Las Provincias

CRÍTICA DE CINE

Novela de Leonardo Padura

Las películas basadas en novelas negras, con aromas de 'pulp', son innumerables en el cine actual. Así como el western quedó en el olvido, aunque en el presente -¡ojalá!- parece renacer, géneros como el suspense, el terror y el thriller no terminan de acercarse a las pantallas.

'Vientos de La Habana' procede de la segunda novela de Leonardo Padura sobre el policía Mario Conde. Se trata de 'Vientos de Cuaresma', escrita en 1994. No es una historia argumentalmente original. Sin embargo, como siempre ocurre con el cine, ha permitido, como antaño lo dio a James Bond, Philip Marlowe y otros tantos aventureros, espías y detectives privados, dar rasgos a este policía de ficción, en la figura de Jorge Perugorria. De acuerdo o no con esta encarnación, ello nos conduciría a otro comentario de opinión.

Como decíamos, no es un relato muy singular. El típico asesinato de una muchacha, la presencia de drogas en el lugar del crimen, plantea el desarrollo de las primeras pesquisas. La investigación encargada a Conde por parte de sus jefes, cansados de que este haga de las suyas, de indagar a su modo, constituyen la base fundamental de esta traslación novelesca.

De otra parte, está la ambientación en La Habana, donde el autor de 'Bajo las estrellas', su primera película, procura dar una proyección urbana lo más representativa posible, calles y edificios deteriorados, atmósfera lúgubre, oscura y cutre. Planos cenitales, sobre tejados y azoteas, son insertos que van introduciendo cada uno de los fragmentos y líneas vitales de esta descripción.

Un segundo planteamiento se encuentra en el perfil del personaje. Su vida privada y costumbres sociales, ya sea con la patrona, en la casa que habita, o con sus amigos, donde no falta el juego y el ron. No le falta humanismo, presente en su sensible desazón frente al confidente herido, y finalmente, su relación amorosa con Karina (Juana Acosta) que no llega a buen puerto, como es común, propio y ajustado en las definiciones de estos personajes, con vínculos generalmente rotos.

Queda, no obstante, otra lectura en el filme, la corrupción policial que, presente e intuitiva, por parte de Mario Conde, queda olvidada, abandonada en el desenlace, por imperativos de los mandos policiales.

Viscarret, con pulso narrativo, ha realizado un filme entretenido que no busca admiraciones. Los resultados son decorosos. Suponemos que fieles a la obra pergeñada por Padura, ya que su presencia, junto a los que han intervenido en el guión, así parece afirmarlo.