Las Provincias

CRÍTICA DE CINE

Inocente humanidad

Hay películas de las que, desde su primer fotograma, sentimos empatía. Luego percibimos que nos adentramos en ellas muy placenteramente, movidos por su sencillez y buena construcción. Al final, algunas de ellas, como nos ocurre con 'Verano en Brooklin', nos llegan al alma, nos conmueven y las aplaudimos con entusiasmo porque nos han transmitido cariño y humanidad, aunque ésta sea inocente.

El director de esta magnífica, afable y conmovedora película es Ira Sachs. Vuelve a trabajar en el guión con Mauricio Zacharias. Ya lo habían hecho en 'El amor es extraño', una convincente cinta gay donde una pareja homosexual encontraba dificultades para encontrar piso, a un precio factible, en Nueva York.

En esta ocasión, aunque la trama se inicia por otros derroteros, la amistad de unos niños durante un verano, cuando uno de ellos se traslada a Brooklyn al fallecimiento de su abuelo, el relato se encaminará pronto al tema del urbanismo.

Los negocios de arrendamiento, la dificultad de afrontar un alquiler por encima de las posibilidades de una modista, madre de uno de los niños, serán los hilos que muevan el aspecto dramático del film. El padre del otro niño, nuevo propietario del local, no solo alentará la falta de tolerancia entre adultos e infantes, sino que, aunque le duela, abrirá la puerta a la implacable divergencia entre las partes cuando se mueven asuntos de negocios.

El asunto se complica cuando sabemos que la inquilina del local considera que había ganado afectos con el anterior propietario, otorgándole ciertos derechos emotivos, pero que infortunadamente no constituyen legalidad. Por otra parte, el arrendador es actor y no con demasiada suerte para aportar dinero a su hogar, teniendo que asumir que la esposa mantenga a flote a la familia.

Los conflictos que se generan entre los personajes son estructurados por el realizador de un modo íntimo y conmovedor. Lo resuelve a través del idealismo preadolescente más humano y aunque el desenlace queda muy abierto porque hay varios intereses en juego, nos quedamos con una historia resuelta del mejor modo posible, aunque la razón y las inexorables miserias humanas nos dicten lo contrario.

Sencilla hasta en el metraje, apenas ochenta y cinco minutos, que no porque sea corta sea menos valiosa, el filme tiene un cuerpo actoral muy convincente. Paulina García, la modista e inquilina, resuelve su papel con acento digno y enérgico. Greg Kinnear mantiene con aplomo su desagradable cometido y el resto cumple con notoriedad sus actuaciones en este filme que merece todo nuestro respaldo.

Temas