social conformado por algunas personas (no demasiadas) que, sin embargo, goza de gran poder sobre la vida política, económica, cultural y, por supuesto, simbólica del municipio. Piensen en ciertos políticos u ONG-empresarios. Actores sociales que, a menudo y de forma injusta, tratan de monopolizar determinados tipos de homenajes a nuestro poeta, especialmente aquellos derivados de los espacios institucionales más relevantes. Desde luego que no toda la gente 'relevante' de Orihuela pertenece a ese 'señorío'. Hay también activistas, referentes culturales y actores sociales a los que, con independencia de las diferencias que podamos tener, respeto y admiro por su labor cultural. El problema es que, convendrán conmigo, constituyen una minoría y gozan de menos recursos que el 'sacabarriguismo' imperante en parte del 'circuito oficial' oriolano.

Me alegra profundamente la universalidad de nuestro poeta. Su capacidad para ser un símbolo que trasciende fronteras ideológicas tradicionales y que es reconocido por gentes muy diversas. Miguel Hernández es poeta del pueblo y el 'pueblo' es, precisamente, un sujeto plural, diverso, en permanente cambio y construcción. Por eso me emociona que gente de tradiciones e ideas diferentes se una para defender un mismo legado. Ahora bien, ensalzar la universalidad no puede ser al precio de olvidar la fortaleza de sus ideas, la memoria de su lucha y la certeza de que, en un mundo tremendamente desigual, hay que posicionarse. De hecho, muchos pensamos que la universalidad de Miguel Hernández no se debe tanto, (o no solo), a la belleza de sus versos, sino al valor político de éstos en defensa de la radicalidad democrática.

Así pues, resulta peligroso dejar que se apropie de ciertos 'espacios oficiales' de homenaje a Miguel Hernández esa Orihuela Señorial, que se acuesta mediofranquista por la noche y se despierta hernandiana de toda la vida. Esos que se jactan de ensalzar a Miguel Hernández mientras sepultan en el olvido a quienes vivieron y murieron por sus mismos valores políticos. Esos que con una mano dicen cuidar la figura del poeta oriolano y, con la otra, condenan a la cuneta de la Historia al mejor legado de la España Democrática. Esos que fomentan una cínica equidistancia entre quienes defendieron la democracia y quienes la enterraron en sangre o pusieron entre rejas. Los mismos que leen con voz afectada versos de nuestro poeta mientras defienden recortes que engendran la miseria de «niños yunteros» y protegen los privilegios de «panteras deseosas de un mundo siempre hambriento».

Todo ello, mientras se fomenta un lento pero sutil proceso de mercantilización de nuestro poeta. Convertir a Miguel Hernández en un referente turístico mientras se esteriliza su valor político. De tal modo que su cara aparece en muchos carteles mientras su legado democrático se diluye en un pueblo sin memoria.

Sé que estas palabras son incómodas. Seguramente, algunos preferirían vivir en una ficción de consenso permanente donde todos los cargos públicos y agentes sociales sonriamos en homenajes vacíos, lindos para la foto pero podridos para la democracia. Sin embargo, renunciar al sano debate y contraposición de versiones sobre cómo recuperar nuestra Memoria y homenajear a nuestro poeta sería lo peor que podríamos hacer. En mi opinión, de poco sirve ensalzar hasta la saciedad el nombre de Miguel Hernández si por el camino dejamos su legado político y democrático. Caer en ese error podría provocar que, de nuevo, se enterrasen las aspiraciones de sus versos y, desgraciadamente, vuelva a nublarse ese rayo de sol que pueda dejar a la sombra vencida.