Las Provincias

la libreta gris

Código del buen aconfesional

«Cuando hay demasiado de nada / cualquiera puede volverse mezquino». De la canción 'Too much of nothing' (1967) de Bob Dylan.

El código del buen gobierno que impulsa el Consell, y en especial el conseller más transparente, Manuel Alcaraz, no convence a todo el mundo y tampoco deja indiferente a buena parte del estamento político al que va dirigido. Esta semana tuvimos la escenificación con pompa y circunstancia de la adhesión municipal -aunque se trata de decisiones voluntarias de cada concejal- al sanctasanctórum de las rectas prácticas de gobernanza, que no por sabidas está de más recordar, a la vista de cómo están los juzgados. Pero con lo bienintenciado que parece el asunto, no todos los grupos municipales se sumaron entusiasmados al gran acontecimiento. Por ejemplo, el principal colectivo de la corporación y de la oposición, el popular, no acudió, ni tampoco los ediles de Ilicitanos, por considerar el acto un paripé y porque, como aclaró posteriormente la portavoz del PP, Mercedes Alonso, ya existe un documento impulsado por la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) a nivel nacional, y no ven la necesidad de hacer otro en versión Pacte del Botànic. Un documento, añade la exalcaldesa, que además de que es de perogrullo, es encima sectario y autoritario, y atenta contra las libertades religiosas de los/as individuos/as que integran la corporación municipal. Y es que este códice autonómico incluye un apartado no contemplado en el documento nacional. Se trata del artículo 11, que reza (perdón: dice) que los miembros de la corporación no estarán obligados a ir a procesiones y actos religiosos ni a presidirlos, como tales cargos; quien quiera ir a título particular, personal e intransferible, allá él o ella con su conciencia, pero en representación municipal, no. A no ser... a no ser que dichos actos o celebraciones «tengan un valor cultural asumido comunitariamente que trascienda a su origen religioso», ya que entonces sí que se podrá ir e incluso presidir, aunque sin peineta ni fajín (eso no lo pone el código, pero en la segunda edición seguro que se incorpora). El tripartito aprieta pero no ahoga.

Ante estos postulados, el concejal de Fiestas, José Pérez, que además de militante socialista es creyente y preside una hermandad de Semana Santa, además de haber estado al frente de la Junta Mayor durante años, ha optado por no adherirse al documento, aunque manifiesta su intención de cumplir todos los demás artículos. Así que el edil festero queda exonerado y podrá acudir a cuantas procesiones y actos religiosos considere oportuno, sin que se le pueda decir que es un mal gobernante. Pero ¿qué pasará con sus compañeros del tripartito y de Ciudadanos, que se adhirieron al código sin objeciones? ¿Presidirán a partir de ahora todas las procesiones y actos confesionales solo los concejales del PP y de Ilicitanos? ¿Irá el alcalde a las procesiones del Domingo de Ramos y las Aleluyas? ¿Presidirá Carlos González la Trencà del Guió? ¿Asistirá al Misteri? ¿Seguirá recibiendo a Cantó en el Ayuntamiento tras su cabalgada para anunciar el hallazgo de la Virgen? En todos estos casos -o en algunos- se aplicaría el párrafo segundo del segundo apartado del artículo undécimo, y con justificar que hay «razones históricas consolidadas» y que el acto en cuestión tiene valores culturales que trascienden su esencia religiosa, arreglado y sin remordimientos. Por ejemplo, Mireia Mollà podrá argumentar que acude a la procesión de las Palmas como responsable de Turismo, por tratarse de una fiesta cívico-cultural de interés turístico internacional. Por ahí se librará de incumplir el código y que la tachen de mala gobernanta y de opacidad ideológica. El primer alcalde de la actual etapa democrática, el socialista Ramón Pastor, siguiendo unos preceptos instaurados en el ADN de todo socialista veterano, se negaba a ir al Misteri y a las procesiones. Algún correligionario más veterano -y radical, por supuesto- incluso comentaba en voz alta en su entorno que lo mejor que se podía hacer con Santa María era derribarla y construir un aparcamiento. Con el tiempo y el trato con la gente la postura de Ramonet se fue suavizando y se le empezó a ver por la Festa -¡incluso explicándole los pormenores del drama asuncionista a la mismísima reina Sofía!-, en el Domingo de Ramos... aunque eso sí, siguió sin entrar a misa. La cuestión procesional se normalizó con Manuel Rodríguez y quedó institucionalizada con Diego Maciá y Alejandro Soler, y la presencia de concejales socialistas en procesiones y celebraciones religiosas se hizo habitual. Con el gobierno del PP, evidentemente, la cuestión religioso-confesional se potenció, pero menos de lo que se hizo creer desde la oposición. Ahora la aconfesionalidad ha quedado oficialmente instaurada entre los preceptos del buen gobernante y hay que atenerse a ella, con todas sus consecuencias. Pero ojo: no vale hacer trampa con la eximente del interés cultural. Pillines...