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Talento desaprovechado

Un sistema de diagnóstico insuficiente deja escapar las capacidades del 90% de los superdotados valencianos

07.11.09 -
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«Mamá, ¿Dios es mujer?» Cuando aún no había cumplido los dos años de edad, Jimena lanzó esa pregunta a su madre. «Me dejó helada», reconoce María, al rememorar ese detalle de la primera infancia de su hija.
Jimena y María (utilizaremos nombres supuestos para referirnos a ellas durante este reportaje) por fin comienzan a vivir tranquilas. La pequeña, que ahora tiene ocho años, «ha vivido un auténtico calvario hasta que hace unos meses, por fin, fue diagnosticada como superdotada», asegura la familia.
Los primeros problemas comenzaron cuando inició la etapa escolar. Hasta ese momento, Jimena convivía únicamente en el entorno familiar, «y aunque era muy precoz y espabilada, no le dimos importancia», explica María.
Más de 150.000 personas en la Comunitat -un 3% de la población- igualan o superan el coeficiente intelectual necesario para ser identificado como sobredotado intelectualmente (130). Y de ese porcentaje, más de un 90% no está detectado. «Muchos niños con altas capacidades sufren problemas en el colegio porque el temario no se adapta a ellos», según Vicente Gil, presidente de la Asociación Valenciana de Ayuda al Superdotado y Talentoso (AVAST).
Fue precisamente en el colegio donde Jimena comenzó a dar las primeras muestras de falta de adaptación. Son niños con coeficiente intelectual muy elevado «pero emocionalmente inmaduros. Por eso, al no aceptarla los demás niños porque la veían diferente, sufría mucho y tenía muchos conflictos», explica María.
Lo habitual es que sea el profesor quien dé la voz de alarma al percibir que ese alumno no evoluciona igual que los demás. Pero en el caso de Jimena «nadie en el colegio se dio cuenta de esas altas capacidades». Hasta que la familia dio con el diagnóstico, «la niña pasó por psicólogos y un neurólogo, que se limitó a recetarle antidepresivos», denuncia su madre.
A otro ritmo
Lo primordial es identificar a estos pequeños para poder tomar las medidas adecuadas de refuerzo, «pero la Administración pone bastantes pegas», señala Gil. Los padres denuncian que las aceleraciones de curso -adelantar al niño uno o dos años sobre su nivel- «se venden caras porque los profesores no están dispuestos a asumir el trabajo adicional que supone». De hecho son un 2% del total.
Su gran capacidad de aprendizaje los coloca muy por delante de sus compañeros, pero como el ritmo de la enseñanza en la clase no se adapta a su mente veloz, el niño tiene que esperar a que los demás lleguen a su nivel «y ¿qué pasa?, al aburrirse entran en una fase de apatía o en todo lo contrario, mostrarse revoltosos», señala la psicóloga de AVAST, Irma Avellana.
Generalmente es en 2º de la ESO, momento en que académicamente se empieza a exigir más a los estudiantes, cuando comienzan a ir mal en los estudios. «Hay un elevado porcentaje de fracaso escolar entre los sobredotados que deberíamos corregir», reconoce Alejo Villanueva, inspector de la Conselleria de Educación.
«Cuesta mucho que se reconozca. A veces desde que el padre sospecha hasta que consigue que el colegio le dé el diagnóstico pasan años.», explica Avellana.
En el caso de Jimena, «la gestión que hizo el colegio fue un auténtico desastre... Me tengo que morder la lengua porque aquí hay mucho para contar y no quiero tener más problemas», relata María.
El sistema escolar «no los quiere reconocer porque piensa que es una americanada y su mayor temor es que ese reconocimiento produzca una segregación», asegura Gil. De hecho, la Conselleria no contempla la creación de colegios especiales para ellos. «Crear colegios especiales, no siempre es la respuesta», explica Jesús García, jefe de área de Evaluación, Innovación y Calidad Educativa de la Conselleria.
Desde el curso pasado veinticinco centros de la Comunitat llevan a cabo un programa experimental. Pero no va dirigido solo a niños con altas capacidades «sino que se extiende a todo el alumnado y lo que hemos logrado es que todos mejoren». Para los padres no es suficiente, «pero es mejor que nada», concluye Gil.
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