Las Provincias

Ser valenciano

Parece que nuestros políticos nunca se cansen de polemizar sobre cualquier asunto: el agua, el tratamiento de residuos urbanos, infraestructuras y ahora la obligatoriedad del Valenciano como idioma a estudiar o a conocer para la función pública. Son debates con gran carga partidista, que suelen ser utilizados como arma arrojadiza para defender más ideología que bien común. El resultado de estos acaloramientos de rivalidad siempre es nulo y, tras unos meses de actualidad, todo acaba en nada porque si no se genera consenso, digamos que no es popular adoptar medidas prácticas. Y así, tema tras tema, se politizan, se genera la controversia y luego se obvia por imagen inconveniente.

Nuestros 27 al sur, con excepción de la pedanía oriolana de Barbarroja y Guardamar del Segura, no hablan el Valenciano desde hace más de 200 años. Todo fue fruto de repoblaciones e imposiciones de la época, que extirparon esta lengua de la forma de expresión habitual de los habitantes de La Vega Baja, lo cual no significa que no sigamos utilizando palabras de este origen en nuestra forma de hablar (escullar, bajocas, camal, espolsar, etc.). Ahora bien, sobre nuestra valencianidad no creo que nadie con un mínimo de conocimiento histórico pueda dudar, hemos contribuido desde siempre a hacer posible que esta actualidad de Comunidad Autónoma, antes Reino, sea la realidad que es. Por eso molesta tanto cuando desde la radicalidad de algún partido que presta soporte, aunque a veces parece que impone, al gobierno de la Generalitat se intentan ejercicios de exigencia para algo que debería ser voluntario se convierta en imprescindible para la educación y el trabajo. Desde luego que el Valenciano es un patrimonio lingüístico irrenunciable para todos, para nosotros también, pero la fórmula de la imposición está absolutamente equivocada. Hay que hacer que hablar o escribir en este antiquísimo idioma guste, que sea algo bonito y voluntario, que apetezca y que se utilice con el libre albedrío de la cultura que entraña y supone.

Ser valenciano es mucho más que hablar o no su propio idioma, es sentirse orgulloso de un territorio único y singular al que debemos seguir contribuyendo con nuestros tributos, con nuestra actitud y con un sentimiento patrio, el cual nunca debería convertirnos en ciudadanos de segunda por el mero hecho de expresarnos en una lengua u otra. Cuando reclamamos nuestras carencias a los que nos gobiernan desde la capitalidad de las instituciones, lo hacemos en castellano porque es nuestra forma de expresión actual, no por molestar ni herir a nadie. Desarrollamos proyectos propios, como el intercambiador de mercancías (antes puerto seco), para crecer y contribuir a la región a la que nos encanta pertenecer, a cambio no siempre recibimos respuesta sobre las infraestructuras que aun carecemos, por citar una la CV-95, pero esto no es una cuestión de idioma, es una cuestión de entendimiento y voluntad de actuación sobre un territorio que no está preocupado por en que idioma se responde, sino por el silencio, la falta de actuación y apoyo sobre temas concretos que si necesitamos de manera urgente, para seguir pensando que, se exprese como se exprese, ser valencianos es algo importante para nuestro bienestar y calidad de vida.