Las Provincias

Justicia fiscal contra la pobreza

Más de 800 millones de personas “sobreviven” con menos de 1,25 dólares al día. Es la línea que utilizan los organismos internacionales para determinar si se está en una situación de pobreza extrema o no. ¿No lo está quien dispone de 1,50 dólares al día, el precio de media tostada y un botellín de agua?

Solemos tender a relacionar la pobreza con la falta de ingresos, pero esta encierra mucho más: niños y niñas que carecen de los recursos materiales y emocionales necesarios para desarrollarse y prosperar y, consecuentemente, con derechos básicos como la salud, la educación, la nutrición o la vivienda, seriamente comprometidos.

La pobreza se transmite de generación en generación. Los niños y niñas pobres tienen altísimas probabilidades de convertirse en adultos pobres, y transmitir su miseria a su vez a sus propios hijos e hijas, en un infame círculo sin fin. Consecuentemente, un territorio o un país empobrecido, caracterizado por las carencias estructurales de sus ciudadanos en materia de educación, salud, vivienda o nutrición, se enfrenta a situaciones de mayor dificultad para desarrollar una economía productiva que ayude a su sociedad a escapar de la pobreza. Situación que se agrava cuando se suman conflictos armados, una mala situación geográfica, o gobiernos corruptos.

En un mundo globalizado, donde empresas y capitales fluyen libremente, donde las tecnologías de la comunicación acercan a todos y todas, donde el bienestar de unos es contemplado por otros que carecen de él a escasas horas de distancia, y donde la sostenibilidad del planeta es tarea conjunta de todos y todas, los ciudadanos y ciudadanas de las sociedades avanzadas asistimos con horror al espectáculo grotesco del sufrimiento extremo de nuestros semejantes en otros lugares de esta aldea común. Espectáculo que no podemos contemplar sin que se nos remueva la conciencia, sin que se nos imponga la necesidad de transformar esa realidad.

Porque aunque vivimos en un sistema que ha aportado grandes avances en todos los ámbitos para buena parte de la Humanidad, la contemplación de millones de desposeídos muriendo por el hambre, la enfermedad, la explotación, o la huida de las zonas en conflicto, debe ser un acicate para rebelarnos contra la pobreza.

El 8% de la población más rica del planeta recibe la mitad de la totalidad de los ingresos mundiales. Y entre los ingresos de ese 8% se ocultan las grandes bolsas de fraude fiscal. Se estima que el patrimonio oculto en empresas off shore, es decir, en paraísos fiscales, se sitúa entre 19 y 29 billones de euros (la suma del PIB de Estados Unidos y Japón son 20 billones). Esta hemorragia de capitales sería suficiente para acabar varias veces con el hambre en el mundo; impide la construcción de hospitales, de colegios, de redes de suministro de agua potable, y en definitiva, corta las posibilidades de generar todo un mundo de oportunidades allí donde no las hay.

Por ello, la persecución del fraude, la estigmatización de quienes defraudan, y el combate individual contra la evasión y la elusión fiscal, son responsabilidades de aquellas personas que quieren contribuir a la creación de un mundo mejor.

En el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, que conmemoramos el 17 de octubre, el Ayuntamiento de Elche se suma a la campaña Pobresa Zero, con la que queremos manifestar nuestro compromiso con los desposeídos, y subrayar que con la responsabilidad de todos, podemos acabar con el sufrimiento extremo. No dejemos a nadie atrás: contra la pobreza, justicia fiscal.

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