Las Provincias

LA GASTROTECA DE FÉLIX

Casa Reme, un sitio impecable

Restaurante impecable. No se le puede reprochar nada. Así es el restaurante Xinorlet (Casa Reme), en esta pequeña pedanía de Monóvar. Situado camino de Pinoso, en un paisaje dominado por el monte Coto, donde se extrae mármol, y el monte Chirivell, con una antigua mina de arena. Entre estos colinas, cepas de uva y olivos se encuentra este restaurante donde todo se cuida con un detalle sorprendente.

Situado en una antigua casa, con un salón principal y pequeñas habitaciones a modo de reservados, con las paredes llenas de aperos de labranza, se encuentra este restaurante. Estancias con la luz justa, potenciado por el día gris que se volvió al mediodía dejando las primeras lluvias de otoño. Las mesas son cómodas, amplias, con buena separación respecto al resto de comensales, lo que hace que puedas tener un rato más que agradable en familia o en pareja.

La carta, como no podía ser de otra manera, es de comida típica de la zona, poniendo especial énfasis y cantidad de oferta en las carnes. Con un magnífico criterio, ofrecen un menú degustación para poder disfrutar de sus platos estrella. Cómo no, elegimos esta opción y nos dispusimos a disfrutar.

Empezamos con una tabla de embutidos secos de la zona (blanquet y morcilla). Cuando los ingredientes son de calidad, ni la grasa molesta en estos productos. Cortado en rodajas justas para dar un bocado, sudando al estar a temperatura ambiente, se acompañaban de un pan tostado más que correcto. Un buen comienzo. Seguimos con un queso fresco envuelto en bacon y acompañados de una mermelada de mango. Plato sencillo hecho al horno, por lo que no se hacía nada pesado. Como tercer aperitivo, las croquetas. Unas cremosas y suaves de jamón y otras de arroz negro, con el interior de alioli, bastante más potentes. Buena fritura y sabor.

Pero el aperitivo que me ganó fueron las migas del pastor. Una buena sartén de migas de pan con huevo y embutido. Romper los huevos y que se mezclara la yema líquida con el resto de ingredientes era una delicia visual. El chorizo, potente pero sin picante, aportaba una contundencia exquisita.

Y llegamos a los platos principales. En el menú se podía elegir entre arroz con conejo y caracoles o gazpacho manchego. Al ser cuatro adultos, la solución nos la dio el camarero: dos y dos. Perfecto. Así lo probábamos todo. Primero el arroz, sabroso, con el grano suelto, perfecto de punto, la carne tierna y los caracoles perfectamente engañados. Para mi gusto, le faltaba algo de potencia en tomillo o romero y algo de 'socarrat'. Pero esto es por rizar el rizo porque no quedó nada en la paella. En cuanto a los gazpachos, potentes de sabor, con abundante carne y en su punto de caldo, ni secos ni caldosos. Pudimos repetir varias veces (y más que podíamos haber comido porque se ofrecieron a rellenar la gazpachera). Acabamos con unas pequeñas tortas que lo acompañaban bien untadas en miel.

Los postres no defraudaron ni bajaron el nivel. Un semifrío de limón y otro de higo. Espectaculares los dos. Acompañados de una tarta de la abuela (de galleta y chocolate) correcta y kiwi con miel. No nos los pudimos acabar.

Para el café nos sugirieron pasar a una terraza trasera. Todo un acierto. Zona cubierta y acristalada donde pudimos ver cómo llovía mientras nos tomábamos una infusión casera con hierbas de la zona y azúcar de caña, una mistela y unos sequillos. Con la música ambiental que nos acompañó toda la comida se estaba tan a gusto que había que hacer un esfuerzo para no dar una cabezadita y dormir un rato de siesta.

Pero la experiencia no podía ser completa sin un buen servicio y, en este caso, continúa con los calificativos intachables. Atento, rápido, cercano, dando buenos consejos, marcando el ritmo de la comida en todo momento y siempre con una sonrisa. Cuando al negocio se une a la pasión, el resultado es un restaurante como este. Perfecto para cualquier ocasión y con una calidad impecable.