Las Provincias

Rafael Pérez y Pérez y Orihuela. La huerta desde un Rolls-Royce 40HP

A lo largo de los artículos publicados en 'Orihuela, literatura y patrimonio' han desfilado una serie de escritores que entran hacia nuestra ciudad, ellos o sus personajes, por la Huerta viniendo de Murcia: Jorge Manrique, Washington Irving, Emilia Pardo Bazán, Ciro Bayo, Cos-Gayón, entre otros. Otras veces vienen de Alicante hacia la Vega: el Abate Lesage, Hans Christian Andersen, Cornide Saavedra, Antoine de Saint-Exupéry, San Vicente Ferrer, Florencio Luis Parreño, John Talbot Dillon, Cavanilles. Por los Andenes de la Estación llegaron Azorín y otros. Andando unos, otros a caballo o en tartana, en avión, en tren. Incluso hemos asistido a la llegada de invasores normandos remontando el curso y las charcas del Segura desde Guardamar. El presente trabajo trata de aportar la visión que un novelista ha dejado de la Huerta y el Palmeral, entrando desde Redován por El Escorratel hasta llegar al Colegio de Santo Domingo. Descripción hecha, años veinte del siglo pasado, desde un coche, un Rolls-Royce 40HP.

La marquesa de Collalbo, doña Magdalena, viaja en coche, con Gonzalito, su hijo, desde Marafí, al norte de la provincia de Alicante, hacia Orihuela, donde hay una conocida institución de enseñanza regentado por los Jesuitas. Quiere la dama, viuda, que ingrese el muchacho interno, para que se eduque con disciplina y rigor intelectual. Madre e hijo van acompañados por el conde de Llimiana. Al bajar de la imponente Carrasqueta se van asomando al país de las palmeras, discurriendo velozmente por un paisaje de «cielo azul y tupidos bosques de elegantes palmeras que [...] daba la sensación de un auténtico cuadro oriental». Disfrutando del panorama en movimiento que percibe desde la ventanilla del auto la marquesa mira «el divino encanto de este pedazo de tierra que parece un sueño inverosímil del paraíso terrenal, un jirón de ensueño, o un capricho de la fantasía». Nadie, al entrar de lleno en la vega habría dicho que era diciembre, «al ver las frondas de naranjos cuajados de oro, las palmeras cargadas de dátiles y la inmensa superficie de la llanura, donde verdean los patatares, sonríen los trigos y se engalanan de pompas y de olor los habares tempranos.»

«Dos matices intensos, el verde y el azul en mezcla con el oro, se diluían en el cuadro de hechizo de la vega a todo correr desde el observatorio del carruaje. [...] Miraba los caseríos que salpican como blancas palomas el hortal levantino, las alquerías que el camino atraviesa, los grupos de barracas, los tipos, gentes y fisonomías con que se cruzan de continuo desde Callosa a Redován, el barrio del Rincón y de las Marías, las laderas del monte ensangrentadas por innúmeros tapices de ñoras, donde las pimentoneras se escalonan y trabajan al sol cubiertas las frentes con vistosos pañolones, las piras de cáñamo a guisa de almiar rodeando las balsas maceradoras, los secos, rígidos y curtidos braceros vestidos con blancos zaragüelles en torno a la palanca de las macizas gramaderas. Todo lo miraba la marquesa a través del cristal». [...] «Setos de pitas marcando su azulado matiz sobre el ocre de los terrenos con erguidos pitones como lanzas; selvas de chumbos que vetean de colgajos esmeraldinos los cortados rojizos y grises de la montaña; una alameda encantadora que hace recodo con el peñascal de San Antón; nuevos palmerales frondosos, con cercas de aromáticos arbustos; los lomos de la sierra asomando su dalmática gris entre los claros del palmeral; un alto paredón de argamasa entre cuyas almenas flotan los nísperos y las sedeñas hojas de unos plátanos, y por sorpresa, sin haberla visto desde lejos porque el recodo la ocultaba y los follajes la cubrían, una puerta grande, secular, sobre vigorosos muros sillares, testigos de mil 'fechos', dando frente a una rúa y dejando ver la severa fachada de un caserón con sobrios dibujos ornamentales». Todo dice «que han llegado a la ciudad muy blanca, muy moruna y muy notable de Orihuela, tendida con voluptuosidad sobre la sierra, para mirarse a toda hora en su río, lleno de encanto y de gracia».

A esta descripción de la Huerta sigue una pormenorizada y precisa descripción del exterior e interior del conjunto arquitectónico de Santo Domingo, que enmarca a los personajes llegados al Colegio, todo ello dentro del tercer capítulo de la novela 'Los caballeros de Loyola'.

Rafael Pérez y Pérez (Cuatretondeta, 1891-1984), maestro de enseñanza primaria e inspector, periodista, es uno de los más importantes novelistas españoles del género de la novela rosa. Autor de 'Los caballeros de Loyola' (1929), libro publicado dentro de la amplia y sonada controversia que surgió al hilo de la aparición 'El obispo leproso' (1926) de Gabriel Miró, como respuesta de la ideología conservadora a las tesis sustentadas por el autor en las novelas de Oleza. Si Miró criticó el sistema educativo de los jesuitas, Pérez y Pérez, para contrarrestarlo, encomió la labor pedagógica de la Compañía de Jesús. María Dolores Azorín, en su libro 'La obra novelística de Rafael Pérez y Pérez', dice que la publicación de 'Los caballeros' y cinco novelas más en la editorial 'El Siglo Futuro' se hace por mediación de Luis Almarcha Hernández, que introduce al de Cuatretondeta en los círculos de la Comunión Tradicionalista, lo que se traduce en el contacto con la empresa de la citada editorial. 'Los caballeros de Loyola' debió ser «una especie de gustoso tributo que hubo de pagar nuestro hombre a cambio de publicar en 'El Siglo Futuro'». El libro es «una apasionada defensa de las excelencias pedagógicas y, en menor grado, misioneras, de la Compañía de Jesús, todo ello hilvanado en una historia que narra el camino seguido por un joven aristócrata desde su llegada al jesuítico Colegio de Santo Domingo de Orihuela hasta su posterior ingreso en la Orden de San Ignacio».

¿Qué hacía don Rafael Pérez y Pérez por estos pagos hacia la década de los años veinte del siglo pasado? Él mismo se lo cuenta a María Dolores Azorín en una entrevista que le hace en 1975: «Con las oposiciones libres de Zaragoza adquirí la plenitud de derechos y en mayo de 1925 dejé la escuela aragonesa de La Muela para trasladarme a la de Redován, cerca de la hermosa ciudad de Orihuela, tan sugerente y encantadora». Seguro que tomando apuntes para la descripción de la Huerta y el Palmeral se tropezó más de una vez con un muchacho que, al frente de un ganado de cabras, iba aprendiendo a escribir sobre el Palmeral y la Huerta. Y mira por donde, una figura eclesiástica, Luis Almarcha, el futuro obispo de León, estuvo presente en labores editoras de Pérez y de Hernández.