Las Provincias

LA VOZ DE ESPEJO DE ALICANTE

EL ARCOÍRIS

Pitt, Inocencio y Napoleón salieron del bosque muy contentos, y pronto fueron en busca de una nueva experiencia. Caminaban despacio por un estrecho sendero, cuando empezó a caer una fina lluvia, que recibieron con agrado. Era una buena ocasión para refrescar y limpiar sus cuerpos del polvo del camino. Sin embargo a Pitt le molestaba que el agua mojara sus pequeñas plumas, por ese motivo se resguardo debajo de Napoleón.

Cuando cesó la lluvia, Inocencio y Napoleón se sintieron limpios y ligeros. Asimismo, Pitt disfrutó mucho del agradable olor a tierra mojada. Se encontraban en ese estado de, relajación y paz, ¡cuando! vieron una bóveda de colores en el espacio. Era el arcoíris.

Se acercaron lentamente hacia aquel increíble y hermoso rayo de diferentes colores. Mientras caminaban jugaban a repartirlos: ¿quien quería el rojo? Pitt, pedía el amarillo y el verde era para Napoleón. Tanto se acercaron al arcoíris que, sin apenas darse cuenta, se encontraron al otro lado.

¡Qué sorpresa! Estaban en una playa de arena dorada y aguas muy transparentes. Emocionados por el gran silencio del lugar, y mirándose perplejos, quisieron volver a tras, pero entonces... ¡El arcoíris había desaparecido! Nada podían hacer.

Napoleón, mirando a lo lejos, pudo ver que se acercaba un caballo- por fin, alguien de su especie- . Al acercarse más vieron que se trataba de un precioso caballo blanco, con un singular cuerno, en el centro de la cabeza. Ellos no lo sabían, pero estaban ante un unicornio. No podían dejar de mirar aquel animal tan bello que aparecía de un mundo irreal al que habían llegado por casualidad.

Cuando el bonito caballo estuvo más cerca, les dijo: «Bienvenidos, hacía mucho tiempo que nadie traspasaba los siete colores. Esto es un paraíso, pero mi familia y yo a veces nos sentimos muy solos. Espero que tarde mucho tiempo en llover y no salga el arcoíris para disfrutar más de vuestra compañía».

Nuestros amigos, sin saber qué decir, asintieron con la cabeza y Pitt, pío y pío, revoloteando por encima del precioso animal.

Caminaron un buen trecho por la arena de la playa, hasta llegar, a una gran explanada de tierra firme, donde había más “unicornios”.

-venid, dijo el improvisado amigo. Os presento a mi familia: mi compañera y mis dos hijos-.

Los potrillos, no podían ser más bonitos y la hembra era tan hermosa como ya su conocida pareja.

Pasaron los días, y nuestros amigos, que compartían lo cotidiano con los unicornios, formaban un pintoresco grupo en el que todos se encontraban contentos. Pero Pitt añoraba su país y su vida anterior, donde los pájaros piaban y trinaban como él. En el lugar donde se encontraban apenas había árboles. Solo crecían palmeras, altas y esbeltas, donde no anidaban los pájaros de su especie.

Inocencio andaba también algo melancólico cuando, levantando su morro, miro hacia el cielo, vio unas nubes muy negras que presagiaban tormenta y llamó con entusiasmo a sus amigos, que acudieron rápido. Sin embargo, poco después las nubes se disiparon y de nuevo salió el sol.

La vida en aquel lugar era muy placentera, pero echaban de menos sus vidas anteriores, empezaban a encontrarse, algo tristes.

Un día Pitt descubrió con sorpresa que había salido el arcoíris, pero, cosa rara allí, ¡no había llovido! Ese arcoíris estaba demasiado lejos. Los unicornios se reunieron a conversar y viendo que sus nuevos y queridos amigos querían volver a sus vidas anteriores, les dijeron:

-«No os preocupéis, aunque el arcoíris está muy lejos, subid a nuestros lomos y nosotros os llevaremos a gran velocidad».

Así lo hicieron. Tan rápidos corrían, para llegar a tiempo, que parecían caballos voladores.

Una vez al pie del arcoíris, al despedirse, todos se pusieron muy tristes. Sabían que no volverían a verse nunca más. Todo era muy curioso: cuatro razas diferentes, lo bien que habían podido convivir y ser felices durante largo tiempo.