Las Provincias

Difuntos... pero vivos

El cambio de estación hoy en día, en que la forma de adaptar la ropa o la comida viene marcada por las campañas publicitarias de los emporios comerciales, se nos hace difícil entender que en un pasado no muy lejano los criterios para fijar esas adaptaciones iban ligados a determinadas maneras de computar el tiempo y de señalar los inicios de cada época del año.

En contra del que podríamos pensar, esos inicios no coincidían con las efemérides astronómicas que llamamos solsticios (máxima y mínima altura del Sol sobre el horizonte) y equinoccios (posiciones intermedias entre aquellas alturas máxima y mínima), ya que los cambios de temperatura y pluviosidad que caracterizan las estaciones dependen de la inercia térmica de la tierra y del agua. El ejemplo lo tenemos este año, en el que todavía vestimos la ropa de verano debido a las altas temperaturas que estamos disfrutando, aunque el sábado atrasáramos una hora el reloj.

Algunas de estas cosas ya fueron recogidas, hace más de un siglo, por el historiador irlandés Sir James George Frazer, que en 1890 escribió 'The golden bough' (La rama dorada), una de las obras fundamentales para interpretar las diversas maneras de medir el tiempo, sobre todo en lo que se refiere a las costumbres, rituales y creencias asociadas: «En toda Europa, la visión celestial del año de acuerdo con los solsticios y equinoccios, iba precedida [acompañada] por la que llamaremos división terrenal del año de acuerdo con los comienzos del verano y del invierno» (cap. LXII).

Por eso, diferentes culturas establecieron en la antigüedad un «tiempo de espera» que sirviera de indicador más fiable a los auténticos cambios de estación, a la llegada del mal tiempo o «invierno» y del buen tiempo o «verano».

En nuestra tierra, esos cambios se asociaban a dos momentos determinados, el primero de los cuales, el fin del buen tiempo, venía marcado por la fiesta de Todos los Santos, el 1 de noviembre, 40 días después del equinoccio de otoño, 22 de septiembre. La muerte y el culto a los difuntos, más allá del hito anual del cambio de estación y de las novedades gastronómicas, en los aledaños del día 1 de noviembre se llenan de misterio y de culto a los muertos y a sus almas, no se celebra sólo en las culturas mediterráneas.

El inicio del invierno tenía su repertorio culinario particular, desde los alegóricos buñuelos de viento, a los más humildes boniatos y calabazas al horno. En la comarca del Bajo Segura, se tenían para el día de Todos los Santos y Difuntos un postre casero hoy en día casi desaparecido, las gachas de difuntos o de santos, hechas con harina anisada endulzada con arrope y calabazate. Pero, sobre todo, dulces capaces de conservarse durante mucho tiempo y suministrar una fuente de energía fácilmente digerible durante los meses fríos. Como los pastelillos de boniato.

Una vez más, dentro del calendario litúrgico, llega la festividad de Todos los Santos, con la cita obligada a los lugares donde reposan los restos de nuestros fieles difuntos. Es época y momento de recordar lo que dicha conmemoración suponía hace tan solo medio siglo, no solo para las personas mayores, sino también para la chiquillería de entonces, tan propensa a integrarse en actividades poco frecuentes.

Todos los vecinos acudían en masa al camposanto, lo que para la chiquillería suponía una ocasión única para gozar de los frutos más apetecidos criados en el patio, como las níspolas. Desde muchos días antes las pandillas recorríamos ojo avizor el territorio, para situar estratégicamente donde había que actuar llegado el momento.

Llegada la festividad, nos encuadrábamos en dos grupos. El más numeroso acudía con sus padres al cementerio, para permanecer durante horas ocupados en diversas actividades, siendo la más lucrativa ir cosechando la cera que se solidificaba una vez derretida en las velas, para posteriormente salir con ella a la puerta donde era comprada por diversas personas dedicadas a tal menester, quienes nos pagaban con algunas míseras monedas o cualquier chuchería. Algunos niños, generalmente monaguillos, acompañaban a los sacerdotes en recorrido itinerante por todas las sepulturas, donde se rezaban responsos a voluntad de los deudos, y se obtenían donativos depositados en unas bolsas. También recorrían el cementerio las dos campanas de auroros de la Cofradía del Rosario, cantando ante los sepulcros diversas salves y principalmente la llamada de Ánimas. El otro grupo de niños, mucho más reducido, se quedaba en el pueblo tocando las campanas todo el día, en el llamado toque de difuntos.

La jornada acababa vaciando melones o calabazas, para colocar en su interior alguna vela encendida, y así confeccionadas, colocarlas en los lugares más oscuros de las calles para intentar asustar a algunos niños con supuestas apariciones fantasmales.

Hoy en día no queda mucho de aquello. El fervor por nuestros antepasados es con frecuencia, mera representación, y en cuanto a los niños, todo ha cambiando; e incluyo la mayoría ya no acude al cementerio como entonces. Nuestras antiguas y tradicionales calabazas, nos las venden como algo extraño, traído de los países anglosajones, incluso con el nombre de Halloween, que no es sino una contracción de la frase en inglés All Hallows Eve, es decir «El Día de Todos los Santos».

En estas fechas de Todos los Santos y el Día de los Difuntos, el grito de «¡arrope y calabazate!» se enseñoreaba de nuestras calles a lomo de enjaezadas y pintorescas borriquillas que portaban en sus alforjas la golosa y negra mercancía. Iban conducidas por sus no menos pintorescos dueños, inconfundibles en sus típicos atavíos, produciendo su mercancía, en niños y mayores, las primeras bigoteras negras de la temporada. Ahora, el despacho de esta rica golosina se realiza muy de tarde en tarde y en motorizados medios.

Quién probara ahora aquellos dulces boniatos de Guardamar que en estas fechas se llevaban al horno de la panadería más cercana para cocerlos y comerlos, una vez frías a trozos. Un bocado de verdadero gourmet.